El ambiente en el CAR estaba raro. No era silencio. Era… expectación. De esa que se pega en el pecho antes de que pase algo importante.
—Hoy sí pasa algo —dijo Nicolás, tirando el bolso al suelo.
—Siempre dices eso —respondió Tomás, pero igual miró hacia Vega.
—No, pero hoy sí —insistió Nico—. Míralo.
Vega estaba al centro. Sin cronómetro. Sin libreta.
Solo mirando.
Lucía se estiró el cuello, haciendo una mueca.
—Si nos hace correr otra vez, renunció.
—No renuncias —dijo Hana, ajustándose las vendas—. Alegas y sigues.
—Correcto… pero con actitud.
Hana sonrió apenas. Más suelta que otros días.
—Combate —dijo, como si lo supiera.
Lucía la miró.
—Eso es peor.
—
—¡Atención!
El dojo se ordenó en segundos.
Pero esta vez no solo ellos.
Había más gente.
Otros grupos, alumnos de distintos niveles.
Algunos apoyados en la pared, otros ya atentos.
Más ojos.
Más presión.
—Hoy no hay técnica —dijo Vega—. Hoy se pelea.
Un murmullo cruzó el lugar.
—Rotación continua. Quiero ritmo, no pausas. Si se quedan pensando… pierden.
Nico sonrió.
—Me encanta cuando quiere vernos sufrir.
—
—Tomás. Andrés.
—¡Vamos, Tomi! —gritó alguien desde atrás.
Tomás entró limpio, concentrado.
Andrés fue más impulsivo. Lanzó primero.
—¡Cierra la guardia! —gritó Vega.
Tomás corrigió sobre la marcha. Esperó el error.
Y entró.
Punto claro.
—¡Bien! —se escuchó desde el fondo.
Andrés resopló.
—Siempre me haces lo mismo.
—Porque siempre entras igual —respondió Tomás, dándole un pequeño golpe en el hombro. —No pienses tanto —añadió Vega—. Decide antes.
—
—Lucía. Carla.
—¡Vamos, Lu! —gritó Nico.
—¡CÁLLATE!
Lucía entró como siempre: rápida, intensa, medio caótica.
Carla intentó frenarla con distancia, pero Lucía rompió el ritmo.
Intercambio rápido.
—¡Eso! —se escuchó. Lucía marcó primero.
Pero el segundo punto lo sacó forzando.
—¡No te desesperes! —gritó alguien.
—Ya, ya —resopló ella.
Ganó igual.
Salió riéndose, sin aire.
—Sobreviví.
—De milagro —le dijo Hana al pasar.
—Apoyo emocional cero —respondió Lucía.
—
Hana miraba.
Pero no analizaba como antes.
No desarmaba cada error.
Solo… sentía el ritmo.
El flujo.
—
—Nicolás y Diego.
—Uy —murmuró Lucía—. Esto se pone bueno.
Nico entró distinto.
Más serio.
Más enfocado.
Nada que ver con el que hablaba todo el rato.
—¿Desde cuándo pelea así? —susurró alguien.
Diego atacó primero.
Nico no respondió de inmediato.
Leyó.
Esperó.
—Mira eso… —dijo Tomás en voz baja.
Diego lanzó una combinación.
Nico retrocedió justo lo necesario.
Y entró.
Preciso.
Seco.
Punto.
—¡Eso así se hace! —gritó alguien.
Segundo intercambio.
Más rápido.
Diego intentó presionar.
Nico cambió el ángulo.
—¡Bien leído! —gritó Vega.
Otro punto.
Claro.
Sin exagerar.
Cuando terminó, Nico soltó el aire y volvió a su versión de siempre.
—Listo, me retiro invicto.
—Cállate —dijo Lucía, pero sonriendo—. Estuvo bueno.
Hana lo miró un segundo más de lo normal.
No sorprendida.