El aula magna de la facultad de derecho estaba en completo silencio, interrumpido solo por el carraspeo del profesor de Derecho Constitucional. Alessa terminaba de anotar la última línea de sus apuntes cuando el docente cerró su libro con un golpe seco, llamando la atención de todos.
—Bien, jóvenes. Para el examen final de este semestre, realizarán un trabajo de investigación exhaustivo sobre los impactos socio-jurídicos de las fronteras comerciales. Representa el cincuenta por ciento de la nota definitiva. Y antes de que empiecen a buscar a sus amigos... las parejas ya han sido seleccionadas por mí, buscando equilibrar el rendimiento académico de la clase.
Un coro de quejas y lamentos llenó el salón. Alessa no se preocupó; al ser la estudiante con el promedio más alto, confiaba en que quienquiera que fuera su compañero trabajaría duro para estar a su altura.
El profesor empezó a dictar la lista.
—...Thanos con Chloe. Eros con Mia... —el profesor se detuvo, ajustándose las gafas, y miró hacia el fondo—. Y finalmente: Alessa Moretti con Dimitris Angelopoulos.
A Alessa se le cayó el bolígrafo de la mano, rodando por el escritorio. Se giró lentamente, con el rostro pálido de la pura impresión, y sus ojos se encontraron con los de Dimitris en el fondo del salón. El dios griego no parecía sorprendido en absoluto; de hecho, una sonrisa lenta, arrogante y de absoluta victoria se dibujó en sus labios perfectamente esculpidos. Thanos, sentado a su lado, le dio un codazo discreto y murmuró algo que hizo que Dimitris ampliara aún más su sonrisa.
—¡Profesor, protesto! —Alessa se puso de pie de inmediato, con el corazón latiéndole a mil por la indignación—. Con todo respeto, el señor Angelopoulos no se toma en serio las clases. Exijo cambiar de compañero.
—Mi decisión es irrevocable, señorita Moretti —sentenció el profesor sin mirarla—. Si el señor Angelopoulos no trabaja, ambos reprueban. Así de sencillo.
Alessa se dejó caer en su asiento, bufando de la frustración. Mientras tanto, Dimitris saboreaba el momento. Él mismo se había encargado de mover un par de hilos e influencias sutiles con el decanato los días anteriores para asegurar que ese "emparejamiento" ocurriera. Necesitaba una excusa legítima para estar cerca de ella sin levantar sospechas ante su familia o el campus.
Al terminar la clase, Alessa intentó salir rápido, pero la imponente figura de Dimitris le bloqueó la salida en el pasillo.
—Parece que el destino insiste en juntarnos, pizzera —se burló él, inclinándose un poco para quedar a su nivel, disfrutando de lo hermosa que se veía Alessa cuando el enojo le pintaba las mejillas de rojo.
—No te equivoques, Angelopoulos. Esto no es el destino, es una pesadilla —escupió ella, acomodándose la mochila—. Nos dividiremos los temas. Tú investigas la primera parte, yo la segunda, y lo unimos todo por correo el día de la entrega. No quiero verte la cara más de lo necesario.
—Oh, no, no, no. El profesor dijo que era un trabajo en equipo —Dimitris estiró la mano y tomó un mechón de cabello de la coleta de Alessa, enredándolo suavemente entre sus dedos antes de que ella le diera un manotazo para soltarse—. Hoy a las cinco de la tarde estaré en tu casa. Prepárame un escritorio cómodo, Moretti.
—¡Ni se te ocurra ir a mi casa! —le gritó Alessa, pero Dimitris ya se alejaba por el pasillo con su habitual caminar seguro, levantando una mano en señal de despedida sin mirar atrás.
A las cinco en punto de la tarde, el rugido de un motor italiano de alta gama interrumpió la tranquilidad del modesto barrio donde vivía Alessa. Vecinos y niños se asomaron por las ventanas para ver el deslumbrante auto deportivo negro estacionándose justo frente a la pizzería «Don Moretti».
Dimitris se bajó vistiendo unos jeans oscuros y una camiseta negra de marca que marcaba a la perfección sus hombros anchos y su pecho atlético. Entró al local con paso firme y subió directamente por las escaleras internas que conectaban el restaurante con la vivienda de la familia Moretti, tal como le había exigido saber a uno de los empleados abajo.
Cuando Alessa abrió la puerta de su casa, se encontró de frente con el imponente pecho de Dimitris. El espacio en su pequeña y humilde sala pareció reducirse a la mitad con la presencia de ese hombre tan alto y divino.
—Llegas tarde, Angelopoulos —dijo ella, tratando de sonar severa para ocultar los nervios que le causaba tenerlo en su territorio.
—Un Angelopoulos nunca llega tarde, Moretti. Los demás simplemente llegan muy temprano —respondió él con su prepotencia natural, entrando a la casa sin pedir permiso y mirando a su alrededor con curiosidad—. Tienes un lugar... acogedor. Pequeño, pero limpio.
Alessa rodó los ojos y señaló la mesa del comedor, que ya estaba llena de libros, leyes impresas y su computadora portátil.
—Siéntate y saca tus cosas. Hay que estructurar la introducción —ordenó ella, sentándose y abriendo un cuaderno.
Dimitris se sentó frente a ella, cruzando las piernas. Pero en lugar de sacar una libreta, una computadora o un mísero bolígrafo, se limitó a apoyar la barbilla en su mano, fijando sus intensos ojos oscuros directamente en el rostro de Alessa.
Pasaron diez minutos. Alessa escribía y leía en voz alta, esperando que él aportara algo, pero Dimitris solo la miraba. Pasaron veinte minutos, y la intensidad de la mirada del griego no flaqueaba; sus ojos recorrían sus labios, sus pestañas, la forma en que fruncía el ceño al concentrarse.
—¿Vas a ayudarme o solo viniste a respirar mi aire? —estalló Alessa, tirando el bolígrafo sobre la mesa, desesperada por la tensión que ese hombre provocaba en ella—. ¡No has escrito una sola palabra, Dimitris! ¡Solo estás aquí molestando!
—Escribir es para los plebeyos, Moretti —respondió él con una sonrisa perezosa y descarada, estirando la mano para juguetear con el borrador de Alessa—. Yo soy el cerebro estratégico. Además, te ves mucho más interesante cuando te enfadas que cuando lees esas aburridas leyes. Trabaja tú, yo te pagaré la nota con mi sola presencia.