Entre Harina y Orgullo

Capítulo 17: Harina y Posesión

A las doce en punto del mediodía, el calor dentro de la cocina de «Don Moretti» era sofocante. El gran horno de piedra trabajaba a su máxima capacidad, inundando el lugar con el aroma tostado de la masa. Dimitris Angelopoulos estaba de pie frente a la barra de madera, vistiendo unos jeans viejos, una camiseta gris básica y un delantal blanco amarrado a la cintura.

Para Alessa, la imagen era un completo deleite visual. El delantal acentuaba la anchura de sus hombros y sus brazos atléticos, los cuales ahora estaban cubiertos por una fina capa de harina mientras intentaba, por quinta vez consecutiva, estirar una bola de masa sin romperla.

—¡No, no, no! ¡Muchacho, le estás dando como si fuera un saco de boxeo! —exclamó Don Moretti desde el otro lado de la cocina, quitándole el rodillo de las manos con un gesto desesperado—. La masa es como una mujer, se trata con firmeza pero con delicadeza. Si la aprietas demasiado, se rompe. Mira y aprende.

Dimitris exhaló un bufido frustrado, pasándose el antebrazo por la frente, dejando un rastro de harina blanca cerca de su ceja. El heredero de las navieras, acostumbrado a firmar contratos multimillonarios con un solo movimiento de muñeca, estaba siendo sermoneado por la técnica de una pizza de pepperoni.

—Es más difícil de lo que parece, señor Moretti —admitió Dimitris con voz ronca, pero manteniendo una sonrisa respetuosa.

—Nadie dijo que ganarse la vida fuera fácil, muchacho —respondió el padre de Alessa, aunque sus ojos reflejaban una sutil aprobación. El viejo italiano respetaba el hecho de que el aristócrata no se hubiera quejado ni una sola vez en toda la mañana.

Alessa entró a la cocina cargando una bandeja con platos sucios. Al pasar junto a Dimitris, le dedicó una mirada pícara y le limpió con el dedo la mancha de harina del rostro.

—¿Cómo va el nuevo empleado, papá? —preguntó ella con diversión.

—Tiene fuerza, pero le falta ritmo —sentenció Don Moretti, regresando al horno—. Alessa, ve a atender la mesa cuatro, acaban de llegar tres muchachos de la facultad de ingeniería.

Al escuchar eso, Dimitris se puso rígido de inmediato. Dejó la masa sobre la mesa y se giró para mirar a través de la pequeña ventana que conectaba la cocina con el salón del restaurante. Tres chicos jóvenes, corpulentos y uniformados con las chaquetas de la universidad, se habían sentado en la mesa central. En cuanto Alessa se acercó con la libreta de notas en la mano y su habitual sonrisa amable, los tres ingenieros se enderezaron en sus asientos, devorándola con la mirada.

—Buenas tardes, chicos. ¿Qué les puedo ofrecer hoy? —preguntó Alessa de forma profesional.

—Hola, linda. Pues la verdad, el menú se ve muy bien, pero nos interesa más saber a qué hora sales de trabajar —soltó uno de los chicos con una sonrisa descarada, ganándose las risitas de sus amigos—. Unos amigos y yo vamos a una fiesta esta noche y nos encantaría que vinieras con nosotros.

Dentro de la cocina, el cerebro de Dimitris experimentó el mismo cortocircuito visual de celos posesivos de siempre. Sus ojos oscuros se encendieron en una furia viva. Olvidando por completo que ya no tenía el estatus de millonario intocable en esa pizzería, se quitó el delantal de un tirón y lo arrojó sobre la barra.

—Dimitris, ¿qué haces? —le siseó Alessa de lejos, al ver cómo la puerta de la cocina se abría de golpe.

Dimitris avanzó por el salón del restaurante con su habitual caminar imponente y pesado, despidiendo una energía tan peligrosa que los clientes de las mesas de al lado se encogieron en sus asientos. Se plantó justo detrás de Alessa, asumiendo toda su imponente altura y cruzándose de brazos, enterrando a los tres ingenieros bajo una mirada gélida que prometía violencia pura.

—Ella no va a ir a ninguna fiesta con ustedes —soltó Dimitris con una voz ronca, profunda y tan cargada de posesividad absoluta que el ambiente del local se congeló en un segundo—. Tomen su orden de comida, paguen la cuenta y no le vuelvan a dirigir la palabra a mi mujer si quieren salir de este barrio caminando.

El chico de la ingeniería parpadeó, intimidado por el descomunal tamaño del griego y la seriedad de su amenaza. Los tres tragaron saliva al mismo tiempo, perdiendo toda la valentía de golpe.

—Solo... solo queríamos una pizza grande de jamón y tres refrescos —tartamudeó el que había hecho el comentario, bajando la mirada hacia el menú.

—Perfecto. En diez minutos está lista —sentenció Dimitris con severidad.

Tomó a Alessa suavemente de la cintura, pegándola a su cuerpo atlético de una forma tan obvia y protectora que no dejó espacio a ninguna duda, y la guio de regreso hacia la cocina antes de que ella pudiera reclamarle por el escándalo. El juego en la pizzería apenas comenzaba, y aunque Dimitris ya no tuviera dinero, sus celos impulsivos seguían siendo la fuerza más peligrosa de toda la ciudad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.