Seis meses después, la pizzería «Don Moretti» estaba decorada con pequeñas luces cálidas para celebrar el final del semestre. El local estaba lleno a reventar. En la barra de la cocina, Dimitris Angelopoulos, vistiendo su ya icónico delantal blanco, sacaba con perfecta maestría una pizza crujiente del horno de piedra. Sus brazos atléticos estaban cubiertos de harina, pero su rostro reflejaba una paz y una felicidad que jamás conoció en los fríos salones aristocráticos de Atenas.
Don Moretti pasó por su lado, le dio una palmada aprobatoria en la espalda y le dijo con una gran sonrisa: —¡Buen ritmo, muchacho! Ya cocinas como un verdadero Moretti.
Dimitris río, dejando la bandeja en la barra justo cuando Alessa se acercaba a él. Ella lucía hermosa, con su cabello castaño suelto y cargando una carpeta con sus calificaciones finales: un promedio perfecto que la consolidaba como el número uno de la facultad.
—Lo logramos, mi rey del Olimpo —susurró Alessa, rodeando el cuello del griego con sus brazos.
—No, pizzerita, lo lograste tú —respondió Dimitris con devoción, mirándola con esa mirada posesiva y tierna que ahora era solo para ella—. Me enseñaste que el verdadero poder no está en una cuenta de banco en Grecia, sino en tener el coraje de pelear por lo que uno ama.
Se besaron en medio del aroma a albahaca y salsa secreta, mientras de fondo se escuchaban las risas de sus amigos y el tintineo de los vasos. El dios griego había caído del Olimpo, sí, pero solo para construir su propio reino terrenal al lado de la única mujer capaz de domar su orgullo.
¿FIN?...