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La cocina estaba igual que siempre, y eso dolió más que verlo a él.
Las baldosas amarillas desportilladas, la nevera que sonaba como un tractor viejo y la cafetera de aluminio abollada en la esquina. Olía a café recién colado. La abuela. Tenía que ser ella. Se había ido hacía seis meses pero juraba que su café se negaba a irse con ella.
Serví dos tazas por inercia. Costumbre estúpida. Como si él todavía desayunara conmigo antes de ir al colegio.
Cuando me giré, Samuel estaba recostado en el marco de la puerta. Sin entrar. Como si la cocina fuera territorio neutral y todavía no supiera si tenía permiso para invadir.
—Puse a colar el tuyo sin azúcar —dije, empujando la taza hacia el otro lado del mesón. La dejé ahí, lejos. Que cruzara él si quería—. Como te gustaba.
No se movió.
—Ya no tomo sin azúcar —dijo al fin—. Me acostumbré al endulzante. Ulcera a los veinticinco. Cosas de arquitecto.
Algo se me apretó en el pecho. Ulcera. A los veinticinco. ¿Dónde estaba yo a sus veinticinco? Ah, sí. Llorando en Bogotá porque me dejó plantada. Otra vez.
—Lástima —mentí, llevándome mi taza a los labios. Quemaba—. Hubieras avisado. Habría puesto veneno.
Eso sí le sacó una sonrisa. Pequeña, torcida, solo del lado izquierdo. La que me dedicaba cuando le ganaba en parqués.
Entró y agarró la taza. Sus dedos rozaron los míos medio segundo. Medio segundo suficiente para recordarle a mi cuerpo que era un traidor.
—¿Por dónde vas a empezar? —preguntó, soplando el café. Profesional otra vez. Arquitecto Samuel Herrera al habla.
—Por el techo —contesté—. La luz a esta hora pega directo en las buganvilias. Y desde ahí se ve toda la muralla.
Asintió.
—La columna del patio tiene una grieta. No subas sin avisarme. El techo es la primera zona que voy a declarar inestable.
Lo miré por encima de la taza.
—¿Me estás amenazando o cuidando, Herrera?
Dejó la taza en el mesón. Con cuidado. Como si fuera de cristal y no de peltre abollado.
—Las dos cosas, Valeria —dijo, y se pasó la mano por la mandíbula. Justo ahí. Sobre el lunar nuevo—. Siempre fueron las dos cosas con vos.
Se dio la vuelta y salió antes de que pudiera contestarle. Me dejó con el café quemándome la lengua y con la regla número uno hecha trizas en menos de veinte minutos.
Regla número tres: prohíbete contarle los lunares.
Ya iba perdida
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Editado: 22.04.2026