Entre Harina y Orgullo

Capítulo 13: El Murmullo del Campus

Dimitris tardó unos minutos en soltar a Alessa. Le acomodó con una ternura infinita un mechón de cabello castaño detrás de la oreja, mirándola como si todavía no pudiera creer que la chica que tanto había vuelto loco a su retorcido cerebro finalmente estuviera entre sus brazos.

—¿Lista para el caos, Moretti? —le preguntó Dimitris, con esa voz ronca que ahora le sonaba tan íntima, mientras le extendía la mano.

—Nací lista, Angelopoulos —respondió Alessa con una sonrisa decidida, entrelazando sus dedos con los de él.

Dimitris quitó el seguro y abrió la puerta del salón de par en par.

Al salir al pasillo principal, el efecto fue inmediato. Varios estudiantes que caminaban por ahí se detuvieron en seco, con las bocas abiertas y los teléfonos a medio levantar. El gran Dimitris Angelopoulos, el heredero inalcanzable de la dinastía naviera más poderosa de Grecia, caminaba con paso firme, pero esta vez no desprendía esa furia destructiva de hace unos minutos. Su rostro lucía extrañamente relajado, altivo como siempre, pero con una mano aferrada con fuerza y posesividad a la de Alessa Moretti, la hija de la pizzería local.

Cuando llegaron al patio central, el murmullo se convirtió en un silencio sepulcral colectivo. Quinientos estudiantes se les quedaron mirando.

Cerca de la fuente, Lukas Weber estaba recogiendo las rosas del suelo con total tranquilidad, charlando muy animado con un par de chicos del equipo de fútbol. Al ver salir a la pareja tomados de la mano, el alemán les dedicó una sonrisa brillante y un discreto saludo militar con los dedos, confirmando que su misión como "el anzuelo perfecto" había sido un éxito absoluto.

—¡No puede ser! —exclamó Mia desde las escaleras, codeando a Chloe con una emoción salvaje—. ¡El plan funcionó a la perfección! Míralos, parecen una pareja de revista de modas, el contraste es brutal.

Chloe sonrió complacida, pero su sonrisa se borró un poco cuando vio a Thanos y a Eros acercarse a Dimitris desde el otro extremo del patio. Los amigos millonarios del griego tenían los rostros desencajados. Eros miraba las manos entrelazadas de Alessa y Dimitris como si estuviera viendo un fantasma.

—Dimitris... ¿qué demonios significa esto? —soltó Eros, completamente estupefacto—. ¿Te volviste loco? Toda la universidad te vio arrastrarla al salón y ahora sales... ¿así? ¿Qué va a decir tu padre si las fotos de esto llegan a Atenas mañana por la mañana?

Dimitris se detuvo, plantándose frente a su círculo con toda su imponente altura. Clavó sus ojos oscuros en Eros con una frialdad implacable y apretó el agarre de la mano de Alessa, pegándola sutilmente a su cuerpo atlético.

—A partir de hoy, cuida muy bien cómo te refieres a Alessa, Eros —sentenció Dimitris con una voz baja que no aceptaba réplicas—. Lo que mi padre diga o deje de decir es mi problema, no el tuyo. Y si a alguien en esta facultad le molesta verla conmigo, puede ir directamente a quejarse conmigo. Ya saben de lo que soy capaz cuando se meten con lo que es mío.

Thanos, detrás de Eros, no pudo contener una sonrisa de puro orgullo hermano. Le dio una palmada fuerte en el hombro a Dimitris.

—Ya era hora de que amarraras esos pantalones, aristócrata —le murmuró Thanos con diversión—. Felicidades, Moretti. Te llevas al animal más difícil de domar del Olimpo.

—Créeme, Thanos, sé cómo manejarlo —respondió Alessa con una mirada pícara hacia Dimitris, haciéndolo sonreír de esa forma descarada que a ella tanto le gustaba.

Sin embargo, a pesar de la victoria en el campus, Alessa sintió un vuelco en el estómago cuando miró la hora en su teléfono. Eran casi las cinco de la tarde. El restaurante familiar ya debía estar lleno de clientes y su padre la estaría esperando para el turno de la noche.

—Dimitris... tengo que irme —le dijo Alessa, soltando un poco el agarre—. Mi papá me necesita en la pizzería. Además, tenemos que hablar con él. No quiero ocultarle esto, pero tampoco sé cómo va a reaccionar cuando vea al chico prepotente que lo insultó en su propia mesa entrando de tu mano.

Dimitris le tomó el mentón con suavidad, obligándola a mirarlo.

—Nos vamos juntos en mi auto, Alessa. Te dije que no me voy a ocultar de nada ni de nadie. Si tengo que pedirle disculpas a Don Moretti de rodillas por mi arrogancia pasada, lo haré. Un Angelopoulos no le huye a las consecuencias de sus actos.

El motor del auto deportivo negro rugió con fuerza en el estacionamiento de la universidad, atrayendo las últimas miradas envidiosas de la tarde. El viaje hacia el modesto barrio de Alessa fue silencioso pero cargado de una expectativa eléctrica. Sabían que el campus había sido la batalla fácil; el verdadero reto empezaba ahora, cruzando las puertas de madera de la pizzería familiar, donde el orgullo de un padre trabajador los esperaba.




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