El cielo del viernes caía suave sobre el vecindario. En la casa de Mirian, el olor a pan recién horneado llenaba la cocina. Adel, con sus rizos rebeldes y su cuaderno de dibujo, estaba en el suelo, concentrado en terminar una historieta sobre una familia de leones. Le gustaba representar a Malek como el león sabio, a Pilar como la leona amable y a su mamá como la más fuerte. A veces, él era el cachorro que todos cuidaban. A veces, era el que protegía a los demás.
—¿Mamá? ¿Crees que pueda dormir esta noche en casa de los gemelos? —preguntó, sin despegar los ojos de su dibujo.
Mirian sonrió, sentada a su lado, doblando ropa.
—Hoy no, mi amor. Malek tiene (clase) después del maghrib. Pero mañana te lleva, in shaa Allah.
Adel asintió.
—Está bien… ¿Le puedo mostrar mi dibujo cuando llegue?
—Claro, le va a encantar —respondió ella, acariciándole el cabello.
Tocaron la puerta.
Mirian se levantó. No esperaba a nadie. Al abrir, su cuerpo se tensó. Sus ojos lo reconocieron antes de que su mente pudiera reaccionar.
Allí estaba. Bilal.
De pie, con esa presencia que no se había diluido con los años. Más delgado, más maduro. Barba recortada, ojos verdes oscuros que evitaban la mirada directa. Llevaba una kufiyya gris sobre los hombros, y en la mano derecha, una pequeña caja de madera tallada.
Mirian bajó la mirada. Una mujer musulmana no mira fijamente a un hombre ajeno, y mucho menos lo deja pasar.
—As-salāmu ʿalaykum, Mirian —dijo, con la voz apenas contenida.
—Wa ʿalayka as-salām, Bilal —respondió con firmeza—. ¿Qué haces aquí?
—Vengo… por nuestro hijo. quiero verlo.
Ella no contestó. Se quedó quieta, con la puerta entreabierta. En su corazón, latía el recuerdo de un pasado cerrado y enterrado.
—No puedes entrar —añadió—. Estamos solos, y no hay maḥram aquí.
Bilal asintió.
—No busco problemas. Solo quería verte a ti…y a él. Traje esto —levantó la caja con suavidad—. Es su primer masḥaf. Lo mandé a hacer en Turquía. Tiene su nombre grabado.
El corazón de Mirian tembló. No por el gesto… sino por la memoria de una época en que Bilal prometía cosas hermosas, pero no cumplía con las más esenciales.
—¿Sabes siquiera su color favorito? ¿Qué hadiz ha memorizado este mes? ¿Cuántas veces se le cae el cepillo de dientes cuando se lava apurado?
Bilal bajó la cabeza.
—Lo sé. Pero no quiero que mi hijo crezca sin saber quién soy —dijo Bilal, conteniendo la emoción—. Y tampoco puedes pensar que puedes quitarme mis derechos. Mi intención no es crear un conflicto solo recuperar una parte de lo que perdí.
Mirian sintió una punzada en el pecho. Cuando respondió, su voz fue más suave:
—No puedo decidir eso sola. Estoy casada no sé si quien te dio mi dirección también te habló de él. Se llama Malek. Puedes darme tu número de teléfono para avisarte cuándo podríamos hablar con más calma o, si prefieres, puedes pasar por la mezquita y conversar allí. Pero necesito que sepas algo: Adel lo ve como su figura paterna. Es él quien ha estado con nosotros estos últimos dos años.
Bilal bajó la mirada, herido.
—¿Qué se supone que debo esperar, entonces?
—Mi lealtad está con Allah y con mi esposo.
Bilal asintió lentamente. No dijo nada más. Solo dejó la pequeña caja sobre el banco junto a la puerta y se fue.
—As-salāmu ʿalaykum.
—Wa ʿalayka as-salām wa raḥmatullāh.
Horas después, Malek llegó de su clase. Mirian lo recibió en el umbral. Le contó todo, sin adornos. Malek la escuchó, en silencio, sin interrumpir. Su rostro se mantenía sereno, pero sus ojos guardaban un brillo que sólo un creyente conoce: la firmeza ante lo incierto.
—Está bien —dijo, finalmente—. Mañana podemos conversar con el
—¿No estás molesto?
—Deberia pero no es lo correcto. Ningún hijo es realmente nuestro. Son amānah, confianza de Allah. Y si Bilal quiere hacer lo incorrecto, será juzgado por ello. Yo solo debo hacer lo mío: proteger, cuidar, amar y no temer.
Al día siguiente, Adel camino junto a malek con su mochila y su dibujo. Al llegar a casa de Pilar, corrió hacia los gemelos. Mientras reían en el jardín, Malek lo llamó:
—Adel, ven un momento, ḥabībī.
Se sentaron en el borde de la fuente.
—¿Recuerdas al hombre que vino ayer?
Adel asintió.
—Sí me miró como si me conociera.
—Es Bilal… tu primer papá.
Adel parpadeó.
—¿Y tú?
Malek sonrió.
—Yo soy tu papá también. Porque el amor no se divide se multiplica.
El niño bajó la mirada, pensativo.
—¿Tengo que quererlo?
—No. Solo conocerlo. Lo que sientas después, Allah lo pondrá en tu corazón. Yo estaré contigo. Siempre.
Adel lo abrazó, fuerte.
—Malek cerró los ojos. Y supo que, aunque la historia apenas comenzaba, la raíz ya estaba bien plantada.