El gimnasio estaba más ruidoso de lo normal.
No era por el entrenamiento.
Era por la gente.
Grupos pequeños formados antes de empezar, conversaciones que no terminaban de apagarse, risas que aparecían y desaparecían con facilidad. El ambiente tenía esa energía inquieta de cuando algo cambia, aunque nadie lo diga en voz alta.
Hana lo notó apenas entrar.
Dejó su bolso en su lugar de siempre y comenzó a calentar. Movimientos simples, repetidos, precisos. Nada fuera de lo habitual.
—Hoy están más insoportables de lo normal.
Nicolás apareció a su lado, mirando alrededor con una mueca de fastidio divertido.
—Siempre están igual.
—No. Hoy hay motivo.
—¿Cuál?
—Volvió alguien.
Hana no preguntó. Se limitó a seguir con la rotación de sus hombros.
—¿Quién? —intervino Andrés desde atrás, estirando el cuello.
—Mateo León.
El nombre se quedó flotando en el aire un segundo más de lo debido.
—¿Y?
Nicolás sonrió, cruzándose de brazos.
—Ya lo verás.
Tomás, a unos metros de distancia, añadió sin dejar de estirar:
—Solo fíjate cuando entrene.
—¿Tan bueno es? —insistió el novato.
Nico ladeó la cabeza, con una expresión seria por primera vez en la tarde.
—No es solo eso. Es… otra cosa.
La puerta se abrió.
Mateo entró sin prisa, como si nunca se hubiera ido. Dejó su bolso en un rincón, saludó con un gesto breve al entrenador y se acomodó con una naturalidad que no pasaba desapercibida.
—Mira quién volvió —dijo Tomás, acercándose.
—Sigues hablando demasiado —respondió Mateo, con una voz tranquila, profunda.
—Y tú sigues desapareciendo.
—Tenía cosas que hacer.
—Siempre tienes “cosas”.
Una leve sonrisa asomó en el rostro de Mateo. Nada más. No hubo grandes relatos ni alardes.
—¿Sigues compitiendo? —preguntó Andrés, rompiendo el círculo.
—A veces.
—¿Y eres bueno?
Nicolás soltó una risa corta, casi un resoplido.
—Te gusta el peligro, niño.
Mateo negó con la cabeza, mirando al novato con una paciencia que parecía ensayada.
—Entrena. Eso es lo único que importa ahora.
—¡Atención!
La voz del entrenador Vega organizó al grupo en líneas perfectas.
—Trabajo técnico. Precisión. Nada de fuerza bruta hoy.
—Hoy sí me voy a lucir —murmuró Nicolás, colocándose en su sitio.
—Hoy no te lesionas y ya es ganancia —respondió Tomás por lo bajo.
Risas contenidas.
—Empiecen.
El entrenamiento comenzó.
Movimiento. Repetición. Corrección.
Hana se integró como siempre. Sin destacar. Sin errores. Todo bajo un control absoluto. A su alrededor, el grupo se ajustaba poco a poco al ritmo exigente de Vega.
—Más corto el paso —le dijo Lucía durante una transición.
Hana ajustó al milímetro. Nada más.
—Cambio de pareja.
El grupo se reorganizó. Andrés terminó frente a Tomás.
—Listo —dijo el novato, visiblemente nervioso.
—Tranquilo —respondió Tomás—. No te voy a matar.
—Eso no ayuda mucho.
Comenzaron.
Primer intento: desordenado.
Segundo intento: Andrés giró mal, perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra el tatami.
El sonido seco del impacto hizo que varios se giraran.
Silencio.
Un segundo eterno.
—…elegante —comentó Nicolás desde el otro lado.
El gimnasio estalló en risas, aliviando la tensión.
—Cállate —gruñó Andrés, aceptando la mano de Tomás para levantarse.
—¡Alto! —la voz de Vega cortó el ruido—. Están repitiendo mal la transición de cadera. Todos.
Se hizo un silencio más atento esta vez.
—Mateo.
No fue una orden fuerte, pero bastó.
Mateo levantó la mirada y se acercó al centro sin apuro.
—Haz la secuencia —indicó el entrenador.
Todos miraron. Incluso Hana, que ajustó una de sus vendas mientras observaba de reojo.
Mateo adoptó la posición base.
Y se movió.
No fue rápido.
No fue exagerado.
Pero cada movimiento encajó perfectamente con el siguiente, como las piezas de un mecanismo preciso. Giro. Paso lateral. Impacto contenido.
Todo limpio.
Todo claro.
Terminó en segundos, recuperando la guardia sin alterar la respiración.
—Eso —dijo Vega—. Eso es lo que quiero ver.
—…ok —murmuró Nicolás en voz baja—. Confirmo que estamos a años luz.
Nuevas risas, esta vez con un matiz distinto.