Entre Cartagena y tus lunares

Vale ya está frita y ni se ha dado cuenta:

El techo quemaba.

Literal. Las tejas a las diez de la mañana en Cartagena eran planchas para hacer arepas. Pero yo trepé igual, con la cámara colgando del cuello y la regla número tres gritándome en la cabeza.

_No le cuentes los lunares. No le cuentes los lunares._

Desde arriba el hotel se veía entero. Valiente. Como si no supiera que en diez días iba a ser escombros. Las buganvilias se trepaban por la pared del patio y caían en cascadas fucsias. La muralla se veía al fondo, y más allá, el mar picado de abril. El mismo mar que se tragó mis cartas.

_Click. Click._ Disparé hasta que me dolieron los dedos. A la ropa tendida que la abuela ya no colgaba. A la silla rota donde Samuel me enseñó a besar sin morder. A la grieta en la columna que él dijo que era peligrosa.

—Te dije que no subieras sola —su voz llegó desde abajo, cortante.

Me asomé por el borde. Ahí estaba, con la mano de visera y el ceño fruncido. Sin casco. El sol le pegaba de lleno y le marcaba cada lunar de la cara. Uno en la sien. Dos en el pómulo. Tres regados por el cuello como si alguien hubiera tirado café.

Aparté la vista.
—Y yo te dije que no me cuidaras —grité—. Estoy trabajando.

—Y yo también —contestó—. Y mi trabajo dice que si te caes y te matas, retrasas la obra. Bajá. Ya.

Bufé. Dejé la cámara a un lado y me senté en el borde, con las piernas colgando. Por molestar. Por castigarlo. Por castigarme.

—Si tanto te preocupa la obra, subí vos y bajame.

Error. Lo supe en cuanto lo dije.

Samuel no dijo nada. Se quitó los zapatos y empezó a trepar por la escalera de hierro del patio. La misma que usábamos a los quince para ver las estrellas. Subía rápido, seguro, sin mirar abajo. Como si el techo no llevara diez años sin mantenimiento. Como si yo no llevara diez años intentando olvidarlo.

Llegó arriba en tres segundos. Jadeando. Molesto. A dos pasos de mí.

—¿Contenta? —soltó, plantándose al frente. Su sombra me tapó el sol—. ¿O querías que me partiera la cabeza para probar tu punto?

No contesté. No podía. Porque de cerca el lunar nuevo debajo de su mandíbula no era uno. Eran dos. Chiquitos. Juntos. Y yo era una idiota que los estaba contando.

Él se dio cuenta. Claro que se dio cuenta.

Dio un paso atrás como si quemara.
—La grieta está a tu izquierda —dijo, la voz más ronca—. A dos metros. No te acerques. Voy a pedir que la aseguren hoy.

Se giró para bajar, pero se detuvo. Sin mirarme.

—Y Vale... yo sí recibí una carta. Hace tres años. Solo que llegó tarde.

El mundo se paró. El calor, las chicharras, mi respiración. Todo.

Cuando quise preguntar cuál, cómo, por qué, él ya iba por la mitad de la escalera. Bajando. Huyendo.

Me dejé caer de espaldas sobre las tejas calientes. El cielo de Cartagena era demasiado azul. Demasiado inmenso. Demasiado parecido a sus ojos cuando mentía.

Regla número cuatro: prohíbete creerle.
Demasiado tarde. Ya le creía.

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