Entre Golpes y Silencios

Capítulo 10: Un poco fuera del plan

El entrenamiento ya venía pesado desde el inicio. No tanto por lo físico, sino por la forma en que Vega manejaba el ritmo. No los dejaba acomodarse. Cortaba las series justo cuando empezaban a encontrar fluidez, obligándolos a reaccionar sin ese segundo extra donde todo se vuelve automático.

—Otra vez.

Su voz cruzó el dojo sin necesidad de subir el tono.

—¿Cuántas van? —murmuró Nicolás, con el sudor bajándole por la sien.

—Las suficientes para que sigas fallando la guardia —respondió Tomás, sin mirarlo.

—Apoyo emocional cero en este grupo, de verdad.

—¡Cambio de pareja!

Hana levantó la vista justo cuando Nicolás se plantó frente a ella, ajustándose el cabezal con una mueca.

—No abuses de tu talento, Hana —dijo, levantando las manos—. Ten piedad.

Hana no respondió con palabras. Ajustó la postura. Sintió el tatami frío bajo los pies, firme, familiar.

—Entrena, Nico.

—Eso es un sí rotundo.

Comenzaron.

Nicolás entró rápido, más agresivo de lo habitual. No fue limpio. Fue una finta medio desordenada, casi improvisada. Justamente por eso funcionó.

Hana reaccionó… pero tarde.

El golpe no conectó del todo, pero el roce en el hombro bastó para sacarla de eje.

—¡Ya po! —sonrió él, retrocediendo—. Esa no te la esperabas.

Hana lo miró. No estaba molesta.

Estaba sorprendida.

—Otra vez.

—Eso sonó personal.

—Otra vez, Nico.

Reiniciaron.

Esta vez Hana entró precisa. Bloqueo limpio, respuesta directa, giro de cadera sin exceso. Nicolás tuvo que reajustar de golpe para no perder el equilibrio.

—Ahí sí —admitió, levantando las manos—. Volvió la versión que me da miedo.

—Cállate y muévete.

—¡Nico! —gritó Lucía desde el otro lado—. ¡Habla menos y patea más!

—¡Estoy aplicando guerra psicológica!

—Estás puro perdiendo el tiempo.

Un par de risas se escaparon alrededor. Vega pasó cerca.

—Menos ruido. Más enfoque.

Otro intercambio.

Golpe. Bloqueo. Finta.

Y entonces—

en el apoyo final—

algo se desalineó.

Un milímetro.

Nada visible para la mayoría.

Pero Hana lo sintió como un ruido interno.

El pie no se asentó como debía.
La rodilla compensó el ángulo de forma brusca… más de lo necesario.

Por un segundo, el movimiento se sintió ajeno.

Nicolás bajó el ritmo al instante.

—Oye… ¿todo bien?

Hana ya estaba nuevamente en posición.

—Sí. Sigue.

—¿Segura? Te vi raro el apoyo.

Hana sostuvo su mirada un segundo.

—Estoy bien, Nico. Dale.

Continuaron.

Pero algo había cambiado.

No afuera.

Adentro.

Ya no estaba fluyendo. Estaba controlando.

Midiendo.

Ajustando.

Pensando un poco más de lo necesario.

A unos metros, Mateo estaba apoyado contra la pared del fondo.

No hablaba.

No intervenía.

Pero observaba.

No todo.

Solo lo importante.

Y ese pequeño desajuste… lo vio.

No el error.
La corrección.
La tensión que apareció después.

Como si eso fuera lo importante.

—¡Alto!

El entrenamiento se cortó.

El sonido de cuerpos cayendo sobre el tatami fue casi simultáneo.

Nicolás se dejó caer de espaldas.

—Listo. Me retiro de la sociedad.

—Eso dices todos los días —respondió Tomás, sentándose.

—Algún día será verdad.

Lucía llegó y se dejó caer al lado de Hana.

—¿Soy yo o hoy Vega estaba especialmente pesado?

Hana se secó el cuello con la toalla antes de responder.

—No nos dejó acomodarnos… cortaba antes de que pudiéramos entrar en ritmo.

—En mi idioma, eso es tortura.

Nicolás levantó la cabeza.




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