Entre Hilos Y Espinas 1

​Capítulo 3: Hilos de envidia

​El repiquetear de la lluvia de la mañana contra el cristal de la ventana del taller le devolvió a Diana una paz que la noche anterior le había arrebatado. El desayuno familiar había sido otra puesta en escena de Victoria, repleta de quejas sutiles sobre los gastos de la casa y caricias ensayadas en el brazo de Arturo, quien se marchó antes de las siete a la distribuidora con la mirada cansada y la billetera más ligera. En cuanto la puerta principal se cerró tras él, Diana se encerró en su santuario al fondo del pasillo, dispuesta a perderse entre los rollos de tela para no pensar en la sombra acechante de Sergio ni en los desplantes de su madrastra.

​A las diez de la mañana, un golpe firme y educado en la puerta exterior de la casa interrumpió el zumbido de su máquina Singer. Diana se puso de pie de inmediato, acomodándose el delantal gris sobre los jeans. Sabía que Victoria y Malena seguían durmiendo en la planta alta y Sergio probablemente había salido, por lo que cruzó el pasillo a paso rápido para evitar que el ruido despertara a sus verdugos.

​Al abrir la puerta de madera pesada, se encontró con una mujer de mediana edad, elegantemente vestida con un abrigo sastre color azul marino y un paraguas impecable. Era la señora Constanza de la Vega, una de las mujeres más respetadas de la zona, conocida por su sofisticación y por ser la esposa del principal exportador de café de la ciudad.

​—Buenos días, muchacha. ¿Aquí es donde trabaja la hija de Helena? —preguntó la mujer con una sonrisa amable pero analítica, escudriñando el rostro de Diana.

​—Buenos días. Sí, señora, soy Diana. Mi mamá era Helena —respondió ella, sintiendo un vuelco en el corazón al escuchar el nombre de su madre en boca de una desconocida.

​—Qué alegría haber dado con el lugar. La señora Mendoza me mostró las sábanas de lino que le entregaste ayer. El remate de la basta y la precisión del pespunte son idénticos a los que hacía tu madre. Ella confeccionó mi ajuar de bodas hace veinticinco años, ¿sabes? —Constanza dio un paso al frente bajo el porche, sacudiendo las gotas de agua de su paraguas—. Tengo un dilema urgente y me dijeron que tú podrías tener las manos de oro de tu madre. ¿Puedo pasar?

​—Por supuesto, pase adelante, por favor —dijo Diana, abriendo la puerta por completo.

​La guió directamente por el pasillo hacia el fondo de la casa, evitando pasar por la sala principal para no arriesgarse a que Victoria bajara a entrometerse. Al entrar al pequeño taller, la señora Constanza observó las paredes repletas de carretes ordenados por color y las tijeras de acero relucientes sobre el mesón de pino. Asintió, satisfecha.

​—Verás, Diana —comenzó la mujer, abriendo un bolso de cuero del que extrajo una pieza envuelta en papel de seda—. Mi hija se compromete en dos semanas. Compramos un vestido de seda salvaje importado en una boutique del centro, pero el entalle del busto es un desastre y el dobladillo inferior arrastra demasiado. En la boutique me dijeron que tardarían un mes en ajustarlo. Necesito a alguien meticulosa, que sepa trabajar la seda sin arruinar la fibra. Si haces un buen trabajo, te pagaré el triple de lo que cobra un taller común, y te aseguraré como mi costurera exclusiva para toda la temporada de eventos.

​Diana contuvo el aliento mientras desenvolvía el papel de seda. El vestido era de un color verde esmeralda profundo, una pieza de alta costura con un brillo sutil y una caída pesada y elegante. Al deslizar sus dedos por el reverso de la tela, Diana identificó de inmediato el problema: el corte original no respetaba el hilo de la tela en los costados, lo que provocaba que se frunciera de forma desigual.

​—Es una tela hermosa, señora Constanza —dijo Diana, examinando la prenda con ojo experto—. El ajuste del busto requiere desarmar las pinzas ocultas y volver a hilvanar a mano para no perforar la seda. El ruedo debo cortarlo al bies y rematarlo con una puntada invisible. Puedo tenerlo listo en cinco días.

​—¿Cinco días? Si lo logras, serás mi salvación —los ojos de Constanza brillaron con alivio—. Aquí tienes la mitad del pago por adelantado para los hilos especiales que necesites. Confío en ti, Diana.

​Diana acompañó a la señora de la Vega hasta la salida, sosteniendo el sobre con el anticipo en su bolsillo y el vestido esmeralda colgado con cuidado en su brazo izquierdo. Sentía que tocaba el cielo con las manos; ese dinero representaba tres meses de ahorros comunes. Sin embargo, al dar la vuelta en el pasillo para regresar a su taller, la burbuja de felicidad estalló.

​Malena estaba de pie al pie de la escalera, vistiendo una bata de seda rosa, con los brazos cruzados y el cabello revuelto. Sus ojos, pequeños y cargados de una envidia heredada, se clavaron primero en el lujoso vestido verde y luego en el rostro de Diana.

​—¿Quién era esa vieja estirada? —preguntó Malena con tono despectivo, bajando el último escalón.

​—Una clienta —respondió Diana cortamente, intentando pasar de largo.

​—No me veas la cara de estúpida, Diana. Es Constanza de la Vega. La vi en las revistas de sociedad de este mes —Malena se interpuso en el pasillo, extendiendo una mano para tocar la tela del vestido—. ¿Qué hace una mujer como ella trayéndole ropa a una simple remendona como tú? ¡Mira esta tela! Es seda legítima. Esto no es para las porquerías que tú coses.

​—Quita tus manos, Malena. Está limpio y es un encargo delicado —advirtió Diana, apartando el vestido con firmeza y protegiéndolo contra su cuerpo.

​—¡Vaya, miren cómo defiende el trapito! —Malena soltó una carcajada falsa, pero sus ojos destilaron una furia fría. Ella siempre había odiado que Diana, a pesar de vestir ropa vieja y pasar horas encerrada trabajando, tuviera una gracia natural y un talento que llamaba la atención de la gente importante de la comunidad—. Ya quisiera yo un vestido así para la fiesta del club del sábado. Es mi talla, de hecho. Qué desperdicio que una muerta de hambre como tú lo tenga aquí encerrado mientras yo tengo que usar ropa reciclada por culpa de los malditos problemas económicos de tu padre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.