Entre dos casas

Capítulo 16 – Voces en la Mezquita

Era sábado. El sol caía con amabilidad sobre los jardines de la mezquita. Se celebraba una jornada comunitaria: charlas, talleres, juegos para niños, y una comida colectiva que reunía a familias de todos los rincones del barrio.

La mezquita estaba viva. Voces de niños, aromas a variadas, mesas adornadas con manteles modestos y platos compartidos. Esa mezcla de fe y cotidianidad que hacía que todo el que entrara sintiera que pertenecía.

Malek caminaba entre los asistentes con paso sereno, saludando, resolviendo detalles, asegurándose de que cada área estuviera funcionando correctamente. Como Shejj, esa era su labor: guiar con el ejemplo, sostener el orden sin imponer, inspirar sin alzar la voz.

Pilar, por su parte, estaba en el patio lateral, rodeada de niños pequeños que participaban en un taller de valores. Sus palabras eran dulces, firmes, y los ojos de los pequeños brillaban cuando ella hablaba de generosidad, respeto y gratitud. Más tarde, acompañaría a un grupo de madres que participaban en una charla sobre crianza profética. Pilar no era solo esposa de un Shejj. Era una educadora nata, alguien que nutría desde el corazón.

En una sala lateral, Mirian compartía su historia con un grupo de mujeres nuevas en el Islam. Su charla motivacional hablaba de resiliencia, de reconstrucción personal, de cómo Allah transforma las heridas en caminos de retorno. Su voz tenía fuerza. Su mirada, luz. Para muchas de aquellas mujeres, ella era prueba viva de que se podía renacer sin perder la dignidad.

En un rincón, observando en silencio, estaba Bilal.

No planeaba quedarse tanto. Solo había asistido por que Adel le había comentado con entusiasmo su presentación recitando unas ayas de apertura y se había quedado por cortesía, pero algo lo mantenía allí. Una mezcla de incomodidad y curiosidad.

A lo lejos, vio a Pilar. Estaba agachada, limpiando con delicadeza los restos de pintura del taller infantil, mientras un niño le entregaba una flor hecha de cartulina. Se rió con ternura, y su rostro se iluminó.

—Esa es Pilar —susurró una hermano junto a él—. La esposa del Shejj Malek.

Bilal asintió. La observó unos segundos más, con atención no impropia, pero sí profunda.

Era serena. Discreta. Tenía un tipo de belleza que no buscaba ser admirada, pero que, al verla, no se podía ignorar. Notó cómo los niños la rodeaban con confianza, y cómo las madres le dirigían miradas de afecto y respeto.

Caminó por el pasillo que conectaba con el salón donde hablaba Mirian. Ella estaba de pie, con un cuaderno en las manos. Su voz firme llenaba el espacio.

—No somos mujeres rotas por el pasado. Somos creyentes reconstruidas por la misericordia de Allah. Y nuestro valor no depende de cuánto nos aprueben, sino de cuánto confiamos en lo que Allah sabe de nosotras.

A Bilal se le apretó el pecho. Reconocía esa pasión. Ese fuego.

Pero había algo que no encajaba.

Mientras caminaba fuera del salón, sin querer cruzó a Malek. Se saludaron con cordialidad, pero Bilal no se quedó mucho. No tenía nada que decirle. No aún.

Esa noche, Bilal no durmió bien.

La imagen de Pilar, la armonía entre ella y Malek, la estructura sólida que se mostraba ante todos como un hogar ideal, se le clavaba como una espina. No porque envidiara —aunque quizás, en lo más profundo, un poco sí—, sino porque sentía que algo no cuadraba.

Mirian no era una mujer de segundo plano. Y sin embargo, había una sombra que la cubría, una porción de ella que parecía haber sido adaptada a una historia donde otro ya tenía el centro.

Se preguntó en silencio:

¿Eso es lo que quiero para mi hijo?

La poligamia era lícita, sí. estaba en el Corán. Bilal no era ignorante. Pero la permisibilidad no era sinónimo de conveniencia. Y no podía dejar de pensar que Adel estaba creciendo en un entorno donde la ecuación era compartida o desigual.

¿Cómo explicaré a mi hijo que su madre comparte a su esposo? ¿Qué lugar le quedará en el corazón de Malek cuando divide entre dos hogares, dos familias, dos amores?

Y lo más difícil de aceptar:

Mirian… no la recuerdo que parecía hecha para compartir.

Tenía un alma demasiado amplia para ser una mitad. Un corazón demasiado entero como para esperar migajas de atención. No se trataba de celos ni de religiosidad. Se trataba de dignidad emocional.

Bilal, por primera vez, sintió que debía tomar posición. por él. por lo que alguna vez sintió. o sigue sintiendo por Mirian.

Y por la historia que, quizá, aún podría reescribirse.




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