El reloj de pared de la cocina marcaba las diez de la noche cuando Diana terminó de fregar el último plato de la cena. El ambiente en la casa se sentía denso, como el aire pesado que precede a una tormenta de verano. Durante la comida, Malena no había dejado de lanzarle miradas cargadas de desprecio por encima de la mesa, mientras Victoria sutilmente le comentaba a Arturo lo "desconsiderada" que era Diana al no querer aportar más dinero para el mantenimiento del hogar, a pesar de estar recibiendo clientes adinerados. Arturo, con los hombros caídos por el cansancio de una extenuante jornada en la distribuidora, se había limitado a masajearse las sienes y a pedir un poco de paz. Diana guardó silencio, tragándose la indignación; sabía que defenderse en ese momento solo provocaría un drama mayor que su padre no tenía las energías para comprender.
En cuanto la cocina quedó impecable, Diana caminó a paso rápido por el pasillo hacia el fondo de la casa. Abrió la puerta de su taller, entró y, por puro instinto de supervivencia, giró el pestillo de metal. Escuchar el sonido del cerrojo encajando en el marco le devolvió el aire a los pulmones. Se giró hacia el perchero más alto y suspiró aliviada: allí seguía, colgado de una percha de madera acolchada, el imponente vestido verde esmeralda de la hija de la señora Constanza de la Vega. La seda brillaba con timidez bajo la luz de la lámpara de techo.
Diana se acomodó en su silla de madera y se dispuso a trabajar. Desarmar las pinzas originales del busto de una tela tan delicada requería la paciencia de un monje. Con un descosedor de punta fina en la mano derecha y sosteniendo la tela con la izquierda bajo la luz focalizada de su lámpara de mesa, comenzó a retirar uno a uno los hilos de fábrica. Cada movimiento era milimétrico; un tirón en falso y la seda salvaje se abriría, arruinando la costura para siempre.
Pasaron las horas en un silencio absoluto, roto únicamente por el crujido de la madera cuando ella cambiaba de postura y el sutil sonido del descosedor liberando la tela. Para las dos de la mañana, Diana ya había reformado las pinzas delanteras, hilvanándolas con hilo blanco muy fino para asegurar la nueva forma antes de pasar la costura definitiva. Tenía los ojos enrojecidos y la espalda agarrotada por la postura, pero una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. Estaba quedando perfecto.
Decidió que era hora de descansar. Mañana por la tarde, aprovechando que Victoria y Malena solían salir al salón de belleza, pasaría la costura final en la máquina Singer y comenzaría a trabajar en el ruedo invisible. Dejó el vestido extendido con extremo cuidado sobre la mesa alargada de pino rústico, cubriéndolo con una sábana limpia de algodón para protegerlo del polvo. Apagó la lámpara de mesa, quitó el pestillo de la puerta y cruzó el pasillo a oscuras para ir a su habitación a dormir.
A la mañana siguiente, el día transcurrió de acuerdo al plan de Diana. Su padre se fue temprano, y para las tres de la tarde, el rugido del motor del auto de Victoria anunció que la madrastra y su hija se habían marchado. Sergio tampoco estaba en la casa. Sola y segura de que nadie la interrumpiría, Diana se encerró en el taller, pasó el cerrojo y encendió su máquina. Durante tres horas consecutivas, el sonido rítmico del pedal llenó la habitación. Con pulso firme, cosió las nuevas pinzas y luego, armada con sus pesadas tijeras de sastre de acero templado, cortó con precisión milimétrica los tres centímetros sobrantes del ruedo al bies. Para las seis de la tarde, el vestido esmeralda estaba completamente terminado, luciendo una caída impecable que parecía flotar. Lo colgó con orgullo en el perchero alto y decidió tomar un baño para quitarse el cansancio antes de que la familia regresara.
Cometió el error de no cerrar la puerta del taller con llave mientras se duchaba. Después de todo, pensó que aún le quedaba al menos una hora de total soledad.
Fue un error fatal.
Mientras el agua caliente le caía en la espalda, en el pasillo del fondo de la casa se escucharon unos pasos sigilosos. Malena y Victoria habían regresado antes de lo previsto porque el salón de belleza estaba colapsado. Al pasar por el pasillo, Malena vio la puerta del taller entornada. El resentimiento y la humillación del día anterior volvieron a encenderse en su pecho con la fuerza de un incendio. Miró hacia ambos lados del pasillo; la casa estaba en silencio y se escuchaba el sonido del agua corriendo en el baño del segundo piso.
Malena empujó la puerta del taller despacio. Sus ojos se fijaron inmediatamente en el perchero alto. El vestido verde esmeralda resplandecía, perfecto, sin una sola arruga, listo para ser entregado. La perfección de la costura de Diana le pareció una bofetada a su propia mediocridad. Con el corazón acelerado por la malicia, Malena caminó hacia la mesa de corte. Su mirada recorrió el lugar hasta que encontró lo que buscaba: las pesadas tijeras de sastre de acero templado de Diana.
Las tomó entre sus manos, sintiendo el frío del metal. Se acercó al perchero, estiró el brazo y tiró del vestido hacia abajo con brusquedad. La tela emitió un suave quejido al salir de la percha. Con una sonrisa retorcida, Malena abrió las tijeras y, sin dudarlo un segundo, hundió las hojas de acero en el centro de la falda esmeralda, justo en la costura del bies que Diana tanto había cuidado. Cortó una, dos, tres veces, abriendo una enorme e irreparable brecha dentada en la seda salvaje. No contenta con eso, usó la punta de las tijeras para rasgar el delicado trabajo de las pinzas del busto, tirando de los hilos hasta que la tela se frunció estropeando la forma.
Cuando Diana terminó de vestirse en su habitación y bajó las escaleras secándose el cabello con una toalla, un presentimiento helado le recorrió la espina dorsal al ver la puerta de su taller abierta de par en par.
Corrió por el pasillo y entró a la habitación. El impacto de lo que vio hizo que la toalla cayera de sus manos directamente al suelo.