El olor a caucho viejo y desinfectante barato siempre era lo primero en dar la bienvenida.
Era un aroma denso, impregnado en las paredes del Centro de Alto Rendimiento, mezclado con el rastro metálico del sudor de quienes habían pasado por allí antes.
El sonido de los pasos marcaba el ritmo antes que los golpes.
Desplazamientos cortos. Giros. Respiraciones medidas.
El impacto venía después.
Hana se movía con el resto del grupo, alineada, sincronizada, una más entre todos. Sentía el frío del aire acondicionado chocando contra su nuca, un contraste cortante con el calor que empezaba a acumularse bajo su uniforme. Su pie rozaba el suelo apenas lo necesario, sintiendo la textura rugosa del tatami bajo sus dedos.
Su cuerpo seguía el patrón sin esfuerzo aparente.
Uno más.
Siempre uno más.
—Andrés, si haces eso en una pelea real, te van a sacar volando —dijo una voz desde el fondo.
—Déjame vivir, por favor —respondió él, jadeando.
—No, no te dejo. Estoy invirtiendo en tu futuro.
—¡¿Qué futuro?!
—El de no hacer el ridículo.
Algunas risas se escaparon, rompiendo por un momento la rigidez del entrenamiento.
—Eres insufrible, Nico —intervino otra voz.
—Pero con razón —añadió él sin vergüenza.
Hana no intervino. No se permitió ni una sonrisa.
Se concentró en el siguiente movimiento.
Giro.
Elevación.
Golpe.
El sonido fue limpio. Un chasquido seco que vibró en el aire.
Preciso.
Suficiente.
—Bien —dijo su compañero, recuperando el aliento.
Hana asintió y retrocedió un paso, sintiendo el leve latido de su propio corazón en las sienes.
Nada más.
—Oye.
Giró apenas la cabeza.
Tomás ya estaba a su lado, acomodándose el cinturón. Tenía la frente perlada de sudor y una energía que a Hana siempre le resultaba agotadora.
—Después te quedas, ¿sí? —dijo—. Quiero intentar algo nuevo.
—¿Algo peligroso?
—Siempre es peligroso.
—Entonces no.
Tomás sonrió, mostrando los dientes.
—Confía en mí.
Hana lo miró de reojo. Sus ojos recorrieron la sala un segundo antes de volver a él.
—Esa frase nunca ha terminado bien.
—Algún día lo hará.
No insistió más. No hacía falta.
—Cambio —indicó el entrenador Vega, y su voz resonó en el gimnasio como un disparo.
El grupo se reorganizó sin esfuerzo. Hana avanzó hacia su nueva posición, soltando el aire con calma, sintiendo cómo sus músculos respondían con precisión a cada ajuste.
Nada se salía de lo previsto.
—Rivas.
Levantó la mirada.
—Con Ferrer.
Nicolás abrió los ojos con dramatismo, secándose el sudor de la frente con el antebrazo.
—Profesor, creo que esto es una mala decisión.
—¿Por qué?
—Porque voy a quedar en evidencia.
—Eso ya pasa normalmente —comentó Valentina al pasar, rozándole el hombro con frialdad.
—Gracias por el apoyo emocional.
Más risas.
Hana se colocó frente a él.
Posición base.
Mirada tranquila.
—Prometo no llorar —dijo Nicolás, bajando la voz.
Hana no respondió. Se limitó a ajustar su guardia, sintiendo el peso de su cuerpo equilibrado sobre los metatarsos.
—Empiecen.
Nicolás atacó primero. Rápido… pero desordenado.
Hana bloqueó sin dificultad. El contacto de los antebrazos fue firme, hueso contra hueso. Respondió con un contraataque limpio.
Medido.
Sin exagerar.
Nicolás retrocedió apenas, sorprendido por la firmeza.
—Ok… —murmuró—. Eso fue sospechosamente decente.
Hana siguió.
Movimiento.
Golpe.
Paso.
El espacio estaba ahí. La apertura también.
No la tomó.
—Más intención, Rivas —dijo el entrenador desde la banda.
Hana ajustó apenas. Un poco más de velocidad. Un poco más de precisión. Nada que llamara demasiado la atención, nada que hiciera que las miradas se detuvieran en ella más de lo necesario.
El intercambio continuó unos segundos más, una danza de bloqueos y ataques contenidos.
—Suficiente.
Ambos se separaron.
—Bien —añadió el entrenador—. Pero puedes dar más.
Hana asintió, sintiendo el sudor bajar por su espalda.
—Sí, profesor.
—Lo dice siempre —murmuró Nicolás mientras se alejaba—. Empiezo a creer que es personal.
—Es porque contigo sí tiene expectativas —respondió Lucía, acercándose con una toalla en la mano.
—Eso es peor.
Lucía sonrió levemente antes de mirar a Hana. La observó con esa intensidad de quien intenta leer un libro cerrado con llave.
—¿Todo bien?
—Sí.
Respuesta simple. Sin adornos. Sin fisuras.
Lucía la observó un segundo más, como si midiera algo invisible. Pero no dijo nada.
—Después te quedas —añadió—. Vamos a estirar, que luego te quejas de las contracturas.
Hana asintió.
—Está bien.
—Atención.
La voz del entrenador cortó el murmullo. El grupo se giró. Hana también. Vega estaba cerca de la entrada, hablando con alguien que acababa de llegar.
—Chicos —dijo el entrenador—. Se reincorpora al equipo desde hoy.
El silencio que siguió fue distinto. No era el del cansancio, sino el de la curiosidad.
—Mateo León.
El nombre generó una onda leve, pero clara.
—¿En serio? —murmuró alguien a espaldas de Hana.
—Pensé que no volvía después de lo que pasó.
Hana no dijo nada. Solo observó.
Mateo entró con naturalidad, cargando su bolso sobre un hombro. No caminaba como alguien que buscaba aplausos, sino como alguien que conocía cada rincón de ese suelo. Su mirada recorría el lugar con calma, como si encajara y, al mismo tiempo, no del todo.
—Hola —dijo simplemente.
Su voz era tranquila, con un matiz de cansancio que no intentaba ocultar.
—Ya saben cómo trabaja —añadió el entrenador—. Así que intégrenlo al ritmo.
—Si sobrevivo, me quedo —comentó Mateo.