Entre Golpes y Silencios

Capítulo 6: Ritmos

El sonido de la alarma vibró contra la mesa de noche. Hana la apagó sin abrir los ojos.

Un segundo.
Dos.

Respiró hondo antes de sentarse, dejando que el cuerpo terminara de despertar por sí solo.

06:20.

Movió el cuello con cuidado. Luego los hombros. La sensación del entrenamiento del día anterior seguía ahí: una tirantez sorda en los músculos. No era dolor, pero tampoco era un descanso completo.

Se puso de pie y el frío del suelo le recordó que el otoño ya estaba ganando terreno.

La cocina olía a pan tostado y café recién hecho.

—Buenos días pequeña —dijo su madre sin apartar la vista de la encimera.

—Buenos días mamá.

Hana se acercó, sirviéndose un vaso de agua fría.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—Mientes mejor cuando estás más despierta, Hana.

Hana esbozó una sonrisa mínima, casi invisible.

—Estoy bien… solo cansada.

Su madre dejó una taza frente a ella y la observó un segundo más de lo necesario.

—Come algo sólido. Si vas a seguir con ese ritmo, necesitas combustible.

—Lo sé.

—Hana —la voz de su madre bajó un tono—. Cuídate. No te exijas más de lo que el cuerpo aguanta.

Hana asintió, sintiendo el peso de la mentira en la garganta.

—Sí, mamá. Siempre lo hago.

El autobús iba lleno.

Hana se sostuvo del pasamanos, equilibrando su peso con la memoria muscular del tatami mientras el vehículo avanzaba entre frenazos y curvas cerradas.

A su lado, una señora hablaba por teléfono; detrás, un estudiante dormitaba contra la ventana.

Normalidad. Rutina.

Hana miró su reflejo un segundo en el vidrio.

Luego desvió la vista.

La universidad ya estaba en marcha cuando llegó.

Grupos en las escaleras, filas en cafeterías, conversaciones cruzándose sin parar. Mochilas, abrigos, pasos rápidos.

Grande.
Ruidosa.
Viva.

—¡Hana!

Lucía apareció entre la multitud con un café en la mano y el cabello recogido a medias.

—Pensé que hoy no llegabas —dijo al alcanzarla.

—Siempre llego.

—Sí, pero con esa cara…

Hana la miró.

—¿Qué cara?

—De “dormí pero no descansé”.

Hana soltó una pequeña risa.

—Algo así.

Lucía le extendió el café.

—Toma.

Hana lo sostuvo, sorprendida.

—¿Y tú?

—Tengo otro. No te emociones.

—Gracias.

—De nada.

Caminaron juntas hacia el edificio.

—¿Estudiaste lo de ayer? —preguntó Lucía.

—Sí.

—No sé para qué pregunto si es obvio que estudiaste.

—No era tanto lo que había que estudiar.

—Para ti no, tal vez.

Subieron las escaleras entre el flujo constante de estudiantes.

—Oye —añadió Lucía bajando la voz—. Hoy vi a Nico temprano hablando con Vega.

Hana frunció apenas el ceño.

—Qué raro.

—Mucho.

La clase pasó rápido.

Hana escribió sin detenerse. Esquemas claros. Líneas limpias. Todo en orden.

Cuando terminó, el ruido volvió de golpe.

Salieron al pasillo principal.

Caos.

—Es casi imposible caminar aquí —murmuró Lucía.

—Tal vez, pero solo hay que encontrar un hueco.

Avanzaron esquivando gente. Un grupo se detuvo de golpe. Otro pasó por el lado contrario.

Hana ajustó el paso.

Un giro leve.

Y—

Impacto.

Chocó con alguien. Retrocedió un paso. Su lápiz cayó al suelo.

—Perdón—

—Perdón—

Levantó la mirada.

Mateo.

Chaqueta oscura. Carpeta en la mano. Inmóvil en medio del flujo.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí.

Lucía apareció a su lado, observando la escena con curiosidad evidente.

—No sabía que venías por acá —dijo, mirando a Mateo con naturalidad.




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