Entre Golpes y Silencios

Capítulo 2: Lo que no encaja

El gimnasio no había cambiado tanto.
Eso fue lo primero que pensó Mateo al sentir el golpe seco del aire viciado contra su rostro.

Era el mismo sonido de pasos marcando el ritmo sobre el tatami. El mismo eco sordo de los golpes contra los petos de cuero. Las mismas voces mezclando bromas con quejas a medio pulmón.

Se apoyó un momento en la pared, sintiendo la frialdad del cemento en su espalda.

No necesitó más para entender el ambiente. Algunos rostros nuevos. Otros que el tiempo había empezado a borrar. El nivel general… estable. Sin picos de brillantez, pero sin grietas evidentes.

Nada sorprendente.

—Pensé que te habías perdido para siempre —dijo una voz a su lado.

Mateo giró la cabeza apenas. Nicolás. La misma sonrisa fácil, la misma postura de quien está demasiado cómodo incluso cuando debería estar agotado.

—Lo intenté —respondió Mateo, dejando el bolso en el suelo.
—¿Y qué pasó?
—No funcionó. El mundo exterior es aburrido.

Nicolás soltó una risa breve.

—Qué pena.
—Para ti, supongo.
—Totalmente. Ahora tendré que esforzarme el doble para que no me dejes en ridículo.

Un segundo de silencio.

Mateo observó el sudor brillando en la frente de su compañero, el aire cargado por el calor de los cuerpos en movimiento.

—¿Vienes a humillarnos o a entrenar? —añadió Nicolás.

Mateo alzó una ceja, midiendo la energía de la sala.

—Depende del día. Hoy parece un buen día para ambas cosas.
—Genial. No estoy preparado emocionalmente para tu intensidad, León.
—Nunca lo estás, Nico.

Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

El entorno empezaba a resultarle… familiar.

—Integra —ordenó el entrenador Vega desde el centro.

Mateo se separó de la pared y entró al grupo sin hacer ruido. Se movió con naturalidad, encajando entre las filas sin necesidad de presentación. Como si nunca se hubiera ido.

Se colocó frente a un chico de primer año, que lo miró con una mezcla de respeto y nervios.

—¿Listo? —preguntó Mateo.
—Sí… sí, listo.

El primer intercambio fue simple. Reconocimiento. Ritmo.

Mateo sintió la fricción del suelo bajo sus pies, una sensación que su cuerpo reconoció antes que su mente. Bloqueó el primer ataque casi por instinto y respondió con un golpe firme al peto.

Sin margen de error.

El novato retrocedió dos pasos.

—Ok… —murmuró, tomando aire—. Eso fue rápido.

Mateo no respondió. Solo siguió.

Movimiento.
Paso lateral.
Bloqueo.

Su cuerpo recordaba más de lo que esperaba.

Cambio de posiciones. Nuevo compañero. Más presión.

Mateo se adaptaba sin dificultad.

Pero algo empezó a desviarle la atención.

No fue inmediato.

Ni claro.

Solo… una sensación.

Una irregularidad leve en el ritmo general.

Fue entonces cuando la vio.

Hana Rivas.

Entrenando como todos. Moviéndose en perfecta sincronía con el grupo. Sin errores visibles. Sin nada que llamara la atención.

Y, aun así…

Mateo entrecerró apenas los ojos mientras bloqueaba una patada circular.

Había algo.

No en la técnica.
No en la ejecución.

En otra cosa.

—Oye —dijo su compañero, deteniéndose—. Te fuiste.

Mateo parpadeó.

—No.
—Sí. Estabas mirando al vacío.

Mateo exhaló un suspiro corto.

—Concéntrate.
—Lo estoy.

Pero su atención volvía.

Sin razón clara.

Sin insistir demasiado.

Solo… volviendo.

—Mateo.

La voz de Vega lo llamó.

Se giró.

—Ven.

Mateo se acercó al centro sin preguntar.

—Muestra una combinación —dijo el entrenador—. La última secuencia.

Algunos se giraron. Otros se acercaron un poco más.

Mateo se colocó en posición.

Respiró.

Y se movió.

Rápido.
Preciso.
Sin movimientos innecesarios.

Golpe.
Giro.
Impacto.

Todo encajaba.

El aire cortado por la velocidad de su pierna dejó un breve siseo.

Silencio.

—…ok —murmuró Nicolás—. Definitivamente, no me gusta que hayas vuelto.




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