Entre Golpes y Silencios

Capítulo 3: Lo que casi se rompe

El gimnasio estaba más silencioso cuando la mayoría se había ido.

No era un silencio absoluto; era una falta de presencia. Las voces desaparecían poco a poco, los pasos dejaban de superponerse y el aire —aunque seguía cargado con el olor agrio del esfuerzo— se volvía más fácil de respirar.

Hana prefería ese momento. Siempre. Era cuando el CAR dejaba de ser un hormiguero de expectativas y se convertía en lo que realmente era: un templo de repetición.

—Sabía que te ibas a quedar.

Hana no se giró. Sus pies descalzos se aferraron al tatami, sintiendo el frío que empezaba a emanar del suelo ahora que el movimiento colectivo había cesado. Reconocía esa voz.

—Tú lo pediste —respondió ella, ajustando el nudo de su cinturón.

—Tengo una reputación que mantener.
—¿Cuál? —Hana ladeó la cabeza.
—La de tomar malas decisiones.

Hana soltó apenas aire por la nariz. No llegó a ser una risa, pero sus hombros se relajaron un milímetro.

—Entonces vas por buen camino, Tomás.

Él sonrió, satisfecho, dejando caer una toalla empapada sobre su hombro.

—Gracias por el apoyo. Sabía que podía contar contigo.

El silencio entre ellos fue breve. Cómodo. De esos que solo se forman entre personas que han compartido miles de horas de entrenamiento.

—¿Qué quieres intentar? —preguntó Hana, poniéndose en guardia.
—La combinación de antes, pero ajustando el giro de cadera. Siento que estoy perdiendo una décima de segundo ahí.
—“Sientes”.
—Confía en el proceso, Hana.
—No.

Tomás negó con la cabeza, divertido.

—Algún día confiarás en mí.
—Ese día me empezaré a preocupar seriamente.

Se colocaron frente a frente.

El gimnasio estaba casi vacío. En una esquina, alguien golpeaba un saco con un ritmo monótono: pum, pum, pum. El eco era distinto ahora. Más amplio. Más revelador.

—Empiezo —dijo Tomás.

Hana asintió.

Él avanzó. Más rápido que en la sesión grupal. Menos desordenado.

Hana bloqueó con facilidad. Respondió. Ajustó.
Nada se salía de lo previsto.

—Otra vez —pidió Tomás.

Repitieron. Y otra. Y otra más.

El movimiento empezó a encajar. El sudor comenzó a desprenderse con cada giro, salpicando el suelo azul.

—Espera —dijo él, levantando una mano para recuperar el aliento—. Ahora, hazlo de verdad. Más rápido.

Hana lo miró un segundo. Sus ojos buscaron la figura del entrenador al fondo, pero Vega parecía distraído con unos papeles.

—¿Seguro?
—Sí. No me voy a romper, Hana.

Ella no dudó más.

—Bien.

Tomás atacó.

Esta vez hubo intención real. Velocidad.

Hana dio un paso adelante; el tatami chirrió bajo su pie. Giro. Bloqueo. Contraataque.

El espacio apareció.

Claro. Perfecto.

Como una invitación que no podía rechazar.

Y por un instante—

No pensó.

Su cuerpo, entrenado hasta el límite de la repetición, reaccionó antes que cualquier duda. El giro fue una exhalación eléctrica. Más alto de lo habitual. Más preciso de lo permitido.

El impacto sonó distinto.

Seco. Contundente.

Un estallido que resonó en las vigas del techo.

Tomás retrocedió tres pasos, tambaleándose. Se llevó una mano al peto, con los ojos muy abiertos.

—…ok —dijo, con la voz entrecortada—. Eso—

Se detuvo.

Hana ya había bajado la pierna. Demasiado rápido. Su postura era rígida, casi defensiva.

—Perdón. Me excedí.

Su voz fue tranquila. Como siempre.

Pero su respiración no.

—No, estuvo bien —respondió Tomás, mirándola como si la viera por primera vez—. Solo que… no sabía que podías moverte así.

Hana no le dio espacio a la duda. Se recolocó de inmediato.

—Otra vez. Olvida eso. Fue suerte.

Tomás dudó un segundo, ladeando la cabeza. Luego asintió, aunque la curiosidad seguía encendida en su mirada.

—Otra vez.

Repitieron la secuencia.

Esta vez, Hana se aseguró de ser más lenta. Más medida. Más reconocible.

Pero el aire en el gimnasio ya no era el mismo.

—Ahí está —murmuró Tomás después de unos minutos—. Eso es lo que estaba buscando.

Hana no respondió. Se apartó un paso y tomó aire.

Todo volvía a su lugar.

O eso parecía.

—Hana.




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