Entre Harina y Orgullo

Capítulo Extra

La pizzería estaba cerrada al público por ser lunes, pero la cocina era un verdadero campo de batalla doméstico. Alessa, vistiendo un delantal que le quedaba un poco grande, miraba con los brazos cruzados a Dimitris. El imponente griego contemplaba una masa amorfa sobre la mesa como si fuera un artefacto explosivo a punto de detonar.

—A ver, Angelopoulos —dijo Alessa, conteniendo la risa—. Llevas veinte minutos mirando la harina con cara de que vas a demandarla. Tienes que usar las manos.

—Moretti, he manejado crisis de logística internacional, pero esto no tiene lógica —protestó Dimitris con su voz ronca habitual, pasándose una mano por el cabello y dejando, por supuesto, un camino blanco en su frente—. Si la presiono mucho se vuelve un chicle, y si no lo hago, parece una piedra.

—Porque no tienes ritmo —se burló ella, dándole un suave golpe en el brazo—. Mira mis manos.

Alessa se posicionó justo frente a la barra, tomó una nueva bola de masa y, con movimientos fluidos y rítmicos, empezó a extenderla desde el centro hacia afuera usando las palmas de sus manos. Dimitris dejó de mirar la masa por completo; sus ojos oscuros se clavaron en la silueta de Alessa, en la forma en que se movía y en la sonrisa concentrada que tanto lo volvía loco.

Moviéndose por puro instinto posesivo y protector, Dimitris se colocó justo detrás de ella. Pegó su pecho atlético a la espalda de Alessa, atrapándola contra la barra de madera, y estiró sus largos brazos para cubrir las manos de ella con las suyas, que eran el doble de grandes y estaban cubiertas de harina.

—Así que... ¿así? —murmuró Dimitris directamente en su oído, con una voz profunda que le hizo cosquillas en el cuello.

—Dimitris, se supone que yo te estoy enseñando a ti, no que me uses de escudo humano —le reclamó Alessa, aunque su corazón ya había empezado a latir a mil por hora por la abrumadora cercanía de su "mortal" favorito.

—Solo estoy asegurándome de aprender del mejor ángulo, pizzerita —respondió él con una sonrisa descarada, apretando suavemente sus manos contra las de ella para mover la masa juntos.

—¡Ejem! —una tos fuerte, carrasposa y exageradamente ruidosa cortó la electricidad del momento en un segundo.

Dimitris se enderezó de golpe, poniéndose rígido como una columna de mármol. Don Moretti estaba parado en el marco de la puerta de la cocina, con una cuchara de madera gigante en la mano derecha y una ceja tan levantada que casi tocaba su cabello canoso.

—Alessa —dijo el padre con voz de trueno—. Ve a revisar si los tomates que trajeron esta mañana están bien maduros en la despensa de atrás. Ahora.

Alessa miró a Dimitris con una mueca de "sobrevive si puedes" y salió de la cocina a toda prisa, dejando a los dos hombres solos bajo el intenso calor del horno apagado.

Don Moretti caminó despacio por la cocina, haciendo sonar sus pesadas botas contra el suelo, hasta plantarse frente al heredero griego. Dimitris, a pesar de estar cubierto de harina y vestir una camiseta vieja, asumió toda su imponente altura y sostuvo la mirada del viejo italiano con absoluto respeto, pero sin agachar la cabeza.

—Así que... Angelopoulos —empezó Don Moretti, apoyando ambas manos sobre la barra de madera—. Llevas una semana durmiendo arriba y trabajando aquí abajo. Debo admitir que no eres tan flojo como pensaba para ser un niño de cuna de oro. Pero hablemos claro, de hombre a hombre.

—Dígame, señor Moretti —respondió Dimitris con seriedad.

—Ayer vi que un muchacho de la esquina se quedó mirando a Alessa cuando ella salió a barrer la entrada. Y tú saliste detrás con una cara de que ibas a comprar todo el vecindario solo para demolerlo y que nadie la viera —señaló el padre, entornando los ojos—. Tienes un temperamento peligroso, muchacho. Eres posesivo.

Dimitris exhaló un suspiro rudo, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus bíceps atléticos se tensaran bajo la camiseta gris.

—No voy a negarle lo que soy, señor. He sido criado para reclamar lo que considero mío y protegerlo con todo lo que tengo. Y Alessa... Alessa es lo más sagrado que tengo ahora. No soporto que ningún aparecido la mire como si fuera un premio de feria. Ella es una reina, y si tengo que pararme en esa puerta a espantar a medio barrio a golpes para que la respeten, lo haré.

Don Moretti se quedó callado un momento. Una sonrisa lenta y oculta bajo su espeso bigote italiano empezó a asomarse. El viejo pizzero reconoció en el joven griego ese mismo orgullo protector y territorial que él mismo había tenido en su juventud.

—Tienes agallas, griego. Eso me gusta —admitió Don Moretti, señalándolo con la cuchara de madera—. Pero escúchame bien: en esta cocina, el único "macho alfa" que da las órdenes con la masa soy yo. Y si vuelvo a verte usando la harina como excusa para arrinconar a mi hija detrás de la barra, te voy a poner a lavar los platos con agua fría durante todo el invierno. ¿Estamos claros?

Dimitris no pudo evitar que una sonrisa de medio lado, aristocrática pero sincera, se dibujara en su rostro.

—Entendido, jefe. Solo masa de ahora en adelante —prometió Dimitris, chocando su mano cubierta de harina con la mano firme de Don Moretti en un pacto silencioso de tregua.

Cuando Alessa regresó a la cocina cargando una caja de tomates, se quedó sorprendida al ver a su exigente padre dándole instrucciones a Dimitris sobre cómo encender el horno, mientras el griego escuchaba con total atención. Había tomado tiempo, y mucha harina de por medio, pero el dios del Olimpo finalmente se había ganado su lugar en el reino de los Moretti.




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