Entre Dos Pieles

La mirada que pesaba como una cadena

Capítulo 3

Me quedé quieta en medio de la habitación pequeña, escuchando cómo la puerta se cerraba detrás de mí con ese sonido metálico que ya empezaba a conocer. Las palabras de Marisol, Lucía y Rosa me daban vueltas en la cabeza, pero no lograba asirlas del todo. No eran solo historias ajenas. Eran el mapa de lo que me esperaba a mí también. Y lo entendí con toda claridad cuando la puerta se abrió de nuevo y entró la mujer de ojos duros, acompañada de dos chicas que no conocía.

—Vámonos —me dijo sin mirarme como a una persona—. Tienes que arreglarte.

Me llevaron a otra habitación, más grande, con un espejo manchado colgado en la pared y una mesa llena de frascos y polvos. Me indicaron que me quitara mi ropa, la misma con la que había llegado de mi pueblo, y sentí cómo se me helaba la sangre. Quise resistirme, quise decirles que no, que esa era mi ropa, mi cuerpo, mi vida… pero la forma en que me miraron me calló. No tenía derecho a nada ahí adentro. Ni siquiera a mí misma.

Me dieron otra ropa: una falda cortísima que apenas me cubría los muslos, una blusa ajustada que dejaba al descubierto mucho más de lo que yo jamás habría mostrado, y unos zapatos altos que no sabía cómo caminar con ellos. Me sentí extraña, como si me hubieran puesto una piel ajena, sucia, que me apretaba en todos los lugares equivocados. Me peinaron el cabello con rudeza y me mancharon los labios y los ojos con colores que no eran míos. Cuando me pusieron frente al espejo, casi no me reconocí. La chica que me miraba desde ahí no era Elisa. Era Lina. Una mujer hecha a medida de lo que ellos querían que fuera.

—Así estás mucho mejor —dijo la mujer, dándome una palmadita en el hombro que se sintió como una sentencia—. Ahora sí pareces alguien que vale la pena.

No respondí. Me quedé mirando mis manos, apretándolas con fuerza contra la falda, intentando no llorar. Cada cosa que me ponían era una capa más entre yo y la chica que había salido de mi casa con la esperanza en el pecho.

Caminamos por un pasillo que olía a humo, a alcohol y a algo dulce y pesado que no supe nombrar hasta que llegamos a la puerta doble de madera. La abrieron de golpe y el ruido me golpeó en el rostro: música fuerte, risas altas, voces de hombres que hablaban gritando, el sonido de vasos chocando. Entré y me detuve en seco.

No era una oficina. No era un lugar de trabajo. Era un salón grande con mesas llenas de botellas, luces rojas y amarillas que hacían que todo se viera borroso y sucio, y hombres —muchos hombres— sentados o de pie, bebiendo, fumando, mirando. Y entre ellos, nosotras. Chicas vestidas igual que yo, caminando despacio, sentándose junto a ellos, riendo risas que no llegaban a sus ojos.

—Este es tu lugar —me dijo la mujer señalando con la barbilla—. Aquí es donde vas a atender a los caballeros. Platicas, bailas, te sientas con ellos, y haces lo que te pidan. No te hagas la difícil, porque aquí nadie lo es. Y si te portas bien, nadie te va a hacer daño. Si no… —se encogió de hombros como si no importara—, ya veremos.

Me dejó ahí, parada junto a una columna, y se fue. Me sentí desnuda aunque llevaba ropa puesta. Sentía cientos de miradas recorriéndome, tocándome sin que nadie me tocara, pesando sobre mi cuerpo como manos sucias que no podía sacudirme. Bajé la vista al piso, apreté las manos hasta que se me clavaron las uñas en las palmas, y traté de respirar sin que se notara que me estaba ahogando.

Pasaron los minutos, que se sintieron como horas. Algunos hombres pasaron cerca, me miraron, señalaron algo a los que estaban con ellos, y se fueron a otra mesa. Otros se quedaron mirándome un rato y luego negaban con la cabeza, como si no les gustara lo que veían. Y yo agradecía ese rechazo con toda mi alma. Solo quería que me dejaran ahí, olvidada, sin que nadie me eligiera jamás.

Pero entonces lo vi.

Estaba sentado en una mesa al fondo, solo, con una botella frente a él que no dejaba de llenar. Era gordo, con el vientre grande sobresaliendo sobre el cinturón, y la cara redonda y roja como si siempre tuviera fiebre. Tenía el cabello escaso y grasiento pegado a la frente, y los ojos pequeños, hundidos y brillantes. No era solo que se viera feo. Era algo en la forma en que miraba: una mirada que no te veía como persona, sino como algo que se quiere poseer, tocar, consumir hasta que no quede nada.

Y esa mirada estaba puesta en mí.

Se levantó despacio, arrastrando los pies, y caminó hacia mí sin dejar de mirarme ni un segundo. Mi corazón empezó a latir tan fuerte que creí que se me saldría por la boca. Quise retroceder, quise correr, pero mis pies no respondieron. Me quedé clavada en el suelo, viéndolo acercarse, y cada paso que daba se sentía como una cadena cerrándose alrededor de mi cuello.

Se detuvo justo frente a mí. Era más alto que yo, y al acercarse me envolvió su olor: a alcohol, a sudor rancio, a tabaco barato. Me recorrió con la mirada de arriba abajo, despacio, saboreándome, y vi cómo se le humedecían los ojos y se le abría la boca en una sonrisa que me dio náuseas. No era amable. No era respetuosa. Era la sonrisa de alguien que ha encontrado algo que quiere y que sabe que es suyo.

—Tú —dijo con voz pastosa y áspera, señalándome con un dedo gordo y manchado—. Esa es la que quiero.

Me dio un empujón suave hacia sí con la mano en mi cintura, y sentí el contacto de su piel como algo asqueroso que se me pegaba y no se iba a quitar nunca. Me estremecí de pies a cabeza, y él soltó una risa gutural, como si mi miedo le gustara, como si lo excitara.

—No te hagas la tímida —me dijo acercando la boca a mi oído—. Se te ve bonita así, asustada. Me gustan tiernas. Me gustan nuevas. Y tú eres nueva, ¿verdad? Nadie te ha tocado todavía.

Me apretó contra él y sentí su cuerpo, pesado y cálido y repugnante, pegado al mío. Cerré los ojos con fuerza, conteniendo el aliento, y en ese instante odié todo: la ropa que llevaba, el lugar donde estaba, la mujer que me había traído, y sobre todo odié a la chica ingenua que había creído en promesas bonitas.




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