Entre Dos Pieles

El nombre que no era mío

Capítulo 3
La puerta se cerró detrás de mí y el sonido de la llave girando en la cerradura me pareció tan fuerte que retumbó en todo mi cuerpo. Me quedé inmóvil, con la maleta a mis pies, escuchando los pasos alejarse por el pasillo hasta perderse por completo. Entonces me senté en el borde de la cama, abracé mis rodillas contra el pecho y me quedé mirando la pared. No lloré todavía. El miedo era tan grande que me había dejado sin lágrimas.
La habitación era pequeña, apenas cabían la cama y una silla vieja junto a una mesa manchada. La ventana estaba cubierta por una tela gruesa y sucia que dejaba pasar apenas una luz grisácea, como si hasta el sol tuviera miedo de entrar ahí. El aire olía a humedad y a algo viejo, algo que no se limpiaba nunca. Yo no sabía cuánto tiempo pasé así, sentada, conteniendo la respiración como si el aire mismo pudiera traicionarme. Hasta que la puerta se abrió de nuevo.
Entró una mujer que no era la que me había traído. Era más baja, más gruesa, con el cabello teñido de un rubio deslavado y los ojos duros como piedras. No me miró con odio, ni con enojo —me miró como si fuera un objeto que acababa de llegar. Algo que se guarda y se usa cuando hace falta.
—Levántate —me dijo con voz seca, sin saludo—. No te quedes ahí como una tonta. Tienes que aprender cómo van las cosas.
Me puse de pie despacio, con las manos entrelazadas temblando frente a mí. Ella se acercó y me recorrió con la mirada de arriba abajo, como revisando mercancía.
—Ya no te llamas Elisa —dijo de golpe, y sentí como si me hubiera dado un golpe—. Ese nombre se quedó allá donde naciste. Aquí eres Lina. Y Lina es lo que nosotros digamos que sea. Olvida el otro nombre. No lo pronuncies, no lo pienses, porque aquí nadie lo quiere escuchar.
—Pero yo… —empecé a decir con voz quebrada.
—Pero nada —me cortó tajante—. Eres Lina. Y vas a aprender a responder a ese nombre si no quieres que te vaya peor. Ven, te voy a presentar con las demás. No creas que estás sola aquí.
Me llevó por un pasillo estrecho con paredes frías y sucias, y me detuvo frente a una puerta entreabierta. La empujó sin llamar y me hizo pasar delante de ella.
—Ahí están —dijo—. Ellas te enseñarán lo que necesitas saber. Y escúchalas bien, porque ya pasaron por lo mismo que tú.
Se fue y cerró la puerta, pero esta vez no con llave. Me quedé de pie en el umbral, mirando. Había tres chicas ahí dentro. Estaban sentadas en el borde de una cama igual a la mía, todas calladas, mirándome. No se veían malas. Se veían cansadas. Tristes. Como si hubieran llorado tanto que ya no les quedaban fuerzas.
—Pasa —dijo una con voz suave, casi un susurro—. No te vamos a hacer nada.
Di unos pasos despacio hacia adentro. Me senté en una silla vacía que había cerca, y las miré una por una. Eran jóvenes, como yo, pero en sus ojos había algo que yo aún no entendía: una resignación tan profunda que dolía verla.
—Me llamo… me llamo Lina —dije, probando el nombre en la boca. Sabía ajeno, pesado, como una prenda que no me quedaba bien.
La chica que había hablado antes movió la cabeza despacio.
—No tienes que mentirnos —dijo con una sonrisa triste—. A mí también me pusieron otro nombre. Aquí todos tenemos uno que no es nuestro. Pero entre nosotras podemos decir el de verdad. Yo soy Marisol.
—Yo soy Lucía —dijo otra, más bajita, con el cabello rizado y los ojos siempre bajos.
—Yo soy Rosa —dijo la tercera, la más callada, que miraba hacia la ventana como si viera algo que las demás no podíamos ver.
Me sentí aliviada de pronto, como si alguien me hubiera devuelto un pedazo de lo que me habían quitado.
—Yo soy Elisa —susurré—. Me llamo Elisa.
Marisol asintió y sus ojos se llenaron de ternura y dolor a la vez.
—Bienvenida, Elisa —dijo—. Ojalá no estuvieras aquí, pero me alegra que sepas quién eres. Eso es lo último que te pueden quitar.
Nos quedamos en silencio un momento. Yo las miraba y no entendía cómo podían estar tan tranquilas, tan serenas, viviendo encerradas así. Hasta que Lucía suspiró y habló con voz muy baja, como si estuviera contando un secreto prohibido.
—Aquí no llegamos por casualidad —dijo—. Todas vinimos creyendo en algo. Yo vine porque me prometieron estudiar en la ciudad. Me dijeron que tendría beca, casa, todo. Tenía diecisiete años y quería ser maestra. Mi mamá lloró cuando me fui, de alegría. Aún no sabe que nunca llegué a ninguna escuela. Me duele más eso: saber que ella me espera, que reza por mí, y que yo no puedo escribirle. A veces cierro los ojos y me pregunto si algún día sabrá la verdad. O si pensará que la olvidé. —Se le quebró la voz y se abrazó a sí misma—. No la olvido. Jamás.
Se hizo un silencio pesado. Yo sentía como si me estuvieran apretando el pecho. Entonces Rosa, que había estado callada, habló sin volverse hacia nosotras.
—Yo vine huyendo —dijo despacio—. En mi casa había demasiada violencia, demasiados gritos, demasiado miedo. Una mujer me dijo que me llevaría a un lugar seguro, donde nadie me haría daño. Creí que era mi ángel de la guarda. Resultó ser el diablo disfrazado. Tenía catorce años. Catorce, Elisa. Y pensé que por fin había encontrado refugio. Me cambié de un infierno a otro, y nadie me obligó a venir: yo corrí con los brazos abiertos. Eso es lo que más me duele. Que yo misma fui. Que yo creí. —Se tocó el pecho con la mano—. Y aquí sigo, esperando a que alguien me saque, aunque ya casi no creo que venga nadie.
Sentí las lágrimas brotarme por fin, calientes y pesadas. Y entonces Marisol, la mayor de todas, me miró a los ojos y me contó lo suyo con una calma que dolía más que cualquier grito.
—Yo ya llevo aquí tres años —dijo—. Me prometieron trabajo en una fábrica, buen sueldo, un lugar donde vivir. Dejé a mi hija de dos años con mi hermana. Le dije que volvería pronto con dinero, que compraría cosas bonitas para ella. Tres años sin verla. Tres años sin saber si me recuerda, si me llama, si cree que la abandoné. Esa es la peor parte: pensar que crecerá pensando que no la quise. La imagino todos los días. Cuento los días de su vida desde aquí, sin poder tocarla, sin abrazarla. Y me pregunto si alguna vez me perdonará. —Hizo una pausa y tragó saliva—. Pero no me rendí. No importa cuánto tiempo pase, un día voy a salir. Y cuando lo haga, voy a correr hacia ella sin detenerme. Esa esperanza es lo único que me mantiene de pie.
Las tres callaron. Y yo entendí de golpe, con el corazón hecho pedazos, que no había sido solo yo la tonta. Que todas habíamos creído. Que todas habíamos puesto nuestra esperanza en manos equivocadas. Que cada una tenía una herida profunda, invisible, que no se veía por fuera pero que dolía más que cualquier golpe.
—¿Por qué nos pasó esto? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Por qué nos eligieron a nosotras?
Marisol me miró con ojos llenos de una sabiduría amarga que nadie debería tener tan joven.
—Porque somos buenas —dijo—. Porque confiamos. Porque queremos algo mejor. Y hay gente que se aprovecha de eso. De nuestra inocencia, de nuestra necesidad, de nuestros sueños. No somos nosotras las que hicimos algo mal, Elisa. Son ellos. Pero nosotras somos las que pagamos el precio.
Me quedé pensando en lo que me dijo la mujer que me trajo: "nadie te va a buscar". Y ahora, escuchando a las tres, entendí que no era amenaza vacía. Todas estábamos lejos de casa, sin documentos, sin saber hacia dónde ir si salíamos. Nuestras familias no sabían dónde estábamos. Y el mundo allá afuera seguía girando como si nada, sin saber que existíamos.
—¿Nadie ha podido salir? —pregunté.
—Algunas lo han intentado —dijo Lucía bajando la voz—. Pero nos cuidan. Nos vigilan. Y cuando se van, otras llegan. Como tú.
Me abracé a mí misma. Sentí el peso de todo: el nombre que no era mío, la puerta cerrada, las historias de estas chicas que habían perdido tanto. Pero al mismo tiempo, viéndolas ahí, tan heridas y tan vivas, sentí algo que no esperaba sentir: compañía. No estábamos solas. Cada una llevaba su dolor, pero lo llevábamos juntas.
—No sé cuánto tiempo voy a estar aquí —dije despacio—. Pero gracias por contarme.
Marisol me extendió la mano y me la apretó con suavidad, con una fuerza que venía de muy adentro.
—Aquí nos cuidamos —dijo—. No nos dejan tener nada, pero no nos pueden prohibir querernos. Eso es lo único que no pueden quitarnos.
Esa noche, cuando me acosté en mi cama estrecha, pensé en mi nombre: Elisa. Pensé en Lina, la extraña que me habían puesto. Y pensé en Marisol, Lucía y Rosa. Tres historias, tres vidas rotas y aún enteras a su manera. Tres pieles también, distintas a la mía, pero marcadas por la misma mano.
Cerré los ojos y repetí mi nombre en voz baja, como un juramento.
—Soy Elisa. Y un día voy a volver a ser yo por completo.
No sabía cuándo. No sabía cómo. Pero mientras tuviera mi nombre y el recuerdo de quién era, no estaría perdida del todo. Y mientras estuviera con ellas, tampoco estaría sola.




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