Entre Harina y Orgullo

Capítulo 1: El Dios de la Facultad

El campus de la universidad en Estados Unidos siempre estaba lleno de ruido, pero ese día el aire se sentía diferente. Alessa Moretti caminaba con paso firme hacia la facultad de derecho, abrazando sus pesados libros de texto contra el pecho. Llevaba unos jeans cómodos, una camiseta sencilla y su característico cabello castaño recogido en una coleta alta. Alessa no necesitaba marcas de lujo ni joyas para destacar; su brillante inteligencia y sus perfectas calificaciones ya la hacían notar en cualquier salón. Sin embargo, ella prefería mantener un perfil bajo. Su mente estaba concentrada en las clases y en ayudar a su padre por la tarde en «Don Moretti», la pizzería familiar que con tanto esfuerzo los mantenía a flote.

—Miren quién viene ahí —un susurro burlón e impregnado de una profunda arrogancia cortó el viento.

Alessa no necesitó mirar arriba para saber de quién se trataba. El estómago se le tensó al instante.

Cerca de la gran fuente de la entrada, rodeado por su habitual séquito de admiradores y amigos de la alta sociedad, se encontraba él: Dimitris Angelópolis.

Haciéndole un honor casi insultante a su herencia, Dimitris parecía esculpido por los mismos dioses del Olimpo. Era increíblemente alto, de hombros anchos, con una mandíbula afilada que derrochaba masculinidad y unos ojos oscuros y penetrantes que siempre brillaban con una mezcla de diversión y desdén. Vestía una chaqueta de diseñador que costaba más que la renta de tres meses de Alessa y se movía con la confianza absoluta de quien sabe que es dueño del mundo. Pertenecía a una de las dinastías familiares más ricas, poderosas e influyentes de Grecia, y en la universidad todos lo sabían. Era el chico intocable, el vanidoso y prepotente heredero al que nadie se atrevía a contradecir.

Dimitris se separó del grupo y caminó despacio, interponiéndose directamente en el camino de Alessa. La miró desde su imponente altura, con una sonrisa ladeada y autosuficiente que a ella le daban ganas de borrar de un manotazo.

—Vaya, pero si es nuestra futura abogada estrella —soltó Dimitris, arrastrando las palabras con una ironía filosa—. Huele a madera quemada y salsa de tomate desde aquí, Moretti. ¿Es ese tu nuevo perfume de diseñador o es que pasaste la noche entera limpiando hornos?

Varios de los chicos que lo acompañaban soltaron risitas tontas. Alessa se detuvo en seco, clavándole una mirada fría. Estaba acostumbrada a sus comentarios diarios, a los sobrenombres molestos y a que intentara humillarla por su origen humilde cada vez que se cruzaban en los pasillos.

—Es el olor del trabajo honesto, Angelópolis —respondió Alessa con voz calmada, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Algo que dudo mucho que conozcas, considerando que tu mayor logro en la vida ha sido nacer con un apellido que ni siquiera sabes cómo honrar.

Una chispa de sorpresa mezclada con una intensa furia cruzó los ojos oscuros de Dimitris por una fracción de segundo. No toleraba que nadie lo desafiara, y menos una chica que no pertenecía a su estatus. Dio un paso más hacia ella, invadiendo su espacio personal de una manera tan abrumadora que Alessa pudo oler su costosa loción. El condenado era guapísimo, un espécimen divino, y ella no podía negarlo internamente, pero su insoportable prepotencia arruinaba cualquier rastro de encanto.

—Cuida esa boquita, pizzera —le murmuró Dimitris, con una voz baja que le erizó la nuca—. Estás en mi territorio. Aquí abajo tú solo eres una estudiante promedio que vive de propinas, mientras que mi familia podría comprar esta facultad entera si se me antoja. No te vayas a quemar con tu propio orgullo.

Alessa simplemente sonrió con desdén, dio un paso al lado para esquivarlo y continuó su camino hacia el edificio principal sin mirar atrás. No iba a dejar que él viera el efecto que sus provocaciones tenían en ella. Decidió que lo mejor era ignorarlo, como hacía la mayoría de los días.

Lo que Alessa no vio, porque ya le daba la espalda, fue la forma en que la sonrisa burlona de Dimitris desapareció por completo en el segundo en que ella se alejó. Sus ojos oscuros se clavaron en la silueta de la chica, fijos, intensos, casi devorándola con la mirada. Sus puños se apretaron dentro de los bolsillos de su chaqueta.

Nadie en la universidad imaginaba el secreto que el gran Dimitris Angelópolis escondía bajo su máscara de desprecio. No sabían que su mente no dejaba de pensar en ella ni un solo segundo. No sabían que su aparente juego cruel era la única forma en que su retorcido orgullo le permitía llamar su atención. Dimitris estaba completamente obsesionado con Alessa Moretti, pero la presión de su poderosa familia y el miedo a verse débil ante los demás lo obligaban a ocultarlo de la peor manera posible: atacando lo que más deseaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.