Elara
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El observatorio es todo lo que esperaba.
Pero también es más, mucho más.
La amplia cúpula blanca resguarda un telescopio que domina el centro de la sala, montado sobre una sólida columna de concreto. A su alrededor, cartas celestes, una computadora y varios oculares descansan sobre una mesa de trabajo.
No es un observatorio de investigación, sino uno pensado para enseñar… y, aun así, basta una sola mirada para comprender que aquí podrían nacer cientos de vocaciones.
—Este sitio es hermoso.
Owen echa un vistazo alrededor con una mirada peculiar, como si se preguntara en dónde está eso «hermoso».
Y me hace reír.
—¿Qué? —inquiere él, un poco apenado.
—Nada —sonrío mientras vuelvo a contemplar el telescopio—. Es que por muchos años creí que jamás volvería a estar en un sitio así…
Me acerco un poco más al telescopio y pregunto:
»¿Puedo encenderlo?
Owen sonríe y, mientras mete las manos en los bolsillos de su elegante traje azul, contesta:
—Por supuesto, doctora.
La forma en que lo dice me hace sonrojar, pero lo hago.
Presiono el botón en la montura del telescopio. Un leve zumbido rompe el silencio mientras el sistema comienza a iniciar.
La pantalla del ordenador cobra vida apenas unos segundos después.
—¿Eso es todo? —inquiere Owen.
—Casi. Ahora sólo tengo que decirle hacia dónde quiero que mire.
Mientras el telescopio termina de iniciar, levanto la vista. Owen sigue contemplando la enorme cúpula.
Y entonces caigo en la cuenta de algo.
Es un tipo enorme.
Incluso junto al telescopio, que domina casi toda la sala, no parece pequeño.
Pienso en ese enorme oso rubio.
Grant siempre decía que Owen tenía una disciplina de entrenamiento casi obsesiva. Sus músculos lo confirman.
La primera vez que lo vi, pensé que una musculatura así debía volverlo lento sobre el hielo, pero no es así.
Es un gran jugador.
Durante años escuché a Grant hablar de sus asistencias, de sus goles y de las decisiones que tomaba dentro de la pista. A veces llegué a pensar que le entusiasmaba más describir un gol de Owen que preguntarme cómo había estado mi día.
Owen baja la mirada hacia mí. Me descubre observándolo con tanta atención que el rubor inunda mis mejillas al tiempo en que aparto la mirada.
Quedan un par de segundos de silencio incómodo hasta que decido romperlo con terreno conocido.
—¿Ya estás listo para la pretemporada?
Owen suelta un suspiro cansado.
—Tan listo que ya me siento agotado sólo con pensar en ello.
El comentario sincero me hace reír.
Entonces agrega:
»No es lo mismo cuando tienes veinte años que veinte años después.
Hago un asentimiento.
—Tienes una carrera impresionante.
—¿Tú crees? —dice, encogiéndose ligeramente de hombros—. No lo sé… Creo que las nuevas generaciones nos dejarán bien sepultados.
—No creo que nadie pueda sepultar tu legado, Owen. Llevo muchos años viendo lo que eres capaz de hacer sobre el hielo y sé que hay jugadores que terminan una carrera extraordinaria. La tuya es de esas que la gente seguirá recordando.
Levanto la mirada, de nuevo.
Él me está dedicando una sonrisa amable.
—Gracias, Elara.
No sé qué más decir, así que sólo amplío la sonrisa y verifico que el telescopio ya esté encendido.
Y así es.
—¿Quieres ver Venus? —pregunto.
—Claro, doctora —responde todavía con esa sonrisa al tiempo en que saca las manos de los bolsillos de su pantalón y se sitúa en una de las sillas frente a la enorme pantalla que ocupa media pared.
Yo regreso mi atención al telescopio mientras me pregunto cómo haré funcionar esta cosa, pero la duda solamente prevalece por un par de segundos.
Porque basta apoyar las manos sobre los controles para que el cuerpo recuerde antes que la mente.
Los dedos encuentran cada botón casi por instinto.
Hay cosas que nunca se olvidan.
—¿Qué haces? —pregunta Owen desde la silla.
—Primero voy a decirle al telescopio en dónde estamos y qué día es. Después buscaré las coordenadas aproximadas de Venus.
Él hace un asentimiento como si hubiera entendido perfectamente.
Yo sonrío.
No me lo creo ni yo.
Introduzco los últimos datos y observo cómo el telescopio comienza a girar lentamente sobre su montura.