Mirian regresó un viernes al mediodía. El ferry llegó con retraso, y el calor de Margarita la golpeó con la fuerza conocida del trópico. Bajó con su bolso cruzado, una carpeta de documentos bajo el brazo y ojeras marcadas. No por cansancio físico, sino por las emociones contenidas.
Malek la estaba esperando, solo. Adel se había quedado con Pilar, jugando con los gemelos. Era una decisión práctica… pero también emocional. Quería ese momento para ellos.
Cuando se vieron, no corrieron. No se abrazaron de golpe. Solo se miraron largo. Como si al fin pudieran volver a reconocerse. Como si esos días hubieran estirado el alma. Él caminó hacia ella, y sin decir palabra, tomó la carpeta y le acarició la mejilla.
—Bienvenida —le dijo.
Ella asintió, con los ojos brillantes. No lloró. Pero se le quebró un poco la voz cuando dijo:
—Extrañé todo. Hasta tus silencios.
En casa, Pilar organizaba la tarde como cualquier otro día. Almuerzo listo, los gemelos dormidos, Adel dibujando en la mesa con marcadores. A veces se sorprendía de sí misma: ¿cuándo se había acostumbrado a esto? ¿A compartir la maternidad, al aroma distinto de otra mujer en la ropa de su esposo?
Cuando escuchó la puerta abrirse, no se levantó de inmediato. Dio unos segundos. Le dio aire.
Adel fue el primero en correr. El dibujo quedó tirado. Su voz sonó fuerte:
—¡Mamá!
Mirian lo abrazó de rodillas, hundiendo el rostro en su cuello. Lo olió, lo besó, le acarició el cabello como si fuera la primera vez. Y entonces, con el niño aún en brazos, entró al salón donde Pilar la esperaba.
—Hola —dijo Mirian, suave.
—Hola —respondió Pilar, sin disfrazar nada.
Ambas se quedaron así, en un silencio que no era incómodo. Solo maduro. No había competencia, pero sí historia. No eran amigas, pero sí aliadas. Y en ese momento, sabían que podían sostenerse la una a la otra sin temor.
—¿Todo salió bien? —preguntó Pilar.
Mirian asintió.
—Sí. Por fin. Faltan unas cosas menores, pero ya está.
—Qué alivio.
Y en ese tono simple, casi doméstico, se selló la paz entre ellas una vez más.
Mirian y Malek compartieron té en la cocina. Él la miraba distinto. No con deseo. Con respeto. Con gratitud. Como quien recibe algo sagrado sin merecerlo del todo.
—Pensé mucho estos días —le dijo ella.
—¿Sobre nosotros?
—Sobre todo. Sobre mí. Sobre ti con Pilar. Sobre cómo no es necesario competir para amar. Solo hay que estar, y elegir estar… todos los días.
Malek bajó la mirada. Él también había pensado. Había sentido celos absurdos. No de otro hombre, sino del tiempo. De la posibilidad de perder algo sin que nada “malo” ocurriera.
—Te esperé. Pero no desde la falta, sino desde la certeza. Eso es nuevo para mí.
Mirian sonrió. Se acercó y le tomó la mano.
—Entonces aprendimos juntos.
Mirian empujó la puerta con la cadera. Adel dormía rendido en sus brazos, una manita aferrada a su blusa y la otra colgando, relajada, como si supiera que por fin había vuelto a su lugar.
La casa olía a cerrado, pero también a ella. A su esencia. Las pequeñas plantas junto a la ventana estaban sedientas pero vivas. El cuaderno de notas aún sobre la mesa. El miswak de Malek seguía en su estuche, donde lo había dejado la última vez. No habían pasado más de cuatro días, pero el regreso tenía el sabor de un ciclo completo.
Dejó a Adel en la cama, le quitó los zapatos con delicadeza, lo arropó, y se sentó un momento a mirar su rostro. Más que cansancio, sentía una descarga. Como si el viaje no hubiera sido solo físico, sino interno.
Encendió el calentador de agua, lavó su rostro, recogió el cabello en un moño flojo y se preparó un té. En la cocina, el silencio era nuevo. Agradable, pero distinto. Había estado rodeada de gente en Caracas, de oficinas, filas, firmas, abogados y preguntas. Ahora, otra vez sola. En su espacio. Pero no era la misma.
Malek llegó entrada la noche. No avisó. Solo tocó suavemente la puerta, como quien pide permiso en vez de exigir presencia.
Mirian abrió con la taza aún en la mano. Él se quedó un segundo mirándola, como si no supiera si entrar o quedarse fuera. Como si la distancia de esos días hubiera puesto una delgada capa entre ellos que ninguno quería romper de golpe.
—¿Puedo pasar?
—Siempre.
Se sentaron, sin necesidad de palabras inmediatas. Él la observó con calma. Ojeras, sí. Pero también una paz nueva en los gestos. Como quien vuelve de enfrentar cosas y sale más firme.
—Gracias —le dijo él, sin más.
Ella lo miró, esperando una aclaración.
—Por confiarme a Adel. Por confiar en Pilar. Por confiar en nosotros.
Mirian bajó la vista y asintió.
—Él estuvo bien. Pilar fue dulce con él… y firme cuando lo necesitó. Adel la quiere. No es una amenaza para mí. Es… otra raíz para él.
Malek dejó escapar el aire, como si llevase rato conteniéndolo.
—No sabes cuánto alivia oír eso.
—Sí lo sé —respondió ella, sonriendo leve—. Porque yo también lo sentí cuando tú estuviste con él. Cada quien tiene su lugar.
Hubo un silencio largo, pero cómodo.
—¿Y tú? —preguntó él entonces—. ¿Estás bien?
Ella se tomó un segundo antes de responder.
—Estoy. Y quiero estar. Pero también estoy cansada. Emocionalmente cansada. Necesito dormir sin interrupciones, llorar un poco y no dar explicaciones por eso.
Malek se acercó. No para abrazarla. Solo para sentarse junto a ella y tomarle la mano.
—No hace falta que me expliques. Solo quédate.
Al día siguiente, Pilar preparó el desayuno mientras los gemelos revoloteaban a su alrededor. Malek pasó temprano para verlos, y luego salió hacia el trabajo. En la mesa quedó un cuaderno con dibujos infantiles y una nota:
"Gracias por todo, Pilar. Adel habló de tus panqueques como si fueran patrimonio nacional
—M.
Ella sonrió. No por el cumplido. Sino por la normalidad de todo. Por haber cruzado una tormenta sin dejar que se llevara el alma de su casa. Por haberse convertido en esa mujer que sabe que no necesita ser única para ser amada.