La biblioteca ya no era una biblioteca. Era supervivencia.
—Ya, espérate —dijo Lucía, arrastrando su cuaderno hacia Hana—. Explícame esto otra vez porque lo escribí… pero no lo entiendo. —¿Qué parte? —Todo.
Nico levantó la cabeza desde el otro lado de la mesa. —Apoyo esa duda. Yo tampoco entendí nada, pero lo anoté con mucha fe.
—Tú no estás ni en este ramo —dijo Tomás sin mirarlo. —El conocimiento no discrimina. —Tu ignorancia tampoco.
Hana giró el cuaderno hacia Lucía. —Mira… si el movimiento parte mal, todo lo que viene después se desordena. No hay forma de que lo compenses bien.
Lucía la miró, entre cansada y resignada. —O sea… si la base está mal, todo sale mal. —Sí.
Nico levantó una ceja. —Eso explica muchas decisiones de mi vida.
—Todas —corrigió Tomás.
Se rieron.
Silencio.
—Oigan —dijo Lucía de pronto—. ¿El sartorio era el que cruzaba así o así? —hizo un gesto dudoso con la mano. —Así —respondió Hana. —¿Segura? —Sí.
—Yo puse lo contrario —dijo Nico.
Tomás levantó la vista. —Estás mal.
—Pero lo puse convencido.
Hana soltó una risa baja. —Eso no lo hace correcto.
—Debería.
El cansancio ya no era solo físico. Era mental. Pesado. Pegajoso.
Lucía se frotó los ojos. —Estoy leyendo lo mismo hace rato y no entiendo nada.
—Yo dejé de entender hace horas —dijo Nico—. Estoy aquí por compromiso emocional.
—Ya —Tomás cerró su cuaderno de golpe—. Cortemos.
Nadie discutió.
—¿En serio? —preguntó Nico, incrédulo. —Sí. Ya no estamos reteniendo nada.
Nico se dejó caer contra el respaldo. —Te amo. —No.
Salieron de la biblioteca como si los hubieran soltado. El aire de afuera se sentía distinto. Más liviano.
Caminaron sin apuro por el campus. El sol ya estaba bajando, pintando todo de un naranja cansado.
—Necesito comer algo que no venga en formato café —dijo Lucía. —Necesito dormir tres días —añadió Nico. —Necesitas estudiar —lo corrigió Tomás.
—No arruines mi proceso.
—Oigan… —dijo Tomás de pronto—. ¿ese no es Mateo?
Hana levantó la vista.
Sí.
Venía desde el sector deportivo, con la mochila al hombro.
Nico reaccionó primero. —¡Oye!
Mateo levantó la mirada y, al reconocerlo, su expresión cambió apenas. Más suelta.
—¿Sigues vivo? —le lanzó Nico cuando se acercó.
—A duras penas —respondió Mateo.
Chocaron manos rápido. Natural. Sin ceremonia.
—Te perdiste la sesión de ayer —añadió Nico—. Vega estaba insoportable.
—Entonces no me perdí nada.
Lucía soltó una risa. —Confirmo.
—Entrenamiento psicológico disfrazado de tortura —dijo Tomás.
—Clásico —respondió Mateo.
Silencio breve. Pero cómodo.
—¿Salieron recién? —preguntó Mateo. —Biblioteca —dijo Nico—. Seis horas. Creo que ya no soy persona.
—Nunca fuiste —murmuró Tomás.
—Traición.
Mateo sonrió apenas.
Hana estaba ahí. Escuchando.
No apartada. Pero tampoco forzando su lugar.
—¿Entrenas mañana? —preguntó Nico. —Sí.
—Ya —asintió—. Entonces ahí seguimos.
Mateo hizo un gesto leve.
Siguieron caminando juntos un par de metros. Sin presión. Sin necesidad de llenar cada espacio.
Hasta que, cerca de la salida, pasó.
El choque fue seco.
Un chico bajando rápido no miró. Golpeó a una chica que llevaba una maqueta.
Todo cayó.
Cartón, pegamento, piezas sueltas desparramadas por el suelo.
—Oye, fíjate —dijo alguien.
Pero no se detuvieron. Siguieron caminando. Riendo.
Eso fue lo que a Hana le molestó.
No el accidente.
La indiferencia.
Se movió.
Sin pensarlo.
Bajó la pendiente rápido y se agachó junto a la chica.
—¿Estás bien?
La chica la miró, desorientada, con los ojos llenándose de lágrimas. —Mi entrega… es mañana…
—Tranquila —dijo Hana, ya juntando piezas—. Se puede arreglar.
Lucía llegó enseguida. —Ya, pásame eso.
Nico recogía lo que rodaba más lejos. —Oye, esto todavía sirve.