Entre Golpes y Silencios

Capítulo 16: Lo que no se olvida

El sábado llegó sin clases, sin entrenamientos y sin alarmas.

O al menos en teoría.

Porque Hana abrió los ojos a las seis de la mañana de todas formas.

Se quedó mirando el techo unos segundos.

Silencio.

La casa todavía dormía.

O eso pensó.

Hasta que escuchó el ruido de una puerta cerrándose suavemente en el pasillo.

Sonrió.

Su madre también era incapaz de dormir hasta tarde.

Se levantó despacio y salió de la habitación.

La encontró en la cocina.

Todavía en pijama.

Con una taza de café en una mano y el refrigerador abierto.

—¿Buscas algo o solo estás contemplando las posibilidades? —preguntó Hana.

Su madre pegó un pequeño salto.

—¡No hagas eso!

—¿Qué?

—Aparecer de la nada.

—Caminé.

—Como asesina serial.

—Buenos días para ti también.

Su madre terminó riéndose.

—Buenos días.

Hana abrió un gabinete.

—¿Qué buscas?

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—Tenía hambre.

—¿Y abriste el refrigerador para inspirarte?

—Exactamente.

—Eso explica muchas cosas.

—No empieces.

Hana soltó una pequeña risa mientras sacaba pan.

Aquellos momentos siempre habían sido así.

Simples.

Pequeños.

Pero eran los que más le gustaban.

Desayunaron juntas.

Sin apuro.

Sin horarios.

Sin profesores.

Sin Vega.

Lo que ya era una mejora considerable.

—Apuesto que Vega igual está haciendo correr a alguien a esta hora —comentó Hana.

—Estoy convencida de que disfruta el sufrimiento humano.

—Lucía piensa lo mismo.

—Lucía es inteligente.

—Le diré que dijiste eso.

—Por favor.

La conversación continuó entre temas absurdos.

Películas.

Comida.

Historias del trabajo de su madre.

Comentarios sobre Nico.

Y que probablemente algún día terminaría perdiéndose porque hablaba demasiado.

Todo normal.

Hasta que su madre miró la hora.

Y la expresión le cambió apenas.

Solo un poco.

Pero Hana lo notó.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Mamá.

Su madre suspiró.

—Hoy quería ir al cementerio.

El silencio no fue incómodo.

Solo inesperado.

Hana bajó la vista hacia su taza.

Entonces recordó la fecha.

Claro.

Había estado tan ocupada con la universidad y el CAR que no lo había pensado.

Era el cumpleaños de su padre.

—¿Quieres que vayamos?

Su madre levantó la vista.

—Solo si tú quieres.

—Vamos.

Una hora después estaban en el auto.

La ciudad avanzaba lentamente detrás de las ventanas.

Ninguna habló demasiado.

No porque estuvieran tristes.

Simplemente porque no era necesario.

El cementerio estaba tranquilo.

Como siempre.

Árboles altos.

Senderos silenciosos.

Flores frescas aquí y allá.

El mundo parecía moverse más lento dentro de aquel lugar.

Cuando llegaron frente a la tumba, Hana sintió la misma sensación de siempre.

Familiar.

Extraña.

Difícil de explicar.

Como visitar a alguien que ya no estaba.

Y al mismo tiempo seguía estando.

Su madre se agachó para acomodar algunas flores.

—Necesitan agua.




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