Entre Harina y Orgullo

Capítulo 2: Harina y Orgullo

El letrero de neón parpadeante de «Don Moretti» iluminaba la esquina de la calle con un brillo cálido y acogedor. Al cruzar la puerta, el ambiente te abrazaba de inmediato: el eco de la música italiana de fondo, el bullicio de los clientes locales y ese aroma irresistible a masa recién horneada, albahaca fresca y salsa secreta que el papá de Alessa preparaba con tanto esmero.

Alessa se amarró el delantal blanco alrededor de la cintura con un nudo firme y se limpió unas gotitas de sudor de la frente. Llevaba apenas una hora de haber salido de la universidad, pero ahí no había tiempo para descansar.

—¡Alessa, fratellina, la mesa cuatro necesita otra de jamón y queso, y saca los platos de la barra! —exclamó desde la cocina una voz gruesa y alegre.

Era su padre, un hombre robusto, de manos grandes y corazón blando, que se desvivía trabajando frente a los hornos para que ella pudiera estudiar derecho en la mejor facultad.

—¡Voy, papá! —respondió ella con una sonrisa, tomando la bandeja.

A Alessa le encantaba ayudarlo. No le avergonzaba para nada atender las mesas, tomar pedidos o limpiar; al contrario, ese lugar era su hogar y su orgullo. Sin embargo, la paz del negocio familiar no iba a durar mucho esa tarde.

El sonido de la campanilla de la entrada anunció a un nuevo cliente, pero no vino acompañado de un saludo normal. Una risa arrogante y arrastrada, que Alessa reconocería en cualquier parte del mundo, llenó el local.

—Vaya, pero qué lugar tan... rústico —soltó Dimitris Angelopoulos al cruzar el umbral.

Alessa casi deja caer los vasos que llevaba en la mano. Se dio la vuelta lentamente, rogando internamente haber alucinado, pero no. Ahí estaba él. Dimitris vestía unos pantalones oscuros impecables y una camisa de botones blanca, ligeramente desabrochada en el cuello, que lo hacía ver desesperadamente atractivo. Detrás de él entraron dos de sus amigos de la universidad, quienes miraban el modesto restaurante como si hubieran entrado a una zona de peligro.

Dimitris caminó con paso lento, arrastrando las sillas con desparpajo y sentándose en la mesa del centro, justo la que Alessa tenía que atender. Cruzó sus largas piernas y apoyó los brazos en el respaldo de la silla, adueñándose del espacio con esa odiosa y natural prepotencia suya.

—¿Qué haces aquí, Angelopoulos? —preguntó Alessa, acercándose a la mesa con los brazos cruzados y la mirada más afilada que un cuchillo de cocina—. Te equivocaste de vecindario. Los restaurantes de cinco estrellas y los clubes de campo quedan al otro lado de la ciudad.

Dimitris ensanchó su sonrisa, mirándola de arriba abajo con unos ojos oscuros que brillaban con malicia y algo más... una intensidad que a Alessa siempre le ponía los pelos de punta.

—¿Es esa la forma de recibir a un cliente, Moretti? —se burló él, estirando la mano para tocar el menú de plástico con la punta de los dedos, como si le diera asco—. Vine a ver con mis propios ojos tu humilde imperio de la grasa. Además, mis amigos querían comprobar si de verdad la mejor estudiante de derecho sirve las pizzas tan bien como memoriza los códigos civiles. ¿O es que nos vas a correr?

—Me encantaría correrte, pero mi papá no le niega el servicio a nadie, ni siquiera a los niños ricos malcriados que no tienen nada mejor que hacer con su tiempo —respondió ella con voz fría, sacando su libreta de notas—. Así que ordena rápido y lárgate. No tengo toda la tarde para perderla contigo.

Uno de los amigos de Dimitris soltó un "¡Uh!", sorprendido por la valentía de la chica. Dimitris, en lugar de enfurecerse, sintió que la adrenalina le subía por las venas. Le fascinaba cuando ella le respondía. Le encantaba ver cómo sus ojos castaños se encendían de rabia, cómo se plantaba frente a él sin miedo, a diferencia del resto del mundo que siempre le bajaba la cabeza.

—Quiero la pizza más cara que tengas, Moretti. Aunque dudo que el concepto de "caro" exista en este menú —dijo Dimitris con un tono despectivo, pero sin quitarle los ojos de encima a los labios de ella—. Y quiero que la traigas tú misma. Asegúrate de que no tenga harina en los bordes, no me gustaría ensuciar mis manos con tu trabajo.

Alessa apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula. Por un segundo pensó en tomar la jarra de agua helada de la barra y vaciársela en la cabeza a ese maldito dios griego para bajarle los humos. El tipo era divino, alto, con una estampa imponente que hacía que varias chicas de las otras mesas no dejaran de mirarlo, pero su arrogancia apestaba.

—Tu pedido saldrá en quince minutos. Intenta no romper las sillas con tu enorme ego mientras esperas —soltó ella con ironía.

Dio la vuelta para irse a la cocina, pero Dimitris la tomó suavemente de la muñeca. El contacto fue rápido, pero pareció mandar una descarga eléctrica por el brazo de Alessa, quien se soltó de inmediato como si se hubiera quemado.

—No me hagas esperar, pizzera —le murmuró Dimitris, con una voz baja, ronca y cargada de una extraña posesividad que la dejó helada—. Sabes que no soy un hombre paciente.

Alessa caminó hacia la cocina con el corazón latiéndole a mil por hora, ignorando las risas de los amigos de él. Mientras tanto, en la mesa, la sonrisa de Dimitris se desvaneció. Se quedó mirando fijamente la puerta por donde ella había desaparecido, frotándose inconscientemente los dedos con los que acababa de tocar su piel.

Estaba jugando un juego peligroso. Había ido hasta su pizzería solo porque no había soportado pasar toda la tarde sin verla, inventando cualquier excusa absurda para humillarla con tal de tenerla cerca. Estaba obsesionado, y el hecho de que ella fuera tan inalcanzable para él debido al maldito estatus de su familia, solo lo volvía más loco y más agresivo.




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