El reloj de la torre principal marcó las cuatro de la tarde, anunciando la hora de la salida. El patio central de la facultad de derecho se llenó en cuestión de minutos. Cientos de estudiantes caminaban, charlaban y se amontonaban cerca de la gran fuente de mármol. Sin embargo, el ambiente normal de un día de clases fue interrumpido cuando Lukas Weber apareció en medio del patio, sosteniendo un espectacular y enorme ramo de rosas rojas perfectas.
Los murmullos se extendieron como la pólvora.
—¡Es verdad! ¡El alemán se le va a declarar a la pizzera! —susurró una chica de primer año entre la multitud.
Chloe y Mia se colocaron en una posición estratégica cerca de las escaleras, intercambiando miradas de pura adrenalina. A unos metros de ellas, Alessa caminaba despacio, fingiendo sorpresa cuando Lukas avanzó hacia ella con paso firme, pulcro y una sonrisa caballerosa. La multitud comenzó a abrirse, formando un círculo alrededor de ellos.
—Alessa —dijo Lukas en voz alta, arrodillándose sobre una rodilla con una elegancia impecable y extendiendo el hermoso ramo hacia ella—. Desde que llegué de intercambio a este país, has sido la luz de mis días. Tu inteligencia y tu belleza me cautivaron desde el primer segundo. Frente a toda la universidad, quiero preguntarte... ¿aceptarías ser mi novia?
Un coro de "¡Oooooh!" emocionado recorrió a la multitud. Alessa miró el ramo, conteniendo la respiración, no por Lukas, sino porque sabía que el verdadero objetivo estaba a punto de estallar.
Y la bomba no tardó en explotar.
—¡Apártate de ella ahora mismo, Weber! —un rugido ronco, violento y cargada de una furia salvaje cortó el aire del patio.
La multitud se giró en seco, abriéndose paso despavorida. Dimitris Angelopoulos avanzaba como un torbellino de destrucción. Su rostro, usualmente perfecto y controlado, estaba desencajado por unos celos primitivos y posesivos brutales. Sus ojos oscuros inyectados en sangre fijos únicamente en Alessa. Tenía la camisa desabrochada, el cabello desordenado y una energía tan peligrosa que parecía un verdadero dios de la guerra listo para reducir todo a cenizas. Su preciado orgullo aristocrático, la presión de su poderosa familia y el miedo al qué dirán se habían evaporado en el aire en el segundo en que vio al alemán de rodillas frente a su obsesión.
Dimitris llegó hasta el centro del círculo, tomó a Lukas del cuello del suéter con una fuerza brutal y lo obligó a ponerse de pie de un tirón, tirando el ramo de rosas al suelo.
—Te advertí en la biblioteca que no la tocaras —siseó Dimitris directamente en la cara de Lukas, con los puños temblando de pura rabia—. ¡Ella no es para ti! ¡Alessa es mía, maldita sea! ¡Mía!
—¡Dimitris, suéltalo! —gritó Alessa, interviniendo de inmediato y empujando el imponente pecho del griego con todas sus fuerzas—. ¡Estás demente! ¡No tienes ningún derecho sobre mí!
Dimitris soltó a Lukas, quien dio un paso atrás manteniendo una calma asombrosa y una sutil sonrisa de victoria que el griego, cegado por la furia, no alcanzó a notar. Dimitris clavó sus ojos oscuros en Alessa, respirando de forma agitada, con el pecho subiendo y bajando violentamente. Toda la universidad los miraba en un silencio sepulcral; el heredero de la dinastía más rica de Grecia acababa de hacer el mayor oso de su vida por la hija de un pizzero.
—¡¿Que no tengo derecho?! —estalló Dimitris, tomándola suavemente pero con firmeza de la muñeca—. ¡Vamos a hablar de esto ahora mismo, Moretti!
Antes de que Alessa pudiera protestar, Dimitris la arrastró con paso firme hacia el pasillo lateral, abriendo de un golpe la puerta del primer salón de clases vacío que encontró y metiéndola allí. Azotó la puerta detrás de sí y le echó el seguro, encerrándolos a los dos en un espacio reducido donde la tensión acumulada durante meses estaba a punto de romper el termómetro.
—¡¿Qué te pasa, estúpido prepotente?! —le gritó Alessa, zafándose de su agarre y plantándose frente a él con puro orgullo italiano—. ¡Hiciste un espectáculo ridículo afuera! ¡Casi golpeas a Lukas! ¡¿Quién te crees que eres?!
Dimitris apoyó ambas manos en los hombros de Alessa, acorralándola contra la pizarra del salón. Su cercanía era abrumadora, su costoso perfume inundó el aire y la calidez salvaje que emanaba de su cuerpo atlético hizo que a Alessa se le cortara la respiración. Pero esta vez, el dios griego no tenía una sonrisa burlona. Tenía los ojos empañados en una desesperación profunda.
—¡Soy el hombre que se está volviendo loco por ti, Alessa! —confesó Dimitris con la voz rota, gritando desde lo más profundo de su pecho—. ¡Estoy completamente obsesionado contigo! ¡No puedo dormir, no puedo respirar, no puedo concentrarme en mis negocios ni en mi familia porque cada maldito segundo mi mente está llena de ti!
Alessa se quedó congelada, con el corazón golpeándole las costillas a mil por hora. Había llegado el momento.
—¿Ah, sí? —lo desafió ella, sosteniéndole la mirada con firmeza—. ¿Y por eso me humillas? ¿Por eso vas a la pizzería de mi papá a restregarme tu estatus? ¿Por eso me tratas como si fuera basura en público mientras me vigilas en secreto? Eres un cobarde, Dimitris. Tienes miedo de que tu perfecta familia millonaria vea que te rebajaste con una "pizzera".
—¡Sí, tengo miedo! —admitió él, acercando su rostro al de ella tanto que sus respiraciones se mezclaban por completo—. Tengo la soga de mi apellido en el cuello, la presión de mi padre todos los días... pero ver que ese alemán iba a tenerte, ver que ibas a ser de alguien más... me rompió por completo. Me importa un demonio mi familia, me importa un demonio el dinero y lo que piensen afuera. Te amo, Alessa. Te amo tanto que me da pánico lo mucho que me controlas sin mover un dedo.
El silencio que siguió fue electrizante. Las cartas estaban sobre la mesa. El dios griego prepotente e inalcanzable acababa de caer de rodillas, desnudando su alma ante la chica humilde que siempre juró despreciar.