Elara
☆
No esperaba encontrarme a Owen Morrison aquí.
Es decir, sabía que este era su centro educativo, pero consideré poco probable que realmente se pasara por el lugar.
La mayoría de las celebridades que fundan sitios como éste apenas aparecen en las fotografías de la inauguración. Después, alguien más se encarga de todo.
Pero Owen está aquí, en las inscripciones. Mirándome con esos ojos azules que siempre me parecieron tan claros como el cielo.
Y sonríe.
Yo le devuelvo el gesto, aunque enseguida bajo la vista para terminar de registrar a uno de los niños que ha decidido estudiar el universo conmigo.
Owen siempre fue amable. Todas las veces que no terminé ignorada en la arena fue porque el capitán de los Pittsburgh Monarchs levantaba la mano para saludarme.
Grant nunca se molestó por eso. Aunque, siendo sincera… creo que ni siquiera lo notó.
En realidad, no solía mirarme demasiado. No se daba cuenta cuando alguien era amable conmigo. Ni cuando algún hombre me sonreía un poco más de la cuenta. Era como si yo simplemente no existiera dentro de ese mapa mental donde organizaba todo lo importante de su vida.
Toda su atención estaba puesta en June.
Y eso está bien.
Es su padre. Pero… yo también quería un poquito de esa atención. No demasiada, sólo la suficiente para sentir que seguía siendo su esposa.
A veces todavía me pregunto si hice lo correcto al divorciarme.
Como ahora.
La duda aparece sin pedir permiso.
Pero entonces miro la improvisada maqueta sobre agujeros negros que construí para los niños. Recuerdo sus caras cuando levantaron la mano para decir que algún día querían descubrir los secretos del universo.
Y comprendo que…
Sí.
Las decisiones correctas casi nunca son las más fáciles.
La fila avanza hasta que Owen se detiene frente a mí.
Es muy alto, más que Grant. Y corpulento.
Es como un enorme oso rubio.
Grant siempre decía que Owen desperdiciaba su físico jugando de centro. Que con ese tamaño habría sido el mejor defensa de la liga. Yo, en cambio, siempre he disfrutado verlo abrirse paso entre los defensas como si fuera imposible detenerlo cuando decide ir por un gol.
Y, ahora que estoy sentada, se ve mucho más alto.
Me siento demasiado pequeñita, aunque sospecho que esa sensación lleva años viviendo dentro de mí y no tiene nada que ver con nuestra diferencia de estaturas.
Me incorporo. Dibujo mi mejor sonrisa amable y extiendo la mano.
Owen la toma con suavidad.
Mi mano parece diminuta entre la suya.
—Hola —saludo y mi voz se escucha más delgada de lo que pretendí.
—Señora… —Él termina el saludo para abrir la carpeta que tiene en las manos—. Hawthorne.
Asiento, intentando no lucir tan apenada como realmente me siento.
—Es mi apellido de soltera…
—Oh, entiendo —dice. Luego mira alrededor—. Jacky, ¿puedes quedarte un momento en las inscripciones de ciencias?
Jacky es profesora de matemáticas. Se encuentra en la mesa de mi lado y, como es de esperarse, no es que tenga una larga fila de niños esperando por inscribirse.
Ella sonríe y hace un asentimiento.
—Claro.
Entonces Owen se gira hacia mí.
—¿Te parece si hablamos un momento? Invito el café.
—Sí, claro —sonrío.
—¿Un capuchino, Jacky? ¿El de siempre? —pregunta él mientras comienza a alejarse.
—¡Claro, jefe!
Recojo mi bolso y camino detrás de él hacia la cafetería del edificio principal.
Estoy acostumbrada a caminar al lado de personas imponentes, de esas que hacen que todos giren el rostro cuando pasan. Pero con Owen es un poco diferente.
Grant también saludaba a la gente. Siempre sonreía. Siempre encontraba las palabras correctas. Sin embargo, estar al lado de Owen me hace notar un detalle en el que nunca había reparado.
Owen parece detenerse de verdad. Mira a las personas a los ojos. Les pregunta cómo están. Recuerda sus nombres. Escucha la respuesta antes de continuar caminando.
—¡Qué gusto verte, Melissa! ¿Cómo sigue tu hijo? ¿Ya empezó la universidad?
La mujer sonríe de inmediato.
—¡Sí! ¡Y no deja de hablar de usted!
Owen ríe con ganas.
—Dile que siga estudiando mucho. Nos vemos pronto.
Continúa caminando como si esa breve conversación hubiera sido lo más normal del mundo.
Y, sin entender la razón, me descubro sonriendo.