Entre Dos Pieles

El año en que creí en todo

Capítulo 2
Tenía diecinueve años y el mundo me parecía un lugar grande, hermoso y lleno de posibilidades. No sabía todavía que el mismo mundo que te promete el cielo puede derrumbarte sin previo aviso, sin que entiendas por qué.
Vivía en un pueblo pequeño, perdido entre montañas y campos verdes, donde el tiempo parecía detenerse y las noticias corrían más rápido que el viento. Las calles eran de tierra y las casas bajitas, con techos de lámina y patios llenos de macetas con flores de todos colores. Allí todo era conocido: conocías el nombre de cada persona, el sonido de cada perro, el camino que tomaba el sol cada mañana. Era un lugar seguro, sí, pero también pequeño, y a veces sentía que yo era más grande que el pueblo mismo.
Crecí ayudando a mi madre en la tiendita que teníamos al frente de la casa. Era un local chiquito, con estantes de madera crujiente y el olor constante a pan recién horneado y café molido. Allí pasaba las tardes atendiendo a los vecinos, pesando azúcar, acomodando latas, escuchando historias que la gente venía a contar. Mi madre era una mujer fuerte, de manos ásperas y voz suave, que había criado a mí sola, sin quejarse nunca. La admiraba profundamente, pero también sentía en el pecho una punzada de dolor cada vez que la veía cansada, doblando la espalda sobre el mostrador. Yo quería hacer algo por ella. Quería ser alguien. Quería que un día pudiera descansar, que no tuviera que preocuparse si alcanzaba el dinero para la compra. Tenía diecinueve años y ya cargaba con el deseo de cambiar el destino, aunque no supiera exactamente cómo hacerlo.
Soñaba con cosas sencillas, nada de lujos. Imaginaba una casa con patio amplio, donde pudiera sembrar flores y verduras. Imaginaba alguien que me quisiera bien, con paciencia y respeto, alguien que no me hiciera sentir que tenía que pedir permiso para existir. Imaginaba hijos a quienes darles un hogar seguro, donde nunca les faltara nada. No pedía riqueza. Solo pedía poder vivir con dignidad.
Pero en mi pueblo las oportunidades parecían acabarse antes de empezar. La mayoría de los jóvenes se iban a la ciudad o al norte, buscando lo que aquí no había. Otros se quedaban, formaban familia pronto, repetían la misma vida de sus padres. Yo no sabía todavía qué camino tomar, pero sentía en el pecho una inquietud que no se me iba, como si algo me estuviera llamando desde lejos.
Fue una tarde de primavera cuando la vi por primera vez.
El sol caía suave sobre la calle de tierra, y yo estaba acomodando unas botellas en el mostrador cuando escuché pasos que no eran los de nadie del pueblo. Levanté la vista y ahí estaba ella.
Vestía un vestido color crema que le caía suave hasta los pies, y sobre él una chaqueta ligera de tela fina. Llevaba el cabello recogido con elegancia, y en el cuello un collar pequeño que brillaba apenas con la luz. Pero lo que más me llamó la atención fue su sonrisa: cálida, amplia, como si ya nos conociéramos de toda la vida. Se acercó a la tienda con paso tranquilo, miró a su alrededor con ojos que lo abarcaban todo, y cuando llegó al mostrador me habló como si fuera una amiga antigua.
—Buenas tardes, hermosa —me dijo con voz dulce, como miel tibia—. ¿Tendrías un poco de agua? Vengo caminando desde la carretera y hace calor.
Le serví un vaso de agua, un poco nerviosa por su presencia tan distinta a todo lo que conocía. Mientras bebía, me miraba a los ojos con una atención que me hacía sentir importante, como si fuera alguien valioso.
—Te llamas Elisa, ¿verdad? —preguntó de pronto, y yo abrí los ojos sorprendida.
—Sí… ¿Cómo lo sabe?
—Aquí todo el mundo se conoce —dijo riendo suavemente—, y tú eres la que todos hablan. La chica trabajadora, la que ayuda a su mamá, la que tiene buen corazón. No es difícil saber quién eres.
Me sonrojé. Nadie me había hablado así, con tanta admiración, como si yo fuera algo especial. Se quedó un rato platicando conmigo, preguntándome cosas: cuántos años tenía, qué me gustaba hacer, si pensaba quedarme aquí siempre. Yo le contestaba todo, sin dudar, porque había algo en ella que inspiraba confianza. Algo que se sentía como una hermana mayor que nunca tuve.
Cuando se despidió, me tomó de la mano entre las suyas —manos suaves, con olor a perfume rico— y me dijo:
—Eres demasiado valiosa para quedarte aquí encerrada, Elisa. Tienes brillo, y mereces un lugar donde poder brillar. No te olvides de mí, que volveré.
Y se fue. Me quedé ahí parada detrás del mostrador, con el corazón latiéndome fuerte y una sensación extraña mezcla de alegría y asombro. En los días que siguieron no dejaba de pensar en ella. ¿Quién era? ¿De dónde venía? ¿Y qué quiso decir con que merecía brillar?
Regresó una semana después. Esta vez no vino sola. Llegó en un automóvil que brillaba bajo el sol, algo que rara vez se veía por nuestras calles. Bajó con la misma sonrisa, la misma elegancia, y me dijo que tenía algo importante que contarme.
—Vamos a caminar un rato —me propuso—, quiero platicarte algo que te cambiará la vida.
Caminamos hasta la orilla del pueblo, donde empieza el camino de tierra que lleva al río. Ahí se detuvo, me miró con seriedad y me dijo:
—Conozco a una persona en la ciudad. Tiene una oficina, un negocio importante, y necesita a alguien como tú. Alguien honesta, trabajadora, inteligente. Te daría un sueldo muy bueno, un lugar donde vivir, aprenderías mucho. Sería tu oportunidad de salir adelante, Elisa. De ayudar a tu mamá, de tener tu propia vida.
Me quedé callada, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón. Era justo lo que había estado esperando sin saberlo. Una puerta abriéndose justo frente a mí. Pero al mismo tiempo, una vocecita pequeña dentro de mí me dijo: pregunta, asegúrate.
—¿Y qué tendría que hacer? —pregunté con voz temblorosa.
—Trabajo de oficina, cosas sencillas: contestar llamadas, organizar papeles, ayudar con lo que se necesite. Nada que tú no puedas hacer. Y te tratan con respeto, como te mereces. No es trabajo pesado, Elisa. Es un futuro.
Me explicó los detalles: cuánto ganaría, cuánto podría mandar a mi casa, cómo sería mi alojamiento. Todo sonaba perfecto, demasiado perfecto, y yo tenía diecinueve años y quería creer en la bondad de las personas. Le pregunté cuándo tendría que irme, y me dijo que al día siguiente, temprano, porque el viaje era largo y no querían perder tiempo.
Esa noche no dormí. Se lo conté a mi madre, y ella me miró con ojos llenos de esperanza pero también de miedo. Me abrazó fuerte y me dijo:
—Hija, me da miedo que te vayas tan lejos… pero si es para tu bien, si crees que es lo correcto, ve. Solo prométeme que tendrás cuidado, que me escribirás, que si algo no sale bien vuelves a casa. Aquí siempre te espero.
—Te lo prometo, mamá —le dije abrazándola con todas mis fuerzas—. Voy a trabajar, voy a mandar dinero, y cuando tenga todo arreglado te vengo a buscar. No te voy a dejar sola.
Pasamos la noche preparando mi maleta: poca ropa, lo justo, algunas fotografías, una medalla que me había dado mi abuela, y todo el amor que cabía en una bolsa de tela. A la mañana siguiente amanecí con el nudo en la garganta y la esperanza latiéndome más fuerte que el miedo.
Ella estaba esperándome en el automóvil, pulcro y brillante, cuando salí de la casa con mi maleta. Me ayudó a subirla, me acomodó en el asiento de al lado, y sonrió como diciendo todo va a estar bien. Mi madre nos acompañó hasta la puerta, con los ojos llenos de lágrimas que se esforzaba por no dejar caer. Le di un último abrazo, tan fuerte como pude, y le dije:
—No te preocupes. Voy a estar bien.
Subí al automóvil, y mientras nos alejábamos por la calle de tierra, la vi quedarse pequeña, parada en la puerta, hasta que la curva del camino la escondió de mi vista. En ese momento sentí que dejaba atrás mi hogar, pero también creía que iba hacia algo mejor. No sabía que en realidad dejaba atrás mi libertad, y que tardaría mucho en recuperarla.
El viaje duró horas. Al principio hablábamos: ella me contaba de la ciudad, de lo grande que era, de las oportunidades que me esperaban. Yo escuchaba fascinada, mirando por la ventana cómo cambiaba el paisaje, cómo los campos verdes se volvían calles, casas, edificios cada vez más altos y más ruidosos. Pero conforme avanzábamos, yo sentía una inquietud crecer en el pecho. Las calles se volvieron más estrechas, más oscuras, la gente pasaba rápido sin mirarse, y nada se parecía al lugar donde yo había nacido.
—¿Dónde está la oficina? —pregunté en un momento, con la voz un poco temblorosa.
Ella me miró por el espejo retrovisor y sonrió, pero esta vez la sonrisa me pareció distinta, menos cálida.
—Ya llegamos, no te preocupes. Primero te dejo descansar, y mañana te presentas.
El automóvil se detuvo frente a una casa grande, vieja, con las paredes descaradas y las ventanas cubiertas por cortinas gruesas. La calle estaba en sombras, y aunque había gente alrededor, nadie parecía notar nada. Bajé del auto con mi maleta en la mano, sintiendo de pronto que no debía estar ahí. Quería darme la vuelta, querer volver al pueblo, pero ya era tarde.
Entramos y cerró la puerta detrás de nosotros. El sonido de la cerradura me pareció extrañamente definitivo.
—Pasa —me dijo, y su voz ya no era la misma dulzura de antes—. Te mostraré dónde vas a estar.
Me llevó a una habitación pequeña, con una cama estrecha y una ventana que daba a un muro de ladrillo. No había mucho más: una silla, una mesa vieja, nada que se sintiera como hogar. Y ahí, parada en medio de ese cuarto extraño, con mi maleta a los pies, fue cuando me dijo la verdad, sin rodeos, sin disfraces:
—Mira, Elisa —me dijo, y esta vez no había sonrisa—, las cosas no son exactamente como te las conté. Aquí vas a trabajar para nosotros, y vas a hacer lo que te digan. Olvida el pueblo, olvida tu casa, olvida el nombre que trajiste. Aquí te llamas de otra forma, y aquí mandamos nosotros.
Sentí como si el suelo se me hubiera abierto debajo. Quise hablar, quise preguntar qué pasaba, quise decirle que me dejara ir, pero no me dejó.
—No intentes nada tonto —me advirtió con voz fría—. Nadie te va a buscar. Nadie sabe que estás aquí. Y si haces algo de lo que no debes, las cosas van a ponerse muy difíciles para ti y para tu familia. Así que lo más inteligente que puedes hacer es portarte bien, callar, y hacer lo que se te ordene.
Se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta con llave desde afuera. Me quedé sola, en la penumbra, con el corazón golpeándome contra las costillas como si quisiera escapar. Y ahí, a mis diecinueve años, en una habitación que no era mía, en una ciudad que no conocía, entendí por fin la verdad: había caído en una trampa. La misma mano que me había ofrecido un futuro mejor era la que me había encerrado.
Me senté en el borde de la cama y me quedé mirando la pared. No lloré en ese momento. No podía. El miedo me había secado las lágrimas. Pensé en mi madre esperando noticias que nunca llegarían como yo se las prometí. Pensé en el pueblo, en la tiendita, en el sol sobre las calles de tierra. Y pensé en la chica inocente que había salido de casa esa mañana, creyendo en la bondad de las personas. Esa chica ya no existía. Algo en mí se rompió ese día, y al mismo tiempo algo se endureció.
No sabía cuánto tiempo pasaría ahí. No sabía si saldría jamás. Pero en lo más profundo de mi pecho, donde nadie podía llegar, hice una promesa: no los dejarían apagarme. Podrían quitarme el nombre, la libertad, el lugar donde dormía… pero no podrían quitarme quién era. Esa parte de mí era mía, y mía se quedaría.
Me abracé a mí misma en la oscuridad, y con la voz apenas un susurro, dije mi nombre. Una y otra vez, para no olvidarlo. Para que Elisa no desapareciera.
—Soy Elisa —me dije—. Soy Elisa, y esto no es para siempre.
No sabía entonces cuánto tardaría en cumplirse esa promesa. Pero en la oscuridad de esa habitación pequeña, fue lo único que tuve. Y fue suficiente para mantenerme viva.




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