Dimitris miró la pantalla de su teléfono. La vibración continua parecía sincronizarse con los latidos tensos de su propio corazón. El código internacional de Grecia parpadeaba en la pantalla, una señal inequívoca de que la tormenta familiar había cruzado el océano Atlántico en tiempo récord.
—Debo contestar esto, Alessa —murmuró Dimitris, con la mandíbula rígida y la voz perdiendo toda la calidez de hace unos instantes.
—Ve. Te espero aquí —respondió ella, dándole un apretón reconfortante en la mano.
Dimitris se levantó de la mesa de la pizzería y salió al callejón lateral del restaurante, donde el aire de la noche golpeaba su rostro. Deslizó el dedo por la pantalla y se pegó el teléfono al oído. No alcanzó a decir "hola" cuando la voz gélida y cortante de su padre, el gran patriarca Angelopoulos, inundó la línea.
—¿Te volviste completamente demente, Dimitris? —el tono de su padre no era de enojo gritado, sino de una furia contenida y aristocrática que helaba la sangre—. Me acaban de llegar unas fotografías tuyas en el patio de la universidad. Armaste un espectáculo digno de un cavernícola, agrediste a un estudiante de intercambio europeo y, para colmo, sales de la mano de la hija de un cocinero de pizzería frente a todo el campus. ¿Esa es la educación que te di? ¿Ese es el respeto que le tienes a nuestro apellido?
Dimitris cerró los ojos, apoyando una mano contra la pared de ladrillos del callejón. Sintió la soga familiar apretándole el cuello, justo como siempre, pero esta vez, el recuerdo del sabor de los labios de Alessa y la valentía que ella le había contagiado le dieron un suelo firme donde pararse.
—No fue un espectáculo, padre. Fue la verdad —respondió Dimitris, manteniendo la voz lo más firme y varonil posible—. Estoy cansado de vivir bajo tus malditos estándares de perfección. Alessa es una chica brillante, es la mejor de la facultad de derecho y me importa un demonio si no tiene un título de nobleza o millones en el banco. La amo.
Una risa seca y despectiva se escuchó al otro lado de la línea.
—El amor es una fantasía para los débiles, Dimitris. Eres el heredero de la mayor flota naviera de Grecia. Tu futuro matrimonio es una alianza comercial, no un capricho adolescente. Escúchame bien: te doy veinticuatro horas para que termines con esa ridiculez, le pidas una disculpa pública al decanato por el altercado y te concentres en tus obligaciones. Si mañana veo una sola foto más tuya con esa muerta de hambre, te corto los fondos de inmediato, cancelo tus cuentas y te regreso a Atenas en el primer vuelo privado para ponerte a trabajar bajo mi supervisión directa. Quedas advertido.
La línea se cortó con un pitido sordo. Dimitris se quedó mirando el teléfono, con la respiración agitada y una furia ciega recorriéndole las venas. Su padre no estaba bromeando; tenía el poder absoluto de quitarle todo su estilo de vida, sus autos, sus lujos y su futuro profesional en un abrir y cerrar de ojos si no obedecía.
Cuando regresó al interior de la pizzería, Alessa lo supo con solo mirarle el rostro. El dios griego lucía pálido, con los ojos oscuros apagados y los hombros tensos. Se sentó frente a ella en la mesa del rincón.
—¿Qué pasó, Dimitris? —preguntó Alessa con suavidad, estirando la mano para cubrir la de él.
—Mi padre lo sabe todo, Alessa —confesó él, con la voz rota por la frustración, mirándola fijamente—. Me dio un ultimátum. Si no te dejo mañana mismo, me va a quitar absolutamente todo. Los fondos, el auto, mi futuro en el bufete... quiere obligarme a regresar a Grecia y dejar la universidad aquí. Tiene el poder para hacerlo.
Alessa sintió un frío recorrerle la espalda. Sabía que la familia de Dimitris era poderosa, pero ver el miedo real en los ojos de un hombre tan imponente la hizo dimensionar el monstruo al que se enfrentaban. Sin embargo, en lugar de asustarse o proponerle que se rindieran, Alessa apretó su mano con más fuerza, y sus ojos castaños brillaron con ese orgullo italiano y esa determinación que a él tanto lo volvían loco.
—Escúchame bien, Dimitris Angelopoulos —le dijo Alessa, inclinándose hacia adelante, obligándolo a sostenerle la mirada—. Si ese viejo amargado cree que puede comprar tu felicidad con sus malditas cuentas de banco, está muy equivocado. Eres un hombre inteligente, eres un excelente estudiante cuando te lo propones y no necesitas el dinero de tu papá para ser alguien en esta vida. Si te quita los fondos, que lo haga. Aquí tienes un techo, tienes comida y me tienes a mí. Vamos a demostrarle a tu familia que un Angelopoulos de verdad no se rinde por un par de billetes. ¿Estás listo para pelear por nosotros?
Dimitris la miró, y por primera vez en su vida, sintió que el peso de su apellido dejaba de asfixiarlo. La propuesta de Alessa era una locura para alguien que había nacido en una cuna de oro, pero ver la lealtad incondicional de la chica de la pizzería le devolvió toda la fuerza y la arrogancia protectora que llevaba dentro. Una sonrisa lenta y decidida volvió a dibujarse en sus labios.
—Estoy más que listo, mi hermosa pizzerita —susurró Dimitris, besándole el dorso de la mano—. Que venga la tormenta. Vamos a quemar el Olimpo juntos.