La puerta se cerró con un sonido suave, casi amortiguado por el silencio de la noche.
—Ya llegué —avisó Hana, dejando las llaves en el mueble de la entrada.
—Acá —respondió su madre desde la cocina.
Hana se quitó las zapatillas y caminó sin apuro hacia el olor a comida caliente. El calor del hogar la envolvió de inmediato, distinto al aire frío de la calle, distinto incluso al del gimnasio.
Apenas cruzó el umbral, su madre levantó la vista. No dijo nada al principio. Solo la miró, como hacía siempre: sin invadir, pero sin perderse ningún detalle.
—Llegaste más tarde hoy.
—Sí… —Hana se acercó al mesón y tomó un vaso de agua—. Nos quedamos conversando un rato después del entrenamiento.
—¿“Nos”?
Hana bebió antes de responder, apoyando luego la cadera contra la encimera.
—Los chicos. Nico, Tomás y Lucía.
Su madre alzó una ceja, con una sonrisa leve.
—Mira tú. Socializando.
—No exageres —Hana sonrió, esta vez con más soltura—. Siempre hablo con ellos.
—Sí, pero no te quedas a la parte de después. La de quedarse sin hacer nada.
Hana se encogió de hombros.
—Hoy… no tenía tantas ganas de irme rápido.
Su madre no dijo nada de inmediato. Solo asintió, como si entendiera más de lo que Hana había dicho en voz alta.
—Me gusta eso —añadió finalmente—. Que te des ese espacio.
Hana bajó la mirada un segundo, casi incómoda con el comentario, pero no lo rechazó.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Cómo estuvo tu día?
—Tranquilo. Más pacientes de lo normal, pero nada fuera de lo común.
Sirvió la comida con movimientos fluidos y conocidos. Se sentaron frente a frente, como tantas noches antes, pero sin que se sintiera repetitivo.
—¿Y la universidad? —preguntó su madre mientras servía.
—Bien. Hoy vimos evaluación funcional… cómo detectar fallas en el movimiento antes de que se conviertan en lesiones.
—Suena útil.
Hana asintió, apoyando los codos en la mesa.
—Lo es. No se trata solo de corregir cuando algo duele… sino de ver el error antes. A veces es mínimo. Un apoyo mal hecho, un cambio de ritmo…
Su madre la miró con atención.
—¿Y tú puedes ver esas cosas?
Hana dudó un segundo, pero sonrió.
—Estoy aprendiendo.
Comieron en un silencio cómodo. De esos que no incomodan, que no necesitan llenarse con palabras.
—Oye —dijo su madre después de un momento—. ¿Y el dojo? ¿Algo distinto hoy?
Hana dudó un segundo, pero no evitó la respuesta.
—Volvió alguien… de los antiguos.
—¿Importante?
—Para ellos sí —respondió con honestidad—. Se nota cuando alguien así entra. Cambia el ambiente.
—¿Y a ti te afectó?
La pregunta no fue directa, pero tampoco casual.
Hana negó suavemente.
—No… —hizo una pequeña pausa—. Solo se siente distinto.
Su madre la sostuvo con la mirada un segundo más, evaluando, pero sin presionar.
—Mientras sigas siendo tú dentro de eso… está bien.
Hana asintió.
—Lo soy.
—
Más tarde, en su habitación, el mundo volvió a ordenarse en pequeños gestos.
La mochila sobre la cama.
Los apuntes alineados.
Las vendas dobladas con precisión casi automática.
Se sentó en el escritorio y abrió el cuaderno.
“Kinesiología del movimiento”.
Líneas limpias. Esquemas claros. Todo bajo control.
Apoyó el lápiz un segundo y movió el tobillo con cuidado.
Flexión.
Extensión.
Sin dolor.
Pero nunca completamente igual.
Su mirada se desvió, inevitable, hacia la repisa.
La fotografía.
Se levantó y se acercó, tomándola entre las manos. Su padre sonreía desde el marco, con el dobok desordenado y esa expresión que siempre parecía decir que todo iba a estar bien, incluso cuando no lo estaba.
Hana pasó el pulgar por el borde del vidrio.
—Siempre decías lo mismo… —murmuró.
Cerró los ojos un instante.
Y el recuerdo llegó solo.
—“Otra vez, Hana. Una más.”
La voz clara. Firme. Paciente.
Como si el cansancio no existiera.
Hana soltó una risa suave, casi infantil.