El mediodía del día siguiente llegó más rápido de lo esperado. Dimitris entregó las llaves de su lujoso apartamento de soltero con la frente en alto, cargando únicamente una sola maleta de cuero con algo de ropa esencial. Cuando entró por la puerta trasera de la pizzería y subió las estrechas escaleras de madera hacia la vivienda de los Moretti, la realidad lo golpeó de frente.
La habitación de huéspedes era diminuta. Tenía una cama individual que claramente se quedaba corta para sus casi un metro noventa de estatura, un pequeño armario de madera crujiente y una ventana que daba al callejón lateral. No había acabados de mármol, ni sábanas de seda egipcia, ni vista panorámica a la ciudad.
Sin embargo, cuando Alessa entró al cuarto con una almohada limpia y una manta en los brazos, Dimitris sintió que ese pequeño espacio valía más que cualquier suite presidencial.
—Sé que no es a lo que estás acostumbrado, Angelopoulos —dijo Alessa con una sonrisa suave, dejando las cosas sobre la cama—. Pero al menos mi papá no te va a cobrar alquiler mientras sigas ayudando con la masa abajo.
Dimitris dejó su maleta en el suelo, caminó hacia ella con ese paso pesado e imponente y la tomó suavemente por la cintura, acortando la distancia. Su costoso perfume, que aún se aferraba a su piel, inundó la pequeña habitación.
—Te lo dije ayer, pizzerita —murmuró Dimitris con su voz ronca y profunda, mirándola con una intensidad posesiva que le cortó la respiración—. Mientras te tenga a ti al final del día, me importa un demonio el tamaño de la habitación. Este lugar ya es mil veces mejor que la casa de mi padre.
Alessa sintió un escalofrío delicioso recorrerle la espalda por la tremenda cercanía. Estar bajo el mismo techo significaba que ya no había pasillos de universidad que los separaran, ni ojos curiosos del campus vigilándolos. La tensión romántica que habían contenido durante meses estaba atrapada en esos pocos metros cuadrados.
La cena familiar fue una experiencia completamente nueva para el griego. Acostumbrado a comedores silenciosos y formales en Atenas, verse sentado en una mesa rústica de cocina, pasando el plato de pasta casera y escuchando a Don Moretti hablar con pasión sobre las tradiciones culinarias de su familia, lo hizo sentir parte de algo real por primera vez en su vida. Incluso Tiago, el pequeño primo de Alessa que a veces andaba por allí buscando ayuda con sus tareas de matemáticas, miraba al enorme y atlético Dimitris con ojos de total asombro.
—Mañana en la universidad el decano va a dar su veredicto sobre el fondo naviero, Dimitris —comentó Alessa en voz baja, rompiendo un poco la calma mientras lavaban los platos juntos en el fregadero.
—No te preocupes por eso ahora, Alessa —respondió él, tomando un paño para secar los vasos, mostrando una madurez que sorprendió a la chica—. Thanos me mandó un mensaje. Él y Chloe están moviendo a varios estudiantes para armar una protesta en el campus si el decano intenta suspenderme. No estamos solos en esto.
Más tarde esa noche, cuando toda la casa quedó en completo silencio y las luces se apagaron, la atmósfera se volvió puramente eléctrica.
Alessa no podía conciliar el sueño. Sabiendo que el hombre que la volvía loca estaba durmiendo a solo unos pasos de su puerta, se levantó de la cama con cuidado y caminó descalza por el pasillo para ir a la cocina por un vaso de agua. Al pasar por la puerta entornada de la habitación de huéspedes, vio a Dimitris sentado en el borde de la pequeña cama, con el torso descubierto, mirando la luna a través de la ventana. Su musculosa espalda y sus hombros atléticos se veían imponentes bajo la luz plateada de la noche.
Como si tuviera un radar para su presencia, Dimitris se giró despacio y clavó sus ojos oscuros en ella.
—¿No puedes dormir, Moretti? —preguntó en un susurro ronco que vibró en la oscuridad.
Alessa se quedó estática en el marco de la puerta, con el corazón latiéndole a mil por hora. Estar en pijama, a mitad de la noche, compartiendo el mismo techo con el dios griego desterrado, era la situación más peligrosa y adictiva en la que se había metido jamás. El juego del orgullo había terminado, pero la verdadera pasión apenas estaba reclamando su territorio en la víspera de la gran batalla universitaria.