Entre Harina y Orgullo

Capítulo 7: El Contraataque en la Biblioteca

La biblioteca central de la universidad era un santuario de techos altos, estanterías interminables de madera oscura y un silencio sepulcral que solo se rompía por el pasar de las páginas. Alessa estaba sentada en una de las mesas del fondo, rodeada de códigos comerciales y carpetas. A su lado, Lukas Weber revisaba unos documentos con su habitual concentración pulcra.

A unas tres mesas de distancia, convenientemente posicionado para tener una línea de visión perfecta, se encontraba Dimitris. Fingía leer un grueso tomo de derecho internacional, pero sus ojos oscuros no se habían despegado de Alessa en la última hora. Cada vez que Lukas se inclinaba hacia ella para señalar algo en el texto, la mandíbula de Dimitris se tensaba tanto que Thanos, sentado a su lado, temía que se le rompieran los dientes.

—Mira esto, Alessa —dijo Lukas en voz baja, mostrando una sonrisa amable—. Creo que este decreto de la Unión Europea encaja perfectamente con el análisis comparativo que querías hacer para tu proyecto.

Alessa vio de reojo cómo Dimitris cerraba el libro de golpe, conteniendo la respiración. Sabiendo perfectamente que el griego la estaba observando, Alessa decidió aplicar la estrategia que había hablado con Chloe. Se acomodó en la silla, se acercó intencionalmente a Lukas y le dedicó la sonrisa más dulce, brillante y coqueta que pudo fingir.

—¡Es brillante, Lukas! De verdad, eres un genio —exclamó Alessa en un susurro lo suficientemente claro para que viajara por el pasillo de la biblioteca. Acto seguido, estiró la mano y tocó suavemente el antebrazo del alemán, dejando sus dedos allí un par de segundos—. No sé qué haría en esta facultad sin tu ayuda. Eres tan considerado y educado.

Lukas parpadeó, un poco sorprendido por el repentino desborde de afecto, pero le devolvió la sonrisa con total naturalidad y caballerosidad.

Al otro lado del pasillo, el autocontrol de Dimitris Angelopoulos voló en mil pedazos. El impacto de ver la mano de Alessa sobre el brazo del rubio fue como un gancho directo al hígado. Se puso de pie de golpe, arrastrando la pesada silla de madera con un chirrido violento que hizo que el bibliotecario les llamara la atención con un fuerte "¡Shh!".

Dimitris ignoró la advertencia. Caminó a grandes zancadas hacia la mesa de ellos, despidiendo un aura tan imponente, peligrosa y agresiva que parecía un verdadero dios del Olimpo listo para desatar una tormenta. Thanos lo siguió de cerca, tratando de contener una risa ante los celos primitivos de su amigo.

—Se acabó el tiempo, Moretti —soltó Dimitris con una voz ronca, profunda y cargada de una posesividad absoluta, plantándose al final de la mesa—. Tenemos que avanzar con la maldita investigación. Recoge tus cosas. Nos vamos a la sala de estudios privada ahora mismo.

Alessa ni siquiera se inmutó. Levantó la vista despacio, sosteniéndole la mirada con una calma y una suficiencia que a Dimitris lo volvieron loco.

—¿Disculpa? Estoy ocupada ayudando a Lukas con su adaptación a la facultad —respondió ella con total desparpajo, cruzándose de brazos—. Además, ayer dejaste claro en mi casa que tú eres el "cerebro estratégico" y que escribir es para los plebeyos. Así que puedes esperarte. Lukas me necesita en este momento.

—No me importa a quién le haga falta tu ayuda, pizzera —siseó Dimitris, inclinándose sobre la mesa, invadiendo su espacio de esa forma abrumadora que siempre la hacía temblar, aunque esta vez ella no retrocedió—. Te lo dije esta mañana y te lo repito ahora: tu tiempo me pertenece a mí mientras dure este semestre. No voy a tolerar que me dejes en segundo plano por... por este aparecido.

Lukas se enderezó en su silla, manteniendo una compostura impecable y fría que contrastaba con la furia volcánica del griego.

—Señor Angelopoulos, creo que su actitud es sumamente prepotente e innecesaria —intervino Lukas con educación, pero con firmeza—. Alessa solo está siendo una excelente guía académica. No hay necesidad de que sea tan agresivo.

Dimitris clavó sus ojos oscuros en el alemán, inyectados en una rabia posesiva brutal. Dio un paso hacia Lukas, acortando la distancia de manera amenazante.

—Tú cállate la boca, extranjero, si no quieres que me encargue personalmente de que cancelen tu maldita visa de intercambio antes del atardecer —le murmuró Dimitris con una voz que helaba la sangre, demostrando el inmenso poder de su apellido—. No te vuelvas a cruzar en mi camino, y ni se te ocurra volver a ponerle una mano encima a Alessa. Ella no es para ti.

—¡Ya basta, Dimitris! —intervino Thanos, tomando a su amigo firmemente del brazo y tirando de él hacia atrás—. Estás haciendo una escena ridícula. Vámonos de aquí antes de que el decano se entere.

Alessa se puso de pie, mirando a Dimitris con una mezcla de indignación y triunfo. Había logrado exactamente lo que quería: hacerlo colapsar y demostrarle que ya no tenía el control absoluto de la situación.

—Vete, Angelopoulos —le dijo Alessa con voz firme y despectiva—. Tu dinero y tus amenazas no asustan a nadie aquí. Mañana nos vemos en clase, si es que tu enorme ego te permite sentarte a trabajar como una persona normal.

Dimitris respiraba agitadamente, mirando la mano de Alessa que ahora se había posado protectoramente sobre el hombro de Lukas. El dolor de los celos y la humillación de verse desafiado de esa manera frente a su mejor amigo lo estaban carcomiendo por dentro. Con un último bufido lleno de frustración y furia contenida, se soltó del agarre de Thanos, dio la vuelta y salió de la biblioteca como un torbellino, dejando una estela de tensión en el aire.

Dimitris acababa de perder la primera batalla de su propio juego, y lo peor de todo es que el plan secreto de las amigas de Alessa apenas estaba comenzando a dar frutos.




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