A las ocho en punto de la mañana, el campus de la facultad de derecho ya estaba al tanto del drama del día anterior, pero nadie estaba preparado para el espectáculo de esa mañana.
Dimitris Angelopoulos no llegó en su deslumbrante auto deportivo negro de alta gama. Llegó a pie, bajándose de un autobús de servicio público en la entrada principal. Vestía unos jeans sencillos y una camiseta oscura que, aunque seguía marcando a la perfección sus hombros anchos y su porte imponente, no llevaba ninguna etiqueta de diseñador visible. Su padre había cumplido la amenaza: sus cuentas internacionales estaban congeladas y las llaves de su auto de lujo habían sido confiscadas por los abogados de la familia esa misma madrugada.
Los murmullos en los pasillos no se hicieron esperar. Los estudiantes de la alta sociedad lo miraban con una mezcla de lástima y asombro, mientras que sus antiguos amigos se mantenían a una distancia prudente, como si la falta de dinero fuera una enfermedad contagiosa. Eros pasó por su lado agachando la cabeza, fingiendo revisar su teléfono para no tener que saludarlo.
A Dimitris no le importó. Caminó por el pasillo principal con la misma barbilla en alto y esa arrogancia natural que ningún banco le podía quitar. Al llegar al pie de las escaleras, Alessa lo estaba esperando junto a Chloe y Mia. Al verlo llegar en esas condiciones, a Alessa se le iluminaron los ojos castaños con un orgullo profundo.
—Te ves jodidamente bien como un mortal común, Angelopoulos —lo saludó Alessa con una sonrisa brillante, dando un paso al frente.
Dimitris no dudó un segundo. Frente a todas las miradas curiosas del pasillo, la tomó por la cintura, la apegó a su cuerpo atlético y le plantó un beso corto pero cargado de posesividad y ternura en los labios.
—Tengo los bolsillos vacíos, Moretti, pero nunca me he sentido tan dueño de mi propia vida —susurró él contra sus labios, haciéndola sonreír—. Mi padre cree que me rompió las piernas, pero solo me quitó las cadenas.
Thanos apareció entre la multitud, rompiendo el círculo de curiosos. A diferencia de Eros, el mejor amigo de Dimitris llevaba una sonrisa gigantesca en el rostro y dos vasos de café económico de la cafetería central en las manos. Le tendió uno a Dimitris con un fuerte golpe en el hombro.
—Bienvenido al club de los trabajadores, hermano —se burló Thanos, guiñándole un ojo a Alessa—. Admito que te ves más humano sin ese auto que hacía temblar las ventanas del decanato.
—Gracias por el café, Thanos. Creo que es lo único que voy a desayunar hoy —respondió Dimitris con una risa honesta, adaptándose rápido a su nueva realidad.
—De eso nada —intervino Alessa, entrelazando sus dedos con los de él—. El turno del almuerzo en la pizzería de mi papá empieza a las doce, y como ahora eres un estudiante sin presupuesto, te conseguí un trabajo de medio tiempo. Don Moretti dice que necesitas pagar tu derecho a piso si quieres seguir saliendo con su hija. Así que prepárate, Angelopoulos, porque hoy vas a aprender a amasar.
Dimitris la miró fijamente, y esa chispa de intensidad y devoción volvió a encenderse en sus ojos oscuros. El heredero del Olimpo griego estaba a punto de cambiar los códigos civiles y las acciones navieras por un delantal blanco y el olor a salsa de tomate italiana. La guerra contra su familia apenas estaba comenzando, pero con Alessa a su lado, Dimitris sentía que podía gobernar el mundo entero con las manos cubiertas de harina.