El motor del costoso auto deportivo de Dimitris rugió con fuerza mientras devoraba las calles de regreso a la zona residencial más exclusiva de la ciudad. En el asiento del copiloto iba Thanos, su mejor amigo desde la infancia en Grecia, y en la parte de atrás, Eros, otro de los chicos de su círculo adinerado. El silencio dentro del auto era tenso, interrumpido solo por el zumbido del motor.
Eros iba revisando su teléfono, soltando una risita de vez en cuando.
—Vaya, Dimitris, admito que la pizza estaba buena, pero sigo sin entender qué hacíamos en ese barrio —comentó Eros desde el asiento trasero, estirándose—. Es decir, pudiste haber pedido comida de un restaurante de lujo. ¿De verdad fuiste hasta allá solo para fastidiar a la sabelotodo de Moretti? Estás llevando tu enemistad con ella a otro nivel.
Dimitris apretó el volante de cuero con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sus ojos oscuros, fijos en la carretera, brillaron con frialdad.
—Esa sabelotodo necesita que le bajen los humos, Eros —respondió Dimitris con voz ronca y cortante—. Alguien tiene que recordarle cuál es su lugar en esta universidad. Me divierte ver cómo se le deshace el orgullo. Eso es todo.
—Ya, claro. Lo que tú digas —murmuró Eros, sin darle más importancia, bajándose del auto en cuanto Dimitris se detuvo frente a su enorme residencia para dejarlo.
Cuando la puerta del auto se cerró y quedaron solo los dos amigos de la infancia, la atmósfera cambió por completo. Thanos se cruzó de brazos, se acomodó en su asiento y miró de reojo a Dimitris con una ceja levantada y una sonrisa llena de complicidad. Thanos conocía a Dimitris mejor que nadie; conocía los secretos de la familia Angelopoulos, la inmensa presión que sus padres ejercían sobre él para mantener el estatus de la dinastía, y también sabía leer perfectamente los ojos de su amigo.
—¿A quién pretendes engañar, Dimitris? A Eros puedes meterle ese cuento del odio, pero a mí no —soltó Thanos en tono bajo, directo al grano.
Dimitris ni siquiera parpadeó, aunque mandíbula se le tensó al instante.
—No sé de qué hablas, Thanos.
—Hablo de que no cruzamos media ciudad solo por una pizza de doce dólares, hermano —Thanos soltó una carcajada suave—. Hablo de la forma en que la mirabas mientras te respondía. Hablo de cómo casi le rompes la mano al tipo de la mesa de al lado la semana pasada en la biblioteca solo porque se le quedó mirando el trasero a Alessa Moretti mientras ella buscaba un libro. Sé perfectamente lo que te pasa. Estás loco por la pizzera.
Dimitris frenó el auto de golpe a un lado de la acera, respirando agitadamente. Clavó una mirada cargada de advertencia y peligro sobre su mejor amigo.
—Cállate, Thanos. No repitas esa estupidez en tu vida —siseó Dimitris, con una voz que pretendía ser de hielo pero que delataba una desesperación profunda—. ¿Tienes idea de lo que pasaría si mi padre llega a escuchar un rumor así? Soy un Angelopoulos. Mi futuro ya está escrito, las empresas navieras, el bufete legal internacional, las alianzas... No puedo mostrarme débil ante nadie. Y menos por... por una chica común que trabaja en una pizzería. La gente se reiría en mi cara.
—O sea que prefieres tratarla como basura y molestarla todos los días antes de admitir que te mueres por ella —concluyó Thanos, suspirando y negando con la cabeza—. Es una estrategia muy madura, Dimitris. De verdad. Pero ten cuidado, porque el orgullo es un juego peligroso. Esa chica tiene carácter, y un día va a llegar alguien que sí se atreva a tratarla como se merece, y ese día tu maldito apellido no te va a servir de nada.
Dimitris no respondió. Reinició la marcha del auto en silencio absoluto, dejando a Thanos en su casa poco después.
Cuando Dimitris finalmente llegó a su propia mansión, subió directo a su enorme habitación. Se quitó la chaqueta de diseñador y la arrojó al suelo con frustración. Caminó hacia el gran ventanal que daba a la ciudad y sacó su teléfono privado. Abrió una carpeta oculta.
Ahí no había fotos de modelos ni de las chicas de la alta sociedad que le rogaban por un segundo de su atención. Había fotos de Alessa. Fotos que él mismo le tomaba de lejos en el campus: Alessa concentrada leyendo bajo un árbol, Alessa riendo con sus amigas, Alessa caminando con ese orgullo que a él lo volvía loco.
Thanos tenía razón en algo: estaba enfermo de obsesión por ella. Cada vez que un chico de la facultad intentaba acercarse a Alessa para invitarla a salir, Dimitris se encargaba personalmente, usando su poder, su dinero o sus amenazas veladas, de espantarlos a todos. Por eso Alessa solo se mantenía rodeada de sus amigas; Dimitris había creado una barrera invisible a su alrededor para que nadie la tocara. Quería que ella fuera solo para él, aunque su propio orgullo aristocrático y el peso de su familia le impidieran gritarlo al mundo.
—Eres mía, Moretti —susurró Dimitris para sí mismo, tocando la pantalla del teléfono donde aparecía el rostro de la chica—. Aunque tenga que quemar el mundo entero para que nadie más te mire.
Lo que Dimitris Angelopoulos no sabía era que su perfecto e impecable sistema de control estaba a punto de venirse abajo con la llegada de un vuelo internacional desde Alemania.