Entre Harina y Orgullo

Capítulo 18: Visitas del Pasado

El reloj de pared de la pizzería marcaba las nueve de la noche. El flujo de clientes había disminuido y el ambiente se sentía un poco más tranquilo. Dimitris terminaba de limpiar la barra de madera con un paño, con los músculos de los hombros adoloridos por el esfuerzo físico de la jornada, pero con una extraña sensación de satisfacción en el pecho. Don Moretti lo observaba desde la cocina con los brazos cruzados, asintiendo levemente en señal de respeto; el griego había aguantado el tipo como un verdadero hombre trabajador.

Alessa estaba junto a la caja registradora organizando las facturas del día cuando la campanilla de la entrada tintineó con fuerza.

El aroma a salsa de tomate y leña fue disipado de golpe por una ráfaga de un perfume importado, empalagoso y sumamente costoso. Por la puerta de madera no entró un vecino del barrio, sino una figura que desentonaba por completo con la calidez humilde del local.

Era Chloe. Pero no venía sola. Detrás de ella, con una expresión de profunda incomodidad y vistiendo un traje de sastre impecable que gritaba dinero, venía Eros.

Dimitris dejó el paño sobre la barra de inmediato, tensando el cuerpo y entornando los ojos oscuros. Alessa se enderezó, mirando a su amiga con confusión.

—¿Chloe? ¿Eros? —preguntó Alessa, saliendo de detrás de la barra—. ¿Qué hacen aquí a esta hora?

—Lamento caerles de sorpresa, chicos —dijo Chloe, caminando con decisión hacia una de las mesas, mientras Eros se quedaba cerca de la entrada, mirando las sillas de madera como si temiera ensuciarse—. Pero esto es urgente. Thanos se quedó retenido en una cena con sus padres y me pidió que viniera a advertirle a Dimitris.

Dimitris se quitó el delantal blanco, revelando su imponente torso bajo la camiseta gris, y caminó hacia ellos con paso pesado. La energía protectora y posesiva que lo caracterizaba se encendió en su mirada.

—Habla de una vez, Eros. ¿Qué está haciendo mi padre? —exigió Dimitris con su habitual voz ronca y profunda.

Eros suspiró, pasándose una mano por el cabello perfectamente peinado, y miró a su antiguo amigo con una mezcla de lástima y seriedad.

—Tu padre no está jugando, Dimitris. Esta tarde se reunió en Atenas con los abogados principales de la naviera y con el decano de nuestra universidad a través de una videollamada —reveló Eros, cruzándose de brazos—. No solo congeló tus cuentas. El viejo Angelopoulos está moviendo sus influencias legales para retirar el patrocinio económico que la empresa le da a la facultad de derecho. Le dio un ultimátum al decanato: o te suspenden la matrícula a ti por "conducta inapropiada" tras el altercado con el alemán, o retira los millones de los fondos de investigación.

Alessa ahogó un grito de indignación, apretando los puños.

—¡Eso es ilegal! ¡No pueden suspender a Dimitris por una pelea fuera de horario de clases que ni siquiera pasó a mayores! —exclamó Alessa, activando de inmediato su mentalidad de abogada.

—Para la gente con el apellido de Dimitris, la ley es un concepto maleable, Moretti —soltó Eros con amargura, mirando al griego—. Pero eso no es lo peor. Tu padre contactó a los dueños del edificio donde alquilas tu apartamento. Tienes hasta mañana a mediodía para desalojar el lugar. Te está dejando literalmente en la calle, Dimitris. Quiere asfixiarte económicamente hasta que supliques regresar a Grecia de rodillas.

La pizzería se quedó en un silencio sepulcral. Don Moretti, que había escuchado todo desde la cocina, salió despacio, limpiándose las manos con un paño limpio y mirando la escena con gravedad.

Dimitris no pestañeó. Su mandíbula se tensó tanto que una vena se marcó de forma violenta en su sien. La presión de su familia acababa de escalar a un nivel criminal, buscando destruir no solo su felicidad, sino también su futuro académico. Vio de reojo a Alessa, cuyos ojos castaños reflejaban una profunda preocupación por él. El miedo de volver a verse débil ante su círculo social intentó colarse en su mente, pero al sentir la mano de Alessa entrelazarse con la suya con firmeza, toda la debilidad se transformó en una furia fría y calculadora.

—Que lo intente —siseó Dimitris, con una voz tan baja y peligrosa que hizo que Eros diera un paso atrás—. Mi padre cree que su dinero lo compra todo, pero se le olvidó que yo también llevo su sangre. No voy a ceder. No voy a dejar a Alessa, y no voy a regresar a Grecia a ser su títere.

—Dimitris... no tienes dónde dormir mañana —le recordó Chloe con voz suave, preocupada por su amigo.

Antes de que Dimitris pudiera responder que buscaría un hotel barato o que dormiría en la banca de un parque, la voz gruesa de Don Moretti cortó el aire con autoridad.

—Eso no va a ser necesario —sentenció el padre de Alessa, dando un paso al frente y mirando fijamente al imponente griego—. Muchacho, demostraste hoy que no le tienes miedo al trabajo duro y que respetas a mi hija. En esta casa somos humildes, pero nos sobra lo que a tu familia le falta: decencia. Arriba del restaurante tenemos una habitación de huéspedes pequeña. Está limpia. Te quedas con nosotros a partir de mañana.

Dimitris se quedó helado, mirando al viejo italiano con una sorpresa genuina que pocas veces experimentaba. Alessa sonrió con lágrimas de emoción en los ojos y abrazó a su padre por la cintura. El heredero del Olimpo, el chico que solía mirar a todos desde arriba en su auto de lujo, acababa de encontrar su verdadero refugio en el lugar que antes solía despreciar. El tablero de ajedrez contra la dinastía Angelopoulos estaba listo, y la mudanza de Dimitris a la casa de Alessa iba a desatar la fase más intensa y peligrosa de toda la historia.




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