Entre Harina y Orgullo

Capítulo 12: La Verdad y el Olimpo Caído

El silencio dentro del salón vacío era tan denso que casi se podía escuchar el eco de las respiraciones aceleradas de ambos. Dimitris mantenía sus manos apoyadas contra la pizarra, acorralando a Alessa, con los ojos oscuros fijos en ella, empañados en una mezcla de súplica, desesperación y un amor salvaje que ya no podía contener.

Alessa lo miró fijamente. El corazón le latía con una fuerza descomunal contra las costillas. El dios griego prepotente, el hombre más guapo e inalcanzable de la facultad, acababa de desnudarse emocionalmente frente a ella, admitiendo que prefería quemar su propio imperio antes que perderla. Su orgullo italiano se sintió victorioso, pero la intensidad de la mirada de Dimitris despertó algo en su propio pecho que ya no podía negar. El condenado la volvía loca.

—Así que... te importo más que tu precioso apellido Angelopoulos —murmuró Alessa, con la voz un poco más suave, aunque manteniendo su postura firme—. Te importo más que la opinión de tus amigos millonarios.

—Mucho más, Alessa —confesó Dimitris con la voz ronca, acortando los últimos milímetros que los separaban—. Pensar que ibas a aceptar a ese rubio... que ibas a ser su novia... casi me arranca la cordura. No me dejes fuera de tu vida, te lo ruego.

Alessa no pudo evitar que una pequeña sonrisa de suficiencia se dibujara en sus labios. Se cruzó de brazos, disfrutando por un segundo más del colapso del imponente griego.

—Bueno... creo que hay algo que deberías saber antes de que decidas golpear a Lukas o mandarle a cancelar la visa con tus influencias —soltó Alessa con un deje de diversión en los ojos.

Dimitris frunció el ceño, confundido por su cambio de actitud.

—¿De qué hablas?

—Lukas es gay, Dimitris —reveló ella limpiamente.

Dimitris se quedó completamente petrificado. Sus manos resbalaron un poco por la pizarra y sus ojos oscuros se abrieron de par en par, procesando las palabras de la chica.

—¿Qué...? ¿Él... qué? —tartamudeó, perdiendo por completo su habitual elocuencia aristocrática.

—Lo que escuchaste. Lukas es gay —repitió Alessa, soltando una carcajada suave ante la cara de estupefacción del griego—. Es mi amigo y se prestó para toda la escena del ramo de rosas en el patio central porque mis amigas y yo sabíamos perfectamente que estabas obsesionado conmigo y queríamos darte una lección. Chloe lo descubrió a través de Thanos, y Lukas pensó que sería divertido ayudarte a romper ese caparazón de orgullo idiota que tienes. Toda la declaración pública fue una trampa, Angelopoulos. Caíste redondito.

Dimitris parpadeó una, dos veces. Miró hacia la puerta del salón y luego regresó sus ojos hacia Alessa. La humillación inicial de haber sido engañado fue aplastada de inmediato por un alivio tan gigantesco que sintió que le devolvían la vida. El alemán no era una amenaza. Alessa no estaba enamorada de nadie más. Ella había planeado todo esto... solo para hacerlo confesar.

Una sonrisa lenta, peligrosa y endemoniadamente atractiva volvió a dibujarse en los labios de Dimitris.

—Así que... la pizzerita me armó una jugada de ajedrez digna de la mejor estudiante de derecho —murmuró él, con una voz baja y cargada de una repentina y oscura sensualidad—. Me hiciste hacer el ridículo frente a quinientos estudiantes solo para obligarme a decir que te amo.

—Te lo merecías por insoportable, prepotente y... —Alessa no pudo terminar la frase.

Dimitris no la dejó hablar más. Acortó la distancia y la tomó del rostro con ambas manos, uniendo sus labios en un beso hambriento, salvaje y cargado de toda la frustración y la pasión que habían acumulado durante meses de enfrentamientos en los pasillos y visitas tensas a la pizzería. Alessa soltó un pequeño gemido de sorpresa, pero de inmediato enredó sus manos en el cabello desordenado del griego, respondiéndole con la misma intensidad.

El beso fue un torbellino de harinas y lujos mezclados, un choque eléctrico donde el orgullo de ambos se derritió por completo. Dimitris la pegó más a su cuerpo atlético, devorándola con una posesividad que esta vez ella no rechazó, sintiendo la calidez y el poder de ese hombre divino que ahora le pertenecía por completo.

Cuando finalmente se separaron por falta de aire, Dimitris apoyó su frente contra la de ella, respirando agitadamente, con una sonrisa de pura felicidad que Alessa nunca antes le había visto.

—Eres una maldita bruja italiana, Moretti —susurró él contra sus labios—. Me tienes a tus pies.

—Más te vale que lo recuerdes, Angelopoulos —respondió ella, con los ojos brillantes—. Porque si crees que esto va a ser fácil, no tienes idea de lo que te espera con mi papá... y con tu propia familia.

Dimitris la abrazó por la cintura, mirando hacia la ventana del salón. El escándalo afuera continuaba, pero dentro de esas cuatro paredes, el dios del Olimpo universitario había encontrado a su única y verdadera reina. Sin embargo, tal como Alessa lo había advertido, el verdadero reto estaba por comenzar: enfrentar el apellido de la dinastía griega más poderosa del país.




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