El ambiente en el campus de la facultad de derecho estaba extrañamente denso esa mañana. Era el día previo a la gran jugada. Alessa caminaba por el pasillo principal repasando mentalmente cada detalle del plan con Chloe y Mia, tratando de mantener una expresión neutral que no delatara la descarga de adrenalina que sentía por dentro.
A lo lejos, vio a Lukas Weber saliendo de la biblioteca. El pulcro alemán le dedicó un guiño de ojo rápido y una sonrisa cómplice antes de retomar su pose de estudiante extranjero tímido y enamorado. Alessa tuvo que morderse el labio interior para no soltar una carcajada en medio del pasillo. Pensar que Dimitris estaba perdiendo el juicio por un chico que prefería mil veces pasar la tarde con los defensas del equipo de fútbol que con ella, era simplemente glorioso.
Sin embargo, en el ala norte de la facultad, la situación era radicalmente distinta.
Dimitris Angelopoulos estaba encerrado en una de las salas de estudio privadas, pero no estaba estudiando. Caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, con las manos metidas en los bolsillos de sus costosos pantalones. Eros y un par de chicos de su círculo adinerado estaban sentados en la mesa, observándolo con evidente incomodidad.
—Dimitris, hermano, tienes que relajarte —soltó Eros, revisando su teléfono—. Estás insoportable desde hace dos días. Ni siquiera respondiste a las preguntas del profesor hoy.
—No me digas qué hacer, Eros —siseó Dimitris con una voz ronca y peligrosa, deteniéndose en seco frente al ventanal que daba al patio central.
Thanos entró en la sala en ese momento, cerrando la puerta detrás de sí. Su rostro no tenía la habitual chispa de diversión de siempre; esta vez lucía serio, lo que hizo que Dimitris se tensara de inmediato.
—¿Qué pasa, Thanos? Habla —exigió el griego, acortando la distancia.
—El rumor ya no es solo un rumor, Dimitris —dijo Thanos en voz baja, cruzándose de brazos—. Escuché a unos chicos de intercambio en la cafetería. Lukas compró un enorme ramo de rosas rojas esta mañana. Mañana por la tarde, justo a la hora de la salida en el patio central, va a declararse formalmente ante Alessa. Quiere hacerlo frente a toda la universidad para que sea oficial.
El impacto de la noticia golpeó a Dimitris como un rayo directo al pecho. El color desapareció de su rostro por una fracción de segundo, siendo reemplazado de inmediato por un rojo violento de pura furia posesiva. Sus puños se apretaron con tanta fuerza que sus nudillos crujieron en el silencio de la sala.
—¡No lo va a hacer! —estalló Dimitris, tirando una de las carpetas de la mesa al suelo con un golpe violento—. ¡No voy a permitir que ese maldito extranjero la toque, y mucho menos que la humille... que me humille a mí de esa manera frente a todos!
—¿Que te humille a ti? —Eros lo miró, completamente confundido—. Dimitris, ¿qué te importa a ti lo que esa pizzera haga con el alemán? Pensé que solo la molestabas por diversión.
Dimitris clavó una mirada asesina sobre Eros, una mirada tan cargada de advertencia salvaje que el chico se tragó sus palabras de inmediato.
—Cállate la boca, Eros, si no quieres que te saque de esta sala a golpes —amenazó Dimitris, respirando de forma agitada. Su máscara de frialdad y aristocracia se estaba desmoronando por completo. Ya no le importaba verse débil, ya no le importaba el apellido; la sola idea de ver a Alessa aceptando a otro hombre en público le estaba arrancando la cordura.
Thanos suspiró y caminó hacia él, poniéndole una mano firme en el hombro.
—Mañana va a ser el día, Dimitris —le murmuró su mejor amigo al oído—. O dejas que tu maldito orgullo gane y la pierdes para siempre, o dejas salir al hombre que está loco por ella y te enfrentas a las consecuencias. El reloj está corriendo.
Dimitris se soltó del agarre de Thanos y salió de la sala privado de estudios azotando la puerta. Caminó por los pasillos con el corazón latiéndole como una bomba de tiempo en el pecho. Mañana a la salida de la universidad, el gran Dimitris Angelopoulos tendría que tomar la decisión más importante de su vida: mantener su estatus intocable en el Olimpo o quemarlo todo por la hija del dueño de la pizzería italiana.