El sonido de la puerta al cerrarse marcó el final del día.
Hana dejó las llaves sobre el mueble de la entrada y soltó el aire lentamente, como si recién ahí se permitiera bajar el ritmo.
—¿Hana?
—Sí, mamá, ya llegué.
Su madre apareció desde la cocina, secándose las manos con un paño.
—Justo estaba por escribirte.
—No hacía falta.
—Igual lo iba a hacer.
Hana sonrió apenas mientras se quitaba las zapatillas.
—¿Cómo estuvo el entrenamiento?
Hana avanzó por el pasillo, dejando la mochila junto a la pared.
—Pesado… pero bien.
—¿Pesado cómo?
—Vega estaba con ganas de corregir hasta cómo respiramos.
Su madre soltó una risa suave.
—Entonces hoy nadie se salvó.
—No, sobre todo Nico.
—¿El dramático?
—Sí, ese mismo.
—Me cae bien.
Hana abrió el refrigerador y sacó una botella de agua.
—A todos el mundo le cae bien. Ese es su problema.
—O su talento.
—También.
Su madre se acercó un poco más, observándola con esa mirada que no era invasiva… pero sí atenta.
—¿Te duele algo?
Hana negó, apoyándose en la encimera.
—Nada importante.
—¿Segura?
—Sí.
Una pequeña pausa.
Su madre asintió, aceptándolo sin presionar.
—Te dejé comida. Y caliéntala bien, no como ayer.
Hana ladeó la cabeza.
—La calenté bien.
—La comiste fría.
—Detalles.
—No son detalles.
Hana soltó una risa baja, casi cansada.
—Está bien, esta vez lo hago bien.
—Eso espero.
El microondas pitó minutos después.
Hana se sentó a la mesa con el plato en las manos. Esta vez, su madre se sentó frente a ella con una taza de té.
—¿Mañana tienes clases temprano?
—Sí.
—¿Qué estás viendo ahora?
—Biomecánica.
—Suena complicado.
Hana se encogió de hombros.
—Es más ordenado de lo que parece.
—Como tú.
Hana alzó la mirada.
—No soy tan ordenada.
Su madre sonrió, apoyando el mentón en su mano.
—Tienes que ver cómo dejas todo después de entrenar. Si eso no es orden, no sé qué es.
Hana negó levemente, pero no discutió.
Comió en silencio unos segundos.
—Hoy te vi llegar más cansada —añadió su madre con suavidad.
Hana hizo una pausa breve con el tenedor en el aire.
—Fue un día largo.
No era mentira.
Pero tampoco todo.
Su madre asintió, respetando el límite.
—Entonces descansa un poco más hoy.
—Lo intentaré.
—No, hazlo.
Hana la miró.
—Sí, mamá.
Una pequeña sonrisa compartida.
Más tarde, en su habitación, el mundo volvió a ordenarse.
La mochila en la cama.
Los apuntes en el escritorio.
Las vendas dobladas con precisión.
Hana se sentó.
Abrió su cuaderno.
“Kinesiología del movimiento”.
Subrayados limpios.
Esquemas claros.
Articulaciones.
Control.
Todo tenía lógica ahí.
Mucho más que en el cuerpo.
Apoyó el lápiz.
Movió el tobillo.
Flexión.
Extensión.
Sin dolor.
Pero no exactamente igual.
Nunca exactamente igual.
Su mirada se desvió, casi sin querer, hacia la repisa junto a la pared.
Una fotografía.
No grande.
No destacada.
Pero siempre en el mismo lugar.
Un hombre sonriente, con un dobok blanco ligeramente desordenado, una mano apoyada en el hombro de una Hana mucho más pequeña.