Entre Harina y Orgullo

Capítulo 14: La Pizzería y el Peso de la Verdad

El rugido del motor deportivo negro se apagó justo enfrente de «Don Moretti». Alessa miró el parpadeante letrero de neón y luego a Dimitris. El dios griego se estaba acomodando el cuello de la camisa blanca, y por primera vez desde que lo conocía, Alessa notó un ligero brillo de nerviosismo en sus ojos oscuros.

—¿El gran Dimitris Angelopoulos tiene miedo de un pizzero italiano? —lo provocó ella con una sonrisa pícara, intentando relajar el ambiente.

Dimitris soltó una risa suave, mirándola con intensidad. —No le tengo miedo a nada, Moretti. Pero sé cuándo he sido un imbécil arrogante, y tu padre tiene todo el derecho de sacarme a patadas de su local. Solo... quédate cerca de mí, ¿de acuerdo?

Se bajaron del auto. Dimitris no dudó en entrelazar sus dedos con los de ella antes de empujar la puerta de madera. La campanilla de la entrada tintineó, anunciando su llegada. El restaurante estaba a media capacidad, lleno del aroma a albahaca, salsa secreta y masa horneada.

Desde el fondo de la barra, una voz gruesa y potente cortó el aire. —¡Alessa, qué bueno que llegas, fratellina! El turno de la noche va a estar pesado y necesito que...

Don Moretti se interrumpió en seco al salir de la cocina con una bandeja en las manos. Sus ojos se fijaron de inmediato en las manos unidas de su hija y del chico alto y fornido que la acompañaba. El rostro del padre de Alessa cambió por completo; reconoció al instante al muchacho prepotente que se había burlado de su menú y de su negocio unas tardes atrás.

Don Moretti dejó la bandeja en la barra con un golpe seco que hizo eco en el local. Se limpió las manos en su delantal blanco con parsimonia, caminó hacia ellos con paso pesado y se plantó frente a Dimitris. Aunque el griego le sacaba media cabeza de altura, el padre de Alessa emanaba una autoridad y una dignidad que no se compraban con millones.

—Tú —dijo Don Moretti, con la voz profunda y entornando los ojos—. El niño rico del auto caro. ¿Qué haces agarrando la mano de mi hija en mi propio negocio? Alessa, explícame esto ahora mismo.

—Papá, por favor, escucha... —empezó Alessa, dando un paso al frente, pero Dimitris la detuvo suavemente poniéndose un poco delante de ella.

—No, Alessa. Yo hablo —intervino Dimitris. El griego respiró hondo, miró fijamente a Don Moretti y, rompiendo con toda la altanería que su apellido le había enseñado desde la cuna, bajó la cabeza en una señal inequívoca de respeto—. Señor Moretti, vine a pedirle una disculpa sincera. La última vez que estuve aquí me comporté como un idiota arrogante y maleducado. Insulté su trabajo y su local, y no tengo excusa para eso. Lo siento de verdad.

Don Moretti se cruzó de brazos, visiblemente sorprendido por el cambio de actitud del muchacho, pero no cedió tan fácil. —Las disculpas se aceptan, muchacho. Pero eso no explica qué haces aquí con mi hija.

—Estoy aquí porque estoy enamorado de ella, señor —confesó Dimitris con voz firme, sosteniéndole la mirada con total honestidad—. Sé que no soy el tipo de hombre que usted desearía para Alessa por mi trasfondo y por cómo empecé las cosas, pero la amo. Y no tengo intenciones de ocultarlo ni de jugar con ella. Vengo a darle la cara porque la respeto a ella y lo respeto a usted.

Alessa sintió que el corazón se le derretía al escuchar a Dimitris hablar así frente a su padre. Don Moretti se quedó en silencio durante unos segundos eternos, analizando cada facción del rostro del griego, buscando cualquier rastro de mentira o burla. Al no encontrarlo, su expresión se suavizó un poco, aunque mantuvo la mirada severa.

—Mi hija ha trabajado duro por todo lo que tiene, joven —sentenció Don Moretti, señalando a Alessa—. Mientras tú gastas el dinero de tus padres, ella se quema las manos en estos hornos para pagar sus libros de derecho. No voy a permitir que un niño caprichoso venga a romperle el corazón o a distraerla de su futuro.

—No lo haré, señor. Se lo juro por mi vida —aseguró Dimitris con una seriedad absoluta.

Don Moretti soltó un largo suspiro, miró las manos de los dos y finalmente señaló una de las mesas del rincón, alejada de los clientes. —Bien. Van a sentarse en esa mesa. Alessa, ve a buscar dos vasos de agua. Tú, muchacho... te vas a quedar ahí y me vas a explicar exactamente quién eres y cómo piensas proteger a mi hija, porque sé perfectamente que la gente de tu clase social no ve con buenos ojos a los trabajadores como nosotros. Y no quiero sorpresas.

Dimitris asintió, agradecido por la oportunidad, y caminó hacia la mesa junto a Alessa. La primera gran prueba familiar estaba en marcha, pero mientras Dimitris intentaba ganarse el respeto de un padre italiano, su teléfono celular comenzó a vibrar insistentemente dentro del bolsillo de su chaqueta de diseñador.

El identificador de llamadas mostraba un código internacional de Grecia. Su padre estaba llamando, y por la insistencia, era obvio que las fotos del escándalo en el patio central ya habían cruzado el océano.




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