Hana abrió los ojos unos segundos antes de que sonara la alarma.
Todavía estaba oscuro afuera.
Se quedó quieta mirando el techo mientras el cansancio terminaba de acomodarse en su cuerpo. No era sueño exactamente. Era esa pesadez constante que aparecía cuando llevabas demasiados días funcionando casi en automático.
6:00 AM.
La alarma alcanzó a vibrar apenas antes de que ella la apagara.
Al otro lado de la pared se escuchó un golpe suave.
Después otro.
Cajones abriéndose.
Su madre ya estaba despierta.
Hana dejó escapar una pequeña sonrisa antes de levantarse.
—
El piso estaba frío.
Caminó medio dormida hasta el baño, recogiendo el cabello en una coleta improvisada mientras se lavaba la cara.
Agua fría.
Respirar.
Despertar.
La rutina siempre ayudaba.
Cuando salió nuevamente al pasillo, el olor a café ya llenaba la casa.
Y también la voz de su madre.
—¡Te juro que anoche dejé esto aquí!
Hana entró a la cocina todavía acomodándose la manga del polerón.
—¿Qué perdiste ahora?
—Mi credibilidad.
—Eso fue hace años.
Su madre levantó la vista inmediatamente.
—Qué pesada eres tan temprano.
Hana soltó una risa baja mientras abría un cajón.
Las llaves estaban exactamente donde siempre.
Al lado del frutero.
Las levantó en silencio.
Su madre entrecerró los ojos.
—No entiendo cómo haces eso.
—Porque nunca las dejas en otro lado.
—Eso no es verdad.
Hana solo levantó una ceja.
Su madre terminó riéndose primero.
—
La cocina estaba cálida.
La televisión murmuraba noticias de fondo que ninguna estaba viendo realmente.
Había una taza de café olvidada cerca del lavaplatos, pan tostándose y una chaqueta mal doblada sobre una silla.
Hogar.
Simplemente hogar.
—
—¿Dormiste bien? —preguntó su madre mientras servía café.
Hana hizo una mueca leve.
—Más o menos.
—O sea, no.
—Dormí.
—Tres horas no cuentan como dormir.
—
Hana se dejó caer en una silla mientras agarraba una tostada directamente del plato de su madre.
—Oye.
—La estoy confiscando.
—Eres una delincuente.
—
Su madre terminó empujándole el plato completo igual.
Eso también era costumbre.
—
—¿Hoy tienes clases todo el día?
—Hasta las cuatro.
—¿Y después CAR?
—Sí.
—Pobre de ti.
—Pobre de mí nada. Tú trabajas con pacientes reales.
—Sí, pero ninguno me hace correr hasta vomitar.
—
Hana soltó una risa mientras revisaba el celular.
El grupo estaba activo desde absurdamente temprano.
Lucía:
“¿Si me hago la muerta puedo faltar?”
Tomás:
“No.”
Nico:
“Yo apoyo emocionalmente cualquier fuga académica.”
Lucía:
“Gracias Nicolás eres luz.”
Tomás:
“No le des ideas.”
Hana negó con la cabeza riéndose sola.
—
—¿Qué hicieron ahora? —preguntó su madre.
—Lucía quiere abandonar la universidad otra vez.
—Me cae bien esa niña.
—Porque dramatiza igual que tú.
—Yo dramatizo con argumentos.
—
El silencio volvió por unos segundos.
Cómodo.
Natural.
Su madre tomó café observándola apenas por encima de la taza.
Y aunque Hana parecía tranquila, igual podía notarse el cansancio acumulado en sus hombros.
Las ojeras suaves.
La forma en que se quedaba quieta un segundo de más entre movimientos.