Entre Harina y Orgullo

Capítulo 8: La Presión del Olimpo

El eco de los pasos de Alessa y Lukas resonaba en el pasillo principal de la facultad de derecho. Desde el incidente en la biblioteca, Alessa había decidido no dar un solo paso atrás. Cada vez que veía a Dimitris de lejos, se aseguraba de reír un poco más fuerte con Lukas o de caminar lo más cerca posible del educado alemán. Sabía que cada sonrisa compartida era un golpe directo al inflado orgullo del dios griego.

Sin embargo, detrás de su fachada imponente, el mundo de Dimitris Angelopoulos se estaba convirtiendo en una olla a presión.

Esa tarde, Dimitris estaba apoyado contra su auto deportivo negro en el estacionamiento de la universidad, con el teléfono pegado a la oreja. Su rostro, usualmente altivo y seguro, lucía rígido y cansado.

—Sí, padre. Entiendo perfectamente —decía Dimitris con voz baja y tensa, conteniendo la respiración—. Las acciones de la naviera en Nueva York están estables... No, no he olvidado el bufete internacional. Sé cuáles son mis obligaciones con el apellido.

La voz al otro lado de la línea era fría, autoritaria y no aceptaba réplicas. El patriarca de la familia Angelopoulos le estaba recordando, por tercera vez en la semana, que su estancia en Estados Unidos era para prepararse como el futuro líder de la dinastía, no para distraerse. "Un Angelopoulos no comete errores, Dimitris. Mantén el estatus, aléjate de las distracciones comunes y recuerda quién eres", sentenció su padre antes de colgar sin despedirse.

Dimitris guardó el teléfono en el bolsillo y soltó un bufido cargado de frustración, golpeando el techo de su auto con el puño. La presión familiar lo estaba asfixiando. Tenía que ser perfecto, tenía que ser implacable, y sobre todo, jamás podía permitirse que la alta sociedad lo viera rebajarse ante nadie.

—Esa llamada no sonó nada amistosa, hermano —dijo Thanos, apareciendo por el estacionamiento con las manos en los bolsillos.

—Mi padre está encima de mí, como siempre —respondió Dimitris de mal humor, pasándose una mano por el cabello perfectamente peinado—. Espera que sea una máquina sin sentimientos.

—El problema no es tu padre, Dimitris. El problema es que estás usando toda tu energía en vigilar a Alessa y al alemán en lugar de concentrarte —señaló Thanos con una ceja levantada—. Por cierto, Chloe me contó que Lukas la está invitando a salir formalmente esta semana. Parece que el rubio no se asustó con tus amenazas en la biblioteca.

Al escuchar eso, los ojos oscuros de Dimitris se encendieron en una furia viva. Se separó del auto de golpe, acortando la distancia con Thanos.

—No se va a atrever —siseó Dimitris, con una vena marcándosele en la sien—. Me importa un demonio lo que diga mi padre en este momento. Si ese alemán cree que puede quedarse con Alessa, está muy equivocado. Ella es mía, Thanos. Aunque tenga que actuar como un loco frente a toda la facultad, no voy a dejar que la toque.

—Estás perdiendo los papeles, Dimitris —le advirtió Thanos, mirándolo con seriedad—. Tu orgullo te está cegando. Si sigues actuando de forma tan impulsiva y agresiva, vas a terminar empujándola directo a los brazos de Lukas. Y ahí sí que no habrá apellido poderoso que te salve del piso.

Dimitris no escuchó razones. Dio la vuelta, ignorando a su mejor amigo, y caminó de regreso al edificio de la facultad con el corazón latiéndole a mil por hora debido a los celos destructivos. No sabía qué hacer. Tenía la soga de su familia apretándole el cuello por un lado, y por el otro, la insoportable imagen de Alessa Moretti alejándose de él para siempre.

Al entrar al pasillo principal, vio a Alessa saliendo de la secretaría académica. Estaba sola. Dimitris no lo pensó dos veces; movido por un impulso salvaje, caminó hacia ella a grandes zancadas y la tomó suavemente del brazo, arrastrándola hacia el hueco de la escalera de emergencia, el único lugar semi-privado del piso.

—¡Suéltame, Angelopoulos! —exclamó Alessa, zafándose de su agarre con un movimiento brusco y pegando su espalda contra la pared—. ¿Qué te pasa? Estás completamente demente.

Dimitris se plantó frente a ella, bloqueándole cualquier salida con sus brazos apoyados a ambos lados de la pared. Su imponente altura y su cuerpo atlético la acorralaron por completo, inundando el espacio con su costoso perfume y esa calidez abrumadora que a Alessa, muy en el fondo, le cortaba la respiración.

—¿Por qué juegas conmigo, Alessa? —le reclamó él con una voz ronca, herida y desesperada, mirándola fijamente a los ojos—. Sé lo que estás haciendo. Te pasas todo el día pegada a ese maldito alemán solo para provocarme. Te ríes con él, lo tocas... ¡¿Es que quieres volverme loco de remate?!

Alessa levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada con puro orgullo italiano.

—Yo no juego contigo, Dimitris. Tú no eres el centro de mi universo —respondió ella con voz firme, aunque su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas debido a la tremenda cercanía—. Lukas es un caballero. Él no me insulta, no me humilla por trabajar en la pizzería de mi papá y no me trata como si fuera un bicho raro. Si te molesta verlo conmigo, mira para otro lado.

—¡No puedo mirar para otro lado! —estalló Dimitris, acercando su rostro al de ella tanto que sus labios casi se rozaban, rompiendo toda su máscara de frialdad—. No puedo porque no dejo de pensar en ti ni un maldito segundo. Así que mantén a ese rubio lejos de ti, Moretti, porque juro que la próxima vez no me va a importar que todo el campus nos esté mirando.

Dimitris la miró por última vez con una intensidad devoradora y posesiva, respirando agitadamente, antes de apartarse de golpe y salir de las escaleras de emergencia, dejando a Alessa temblando, con el corazón en la boca y una duda tremenda quemándole el pecho.

El dios griego estaba colapsando bajo el peso de sus propios secretos y la llegada del alemán estaba a punto de provocar la explosión definitiva en medio de la universidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.