El baño de la facultad de derecho era el único lugar donde Alessa sentía que podía respirar sin tener la imponente y sofocante sombra de Dimitris Angelopoulos encima. Se apoyó contra el lavabo, abriendo el grifo para echarse un poco de agua fresca en las muñecas, tratando de calmar el temblor de pura rabia que le recorría el cuerpo.
La puerta se abrió y sus dos mejores amigas, Chloe y Mia, entraron casi corriendo, con los rostros desencajados por el chisme y la preocupación.
—¡Alessa! ¡Por Dios! —exclamó Mia, acomodándose el bolso—. Toda la cafetería está hablando de lo que pasó en el salón de Constitucional. Dicen que el dios griego casi saca a golpes al chico nuevo de intercambio. ¿Es verdad?
—No lo sacó a golpes, pero le faltó poco —bufó Alessa, secándose las manos con una toalla de papel—. Dimitris es un animal prepotente, vanidoso e insoportable. No soportó que el decano me pusiera como guía de Lukas. Actuó como un cavernícola reclamando territorio. ¡Es un enfermo!
Chloe, que había estado extrañamente callada, cruzó los brazos y miró a Alessa con una chispa de sospecha e inteligencia en los ojos. Chloe no era una espectadora cualquiera en este drama; ella era la novia de Thanos, el mejor amigo de Dimitris, y sabía perfectamente cómo se movían los hilos en ese cerrado grupo de millonarios aristócratas.
—Alessa... ¿tú de verdad crees que Dimitris hace todo esto solo por molestarte por tu origen humilde? —preguntó Chloe, bajando la voz.
—¿Por qué más sería, Chloe? —Alessa la miró, confundida—. Le encanta humillarme. Va a la pizzería de mi papá solo a restregarme su dinero en la cara, me pone sobrenombres ridículos en los pasillos y ahora sabotea mis tutorías. Me odia porque no le bajo la cabeza como todo el mundo.
Chloe intercambió una mirada rápida con Mia y luego soltó una risita suave, negando con la cabeza.
—Ay, mi querida y brillante futura abogada... eres la número uno de la clase para interpretar las leyes, pero eres ciega para leer a los hombres —dijo Chloe, acercándose a ella—. Thanos me lo contó anoche. Dimitris está perdiendo la cabeza por ti. Está completamente obsesionado.
Alessa se quedó congelada, con los ojos abiertos de par en par. El corazón le dio un vuelco violento dentro del pecho.
—¿Qué? No, no, eso es imposible —tartamudeó Alessa, sintiendo un calor repentino en las mejillas—. Él me desprecia. Además, es un Angelopoulos, su familia tiene la mitad de las navieras de Grecia. Jamás se fijaría en... en la hija de un pizzero. Él mismo me lo dejó claro ayer en mi casa.
—Pues Thanos dice que está tan loco por ti que se la pasa vigilándote de lejos y que ha espantado a cada chico que ha intentado pedirte el número este semestre —reveló Chloe, dejando a Alessa sin aliento—. Su problema es que es un cobarde orgulloso. Tiene la presión de su familia en el cuello y no quiere verse débil ante la alta sociedad saliendo con una chica trabajadora. Por eso te ataca, Alessa. Es la única forma en que su retorcido cerebro sabe llamar tu atención.
Mia soltó un grito ahogado de la emoción, tapándose la boca. Alessa, por su parte, sintió que el mundo le daba vueltas. Recordó la intensidad de la mirada de Dimitris en su sala, la forma ronca en que pronunció su nombre y esa furia posesiva que vio en sus ojos oscuros hace solo unos minutos cuando apartó a Lukas. El condenado era divino, un hombre esculpido que la hacía temblar cada vez que se le acercaba, pero saber que todo ese maltrato aparente era el escudo de una obsesión secreta la llenó de una mezcla extraña de rabia, poder y... algo más que no quería admitir.
—Pues si cree que me va a tener como un trofeo oculto mientras me humilla en público, está muy equivocado —sentenció Alessa, recuperando la postura y apretando los puños con determinación—. No soy el secreto culposo de ningún dios griego.
—Y no lo serás —sonrió Chloe con malicia, una idea brillante empezando a formarse en su mente—. Lukas, el alemán, es superlindo y educado, ¿verdad? Y Dimitris ya lo odia. Bueno... Thanos me contó otra cosa sobre Lukas que nos va a servir a la perfección para darle una lección de humildad al gran Dimitris Angelopoulos. El juego apenas comienza