Entre Dos Destinos

SIN SALIDA

Ellos estaban paralizados; no sabían qué hacer. El silencio dentro de la tienda se sentía pesado, casi imposible de soportar. Afuera, la lluvia golpeaba los vidrios mientras las luces parpadeaban sin parar.

—¿Qué hacemos? Él sabe que estamos acá… no tenemos cómo escapar —dijo Daniel con la voz quebrada.

Se limpiaba las manos sudorosas en el pantalón una y otra vez. Su corazón golpeaba con tanta fuerza que sentía que iba a salirse de su pecho. Cada respiración le quemaba la garganta.

—No puedo creer que todo esto sea por haber escuchado aquella conversación…

La chica bajó la mirada por unos segundos y luego habló en voz baja:

—Ellos siempre son así. Dicen que no te harán nada si guardas silencio… pero nunca dejan testigos. Cuando te vi allá, supe que ibas a estar en peligro.

Un golpe brutal hizo temblar la puerta.

—¡Abran!

¡BAM! ¡BAM!

Daniel dio un salto del susto. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Solo queremos terminar esto rápido. No tiene que ser doloroso —dijo la voz desde afuera, tranquila… demasiado tranquila.

La madera comenzó a romperse lentamente.

Daniel y la chica se escondieron detrás de unas estanterías. Él intentaba respirar despacio, pero sus pulmones parecían cerrarse. Las piernas le temblaban sin control.

Entonces, la puerta cayó al suelo con un estruendo ensordecedor.

El hombre entró apuntando con una pistola. Sus pasos eran lentos y seguros. Observaba cada rincón como un cazador jugando con su presa.

—¿Sabes? Si no hubieras escuchado lo que no te convenía, esto no estaría pasando. Te iba a dejar ir… pero luego te vi hablando con ella y entendí que no podía arriesgarme. Lo hacía yo… o te mataban allá.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza y sonrió con frialdad.

—Las personas curiosas siempre terminan enterradas por la verdad.

Daniel tragó saliva. Sentía el cuerpo congelado. Apenas podía mover los dedos.

—Sal ahora y será rápido. Sin dolor.

La chica se acercó lentamente a Daniel y le susurró al oído:

—Calma… solo quiere que pierdas el control.

Metió la mano dentro de su chaqueta y sacó una bomba de humo.

—A mi señal, corre hacia mí y no mires atrás.

Daniel asintió lentamente.

—Uno… dos… tres.

La bomba cayó al suelo.

En segundos, el lugar se cubrió de humo gris. El aire ardía en los ojos y hacía casi imposible respirar. Daniel comenzó a toser mientras buscaba a la chica entre la nube espesa.

—¡Ahora!

Daniel corrió hacia ella tropezando con cajas y objetos tirados. Su pecho dolía por la falta de aire.

—¿Ahora qué hacemos? —preguntó desesperado.

—Por acá. Hay una salida de emergencia… pero debemos movernos rápido. Esto no va a durar mucho.

El hombre caminaba entre el humo buscándolos.

—No pueden esconderse para siempre…

De pronto, sacó un pequeño explosivo y soltó una risa seca.

—Qué manera tan complicada de morir.

Encendió el detonador y salió de la tienda con total calma.

Un disparo resonó afuera.

Y entonces…

¡BOOM!

La explosión sacudió todo el lugar. Los vidrios estallaron y cientos de objetos salieron disparados por el aire. El fuego comenzó a extenderse rápidamente por las paredes y el techo.

El hombre observó las llamas desde afuera mientras la lluvia caía sobre su chaqueta negra. Luego soltó una carcajada fría.

—Trabajo hecho… dos por uno.

Se dio la vuelta lentamente y comenzó a alejarse bajo la oscuridad de la noche.

Pero entonces…

Detrás de él, entre las llamas y el humo, una silueta apareció tambaleándose.

Daniel.

Cubierto de ceniza, herido y apenas respirando… pero vivo.

El hombre dejó de caminar.

Por primera vez, su sonrisa desapareció.

Daniel levantó lentamente la mirada y, con la poca fuerza que le quedaba, dijo:

—Ahora… es personal.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.