Entre Golpes y Silencios

Capítulo 7: Lo cotidiano

El resto de la mañana pasó sin mayores sobresaltos.

Clases, apuntes y explicaciones que se acumulaban unas sobre otras hasta volverse ruido de fondo.

Hana escribía.
Lucía bostezaba.

—Si sigo así, me voy a quedar dormida aquí mismo —murmuró, apoyando la mejilla en la mano.

—No lo hagas.

—¿Por qué?

—Porque roncas.

Lucía giró la cabeza lentamente, ofendida.

—Eso es mentira.

—No lo sé. Nunca te he visto dormir en clase.

—Entonces no inventes.

Hana se encogió de hombros, impasible.

—Prevención.

Lucía soltó una risa baja, negando con la cabeza.

El cambio de bloque llegó como un respiro.

Salieron al pasillo junto con el resto. El flujo de gente seguía siendo denso, pero ya no tan caótico como en la mañana. Aun así, había que avanzar con cuidado, ajustando el paso, esquivando cuerpos, encontrando espacios.

—Oye —dijo Lucía mientras caminaban—. Lo de la mañana…

Hana no la miró.

—¿Qué cosa?

—Mateo.

Una pausa breve.

—Ah.

—¿Te diste cuenta que no es alumno?

—Sí.

—Entonces, ¿qué hace ahí?

—No sé.

Lucía frunció levemente el ceño.

—Es raro.

—Un poco.

Caminaron unos pasos más.

—Igual… —añadió Lucía, bajando la voz— se nota que ya lo habías visto antes.

Hana la miró esta vez.

—En el dojo, Lucía.

—Sí, pero…

Se detuvo un segundo. Evaluó. Y luego negó con la cabeza.

—Nada. Olvídalo.

—Ok.

El comedor estaba lleno.

Bandejas, conversaciones cruzadas, el sonido constante de platos y sillas. Un caos que, a esa hora, ya era parte de la rutina.

Hana y Lucía encontraron sitio justo cuando Nicolás apareció con una botella en la mano y cero intención de pasar desapercibido.

—Confirmo que sobreviví al entrenamiento de ayer —anunció, dejándose caer en la silla.

—Nadie preguntó —respondió Tomás, sin levantar la vista del teléfono.

—Falta de respeto constante en este grupo.

—Te lo ganas.

Lucía dejó su bandeja con un pequeño golpe seco.

—Hoy lo vimos en la universidad.

—¿A quién? —preguntó Nico, a medio bocado.

—A Mateo.

El ritmo de la mesa cambió apenas.

Sutil. Pero suficiente.

Nicolás dejó de masticar.
Tomás levantó la vista.

—¿En serio? —dijo Nico—. ¿Qué hacía el León por allá?

—No sé —respondió Lucía, encogiéndose de hombros—. No soltó nada.

Sus ojos se desviaron hacia Hana.

—¿Y tú? ¿No le sacaste información?

Hana siguió comiendo, tranquila.

—Nada. Fue un choque en el pasillo. Literal.

—¿Se cayeron? —preguntó Tomás, con una chispa de interés.

—No.

—Qué decepción. Esperaba algo más dramático.

Lucía rodó los ojos, aunque sonrió.

Nicolás apoyó los codos en la mesa, ahora más serio.

—Igual tiene sentido que ande por ahí.

—¿Por? —preguntó Lucía.

—Mateo siempre ha sido medio raro —dijo—. Antes de irse ya estaba metido en temas de alto rendimiento… pero más desde la cabeza que desde el cuerpo.

—¿Cómo así?

—Análisis, psicología, rendimiento mental —explicó Nico—. No solo pelear bien, sino entender por qué alguien pelea como pelea.

Tomás asintió levemente.

—Sí… siempre estaba mirando más de lo que hablaba.

Hana no dijo nada.

Bajó la mirada a su plato.

Pero esa frase…

se quedó un segundo más de lo necesario.

La tarde cayó rápido.

El aire estaba más frío cuando llegaron al CAR.

El gimnasio los recibió como siempre: olor a linimento, el sonido seco de los pies sobre el tatami, conversaciones sueltas antes de empezar.

Rutina.

—Hoy Vega viene con cara de pocos amigos —murmuró Nicolás, dejando su bolso.




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