La primera noche en casa de Mirian fue serena.
No hubo fuegos artificiales. No hubo nervios dramáticos ni silencios incómodos. Solo una taza de té compartida en la cocina, la voz baja de Malik preguntando si quería rezar juntos, y una risa leve cuando al acomodarse la alfombra él le ofreció un miswak nuevo con torpeza.
—Es tu regalo de bodas —le dijo.
Ella lo aceptó con una sonrisa pequeña pero sincera.
Después del salat, él no la tocó de inmediato. Se sentaron uno frente al otro, sin prisas. Malik no había sido un hombre particularmente conversador, pero con Mirian las palabras salían solas. Hablaron de sus miedos, de sus expectativas, de los límites. Y entonces, cuando la noche ya estaba bien entrada, se acercaron.
La intimidad fue limpia. Sin esfuerzo. Casi natural. Como si se hubieran conocido antes de encontrarse. Mirian no fue tímida, ni insegura. Fue cuidadosa, sí, pero entregada con la convicción de que el deseo también puede ser halal. Malik descubrió en ella un equilibrio que no conocía: firmeza y dulzura. Control y entrega.
Y al despertar, ya no cabía duda en su pecho.
—La quiero—pensó. Y no con la comparación ingenua de un adolescente, sino con la certeza de quien encuentra refugio en una tormenta que ni sabía que tenía.
La rutina se asentó con rapidez. Cada casa tenía su ritmo.
Pilar seguía enseñando en la escuela de la mezquita. Era querida por las niñas, respetada por las madres. Adel alternaba las noches. para familiarizarse entre ambas casa cinco con su madre, dos con pilar. Cuando le preguntaban si le costaba, respondía con sencillez: Tengo dos almohadas favoritas. Una aquí, y otra allá. idearon esta estrategia para que todos se sintieran vinculados de una o otra manera a esta nueva dinamica.
Mirian organizó su vida en bloques. La casa era pequeña pero muy organizada. A veces, después de fajr, escribía, preparaba desayunos especiales para Adel o Malek si era su tiempo con ella decoraba con pequeñas plantas las ventanas. Le encantaba cuando Malek venía al final de la tarde, después de cumplir con su día.
Y élse transformaba con ella.
Con Pilar, el vínculo era profundo, lleno de años y confianza. Pero con Mirian descubría algo distinto. Una versión de sí mismo más vulnerable. A veces, solo quería abrazarla y quedarse así, sin hablar. Ella entendía su silencio. Sabía cuándo hablar y cuándo quedarse quieta. Sabía también cuándo mirarlo a los ojos para hacerle recordar su valor, especialmente cuando él mismo lo olvidaba.
Una noche, meses después de la boda, mientras él le acariciaba el cabello, susurró:
—Pensé que no podría amar así otra vez.
—Y no es igual —le respondió ella—. El corazón tiene más de una forma de hacerlo.
La armonía se notaba incluso desde fuera. Las mujeres en la mezquita empezaron a hablar menos del escándalo y más de la madurez de esa familia. Incluso hubo quienes se acercaron a Pilar en privado para decirle que admiraban su coraje.
Ella nunca buscó admiración. Solo paz. Y aunque a veces sentía celos —sí, celos—, también sabía que su lugar no estaba amenazado. Malik no se alejaba. No mentía. No escondía. Y eso bastaba.
Un día, sin previo aviso, llegó una carta de Caracas. Mirian debía presentarse en persona para seguir unos trámites relacionados con la custodia total de Adel. Cosas que habían quedado pendientes tras la mudanza a Margarita, y que tiene anos intentando conseguir.
No era algo que pudiera aplazarse.
—Son tres días —le dijo a Malek—. Quizás cuatro. Adel se puede quedar contigo y Pilar si a ella no le molesta.
—Claro que no —respondió Pilar—. Va a estar bien aquí.
Malek asintió, pero había un nudo en su estómago.
La primera noche sin ella fue difícil.
No dijo nada, claro. No quería parecer débil. Pero se encontró revisando el celular a cada rato, buscando un mensaje, una nota de voz. Fue a su casa solo para oler el perfume que quedaba en las cortinas. Incluso la taza en la que ella tomaba té le pareció más valiosa de lo que quería admitir.
Al segundo día, Pilar lo observó desde la cocina. Él trataba de actuar normal, pero la nostalgia lo traicionaba.
—¿La extrañas?
—Mucho.
Pilar le sonrió. No con ironía. Con ternura.
—Eso también es parte de esto. No vamos a competir. Solo a sostener.
Adel, por su parte, estaba contento. Pilar le preparaba panqueques. Malek lo llevaba a la playa. Pero en la noche, antes de dormir, preguntó:
—¿Pilar mi Mamá me va a llamar?
—Claro que sí —le dijo Pilar—. Te debe extrañar tanto como tú a ella.
En Caracas, Mirian resolvía lo necesario. Dormía poco. Extrañaba el silencio de su casa en Margarita. Extrañaba a Adel. Pero sobre todo… lo extrañaba a él.
Una noche le envió un audio.
—¿Estás bien?
Y él respondió con un susurro bajo:
—No. Pero te espero.
El cuarto día no trajo su regreso.
Una llamada breve anunció el imprevisto: un papel que faltaba, una firma que no se consiguió, un trámite postergado. Cosas de Venezuela. Cosas que ya no sorprendían, pero que igual pesaban.
—Quizás me quede hasta el viernes —dijo Mirian al teléfono—. No quiero volver a medias.
Malek tragó saliva. No le pidió que regresara. No le reclamó. Solo respondió:
—Entiendo. Cuídate, por favor.
Esa noche, el silencio en su casa fue más denso. Pilar lo notó. Había un tono distinto en su voz, un gesto en los hombros que delataba agotamiento. No físico, sino emocional.
—¿Quieres hablar? —preguntó con suavidad.
Él negó con la cabeza.
—Solo... extraño la rutina. Su forma de estar.
Pilar asintió. Lo comprendía mejor de lo que él creía. Conocía bien lo que era sentir la falta de una persona viva. No porque se hubiera ido para siempre, sino porque la casa cambiaba sin ella. Las tazas no se usaban igual. Las oraciones no se rezaban igual. El aire pesaba.
Durante esos días, Pilar y Adel reforzaron su vínculo. Pintaban, cocinaban, leían juntos. Pero por las noches, el niño siempre preguntaba si su mamá ya venía. Y Malek, cuando no estaba con ellos, se quedaba solo, en la casa de Mirian, sentado en el piso del salón, sin encender luces. A veces, ni rezaba en voz alta. Como si el vacío fuera más soportable si no se le nombraba.