El CAR estaba irreconocible.
No porque hubiera cambiado.
Sino porque estaba lleno.
Más lleno de lo normal.
Más ruidoso.
Más vivo.
Algunos alumnos del dojo del Sur terminaban de ponerse las protecciones cerca de las gradas mientras otros calentaban en grupos pequeños. Había entrenadores conversando con los instructores del CAR, estudiantes observando desde los costados y competidores evaluándose mutuamente sin siquiera darse cuenta de que lo estaban haciendo.
Era algo natural.
Cuando dos grupos de deportistas compartían espacio, siempre ocurría.
Nadie lo decía.
Pero todos observaban.
Todos comparaban.
Todos medían.
—Nos quitaron el rincón —dijo Nico por tercera vez.
—Ya lo sabemos —respondió Tomás.
—Estoy atravesando un duelo.
—Ojalá fuera permanente.
—Violento.
Lucía soltó una carcajada.
Hana negó con la cabeza mientras terminaba de ajustar sus protecciones.
A pocos metros, varios alumnos del Sur estaban estirando.
Uno de ellos hizo una patada giratoria impecable.
Otro trabajaba velocidad con un compañero.
El nivel era bueno.
Muy bueno.
Y eso era precisamente lo que volvía interesante el entrenamiento.
—Ya, ya, ya —gritó Vega desde el centro—. ¿Vinieron a entrenar o a mirar gente?
—Las dos cosas —respondió alguien.
—Perfecto. Entonces van a correr el doble.
Las quejas fueron inmediatas.
—Eso fue una pregunta trampa.
—Nunca respondan a Vega.
—Aprendan de sus errores.
El calentamiento fue intenso.
Mucho más de lo habitual.
Y cuando terminaron, varios ya estaban sudando.
—Todavía no entiendo por qué sigo haciendo esto voluntariamente —jadeó Nico.
—Porque te gusta.
—No me gusta.
—Te encanta.
—No me conoces.
—Llevamos años siendo amigos.
—Precisamente por eso deberías respetar mis mentiras.
Lucía casi se atragantó de la risa.
Después vinieron los ejercicios técnicos.
Y ahí empezó la verdadera razón por la que el dojo del Sur había sido invitado.
Vega comenzó a mezclar grupos.
Competidores del CAR.
Competidores del Sur.
Todos rotando constantemente.
Sin importar antigüedad.
Sin importar amistades.
Sin importar costumbres.
Porque en el Nacional nadie elegiría a quién enfrentar.
—Rivas.
Hana levantó la vista.
—Con ella.
Señaló a una chica del Sur.
Más o menos de su edad.
Cabello oscuro.
Expresión tranquila.
Nada agresiva.
Nada hostil.
Simplemente concentrada.
—Soy Camila —se presentó.
—Hana.
—Mucho gusto.
—Igualmente.
Y comenzaron a trabajar.
No fue una pelea.
Ni siquiera un combate de práctica.
Solo ejercicios técnicos.
Lectura de distancia.
Tiempo de reacción.
Control.
Correcciones.
Pero bastaron unos minutos para que ambas entendieran algo.
La otra era buena.
—Tu giro es rápido —comentó Camila después de una secuencia.
—El tuyo también.
—Llevo años repitiéndolo.
—Se nota.
Camila sonrió.
—Eso espero.
Al otro lado del gimnasio, Nico estaba intentando seguir el ritmo de otro competidor.
Intentando.
Porque claramente estaba sufriendo.
—¿Siempre hablan tanto? —preguntó el chico.
—Estoy ganando tiempo para respirar.
—No está funcionando.