Elara
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Extiendo la mullida y cálida manta sobre el borde de la piscina. Coloco mi termo de café y el paquete de galletas en un lado. Luego tomo asiento sobre la manta.
Me he puesto el suéter más abrigado que tengo, el que era de mi abuela. Juntas solíamos mirar las estrellas hasta que mi mamá llegaba del trabajo por mí. Ella siempre decía que el universo tenía una historia para quien aprendiera a mirar con paciencia.
Mi abuela me cuidó gran parte de mi vida. Gracias a ella descubrí esta fascinación por el universo que me llevó a estudiarlo y a hacerme soñar que, algún día, bailaría con las estrellas.
Al fallecer mi abuela, decidí que lo haría por ella.
De niña creía que bastaba con quererlo. Después entendí que convertirse en astronauta era un camino largo, exigente y reservado para muy pocos. Aun así, decidí recorrerlo.
Conocí a Grant durante la universidad. Él era el deportista popular que necesitaba un buen promedio para seguir jugando. Yo era la nerd que estudiaba astronomía y que asignaron como su tutora.
Todavía sonrío al pensar en lo cliché que suena nuestra relación.
Nos enamoramos y cada uno de esos momentos fue… hermoso. Los atesoro con cariño y, en noches como hoy, me sirven para volver a sonreír.
Estuvimos juntos mientras su carrera en la NHL comenzaba a consolidarse.
Nos casamos.
Y, cuando estaba por terminar mi doctorado en astrofísica, descubrí que estaba embarazada.
Mis ojos se llenan de lágrimas al recordar el preciso momento en que miramos la prueba de embarazo.
Ambos gritamos. Saltamos. Nos abrazamos.
Grant me levantó del suelo mientras reíamos entre lágrimas, incapaces de creer que nuestra familia acababa de crecer.
Lloramos…
En medio de las lágrimas Grant dijo:
—Te juro que los protegeré con mi vida.
Cierro los ojos un par de segundos, embargada por esos recuerdos.
Al abrirlos encuentro una Lírida surcando el cielo. O, como muchos la llaman, una estrella fugaz. Hace años habría intentado calcular su trayectoria, pero esta noche sólo la miro desaparecer.
Mi sonrisa se ensancha como si ese brillo en medio del cielo nocturno reviviera en mí la ilusión que una vez habitó en mi pecho por el universo.
Cuando June nació hizo a Grant el hombre más feliz del… universo.
Su carrera atravesaba el mejor momento. June acababa de nacer. Y, por primera vez, sentí que mi lugar estaba en casa. Sin embargo, no fue una decisión definitiva. Me repetía que sólo sería hasta que June entrara al colegio.
Es decir, también fui el mejor promedio de mi doctorado. Mis profesores me vaticinaban un futuro profesional exitoso y… quién sabe, quizá habría podido tocar las estrellas como una vez le prometí a mi abuela que lo haría.
Los años pasaron.
Grant ganó partidos.
Firmó nuevos contratos.
Cambiamos de casa.
June aprendió a caminar.
Entró al colegio.
Y yo… seguía diciéndome que volvería el próximo año.
Ya nunca sabré si habría sido capaz de llegar a las estrellas.
Renuncié a mis sueños porque elegí el amor, elegí a mi familia.
Y eso debería hacerme feliz, ¿verdad?
Entonces no entiendo por qué caen estas lágrimas mientras otra Lírida atraviesa la noche.
Tomo una de las servilletas de papel que traje conmigo para secarme las lágrimas. Reviso el celular.
Es medianoche.
Vuelvo a mirar el cielo una vez más antes de reunir el valor para escribir un mensaje a Grant.
Elara: El cielo se despejó. Si quieres venir a ver las Líridas conmigo, estoy afuera.
Él lee el mensaje al instante.
Mi corazón se acelera.
Durante unos segundos permanezco mirando la pantalla, esperando que aparezcan aquellos tres pequeños puntos que tantas veces anunciaron una respuesta suya.
Me recuerda a cuando éramos novios y Grant podía dejar un entrenamiento a la mitad para escribirme un mensaje.
Pero…
No responde.
Intento ignorar el golpe seco en el pecho.
Fracaso.
Así que me sirvo un poco de café en la taza del termo y disfruto del contacto cálido contra mis manos mientras lo bebo.
No debería ya afectarme que Grant no responda mis mensajes. Ya no suele hacerlo.
Bueno, depende.
Si debo ir a comprar algo que necesita, a recoger uno de sus encargos, decirle algo de June o hacer una diligencia, entonces está muy atento al celular.
Pero si soy yo contándole alguna cosa graciosa que me sucedió, pues eso puede esperar.