Entre Hilos Y Espinas 1

Capítulo 5: Palabras sordas

​El pasillo que conectaba el taller con la sala principal de la casa nunca le había parecido tan largo a Diana. Sostenía el vestido mutilado contra su pecho, sintiendo la textura de la seda salvaje desgarrada entre sus dedos como si fuera una herida abierta en su propia piel. La furia, un sentimiento que rara vez gobernaba sus actos, le entibiaba las mejillas y aceleraba sus pasos sobre las baldosas frías. Las risas agudas de Malena, que celebraba alguna banalidad junto a su madre, flotaban desde la sala, avivando la indignación de la joven costurera.

​Al cruzar el arco que dividía el pasillo del salón, las risas se cortaron de golpe. Malena, sentada en el sofá de terciopelo con una revista de modas entre las manos, palideció levemente al ver la expresión en el rostro de Diana, pero recuperó la compostura de inmediato, enmascarando su culpa tras una mirada de superioridad. Victoria, que saboreaba una taza de té, ni siquiera se molestó en enderezar la postura; se limitó a enarcar una ceja con calculado desdén.

​—¿Qué significa esta entrada tan dramática, Diana? —preguntó Victoria, dejando la taza sobre la mesa ratona con un tintineo pausado—. Te hemos dicho mil veces que no nos gusta que dejes tus trapos sucios a la vista en la sala.

​—¿Trapos sucios? —La voz de Diana vibró, contenida, mientras extendía los brazos para mostrar los jirones de seda verde esmeralda—. ¡Saben perfectamente qué es esto! ¿Quién entró a mi taller mientras me bañaba? ¿Quién usó mis tijeras de sastre para destrozar el encargo de la señora Constanza?

​Malena soltó un bufido falso, cruzándose de brazos y mirando hacia el techo.

​—Ay, por favor, ya vas a empezar con tus paranoias. Nadie ha tocado tu preciado trozo de tela. Seguro calculaste mal el corte, como siempre, y ahora buscas a quién echarle la culpa para no quedar como una inepta ante tus clientas estiradas —escupió la hermanastra, aunque sus ojos esquivaron la mirada directa de Diana.

​—Las tijeras estaban al lado del vestido, Malena. Tú misma me amenazaste ayer en este mismo pasillo diciendo que la prenda no saldría intacta de esta casa —reclamó Diana, dando un paso firme hacia el sofá—. Arruinaste el trabajo de cinco días en cinco minutos. ¿Tienes alguna idea del daño que le acabas de hacer a mi reputación y al negocio? ¡Esto era seda importada!

​Antes de que Malena pudiera responder, la puerta principal de la casa se abrió con un crujido pesado. Arturo entró arrastrando los pies, con el maletín de cuero desgastado en una mano y la chaqueta del uniforme de la distribuidora colgada del hombro. El sudor le perlaba la frente y las ojeras profundas daban testimonio de otra jornada interminable lidiando con los camiones de carga y los retrasos de mercancía.

​—Buenas noches... —alcanzó a decir Arturo, pero se detuvo en seco al percibir la densa neblina de tensión que llenaba la estancia—. ¿Qué está pasando aquí? Se escuchan los gritos desde la acera.

​Victoria reaccionó con la velocidad de una serpiente dispuesta a inyectar su veneno. Se puso en pie de inmediato, alterando su expresión fría por una de profunda aflicción y desamparo. Caminó hacia su esposo, tomándole el maletín con delicadeza mientras le pasaba una mano por el brazo.

​—Oh, Arturo, qué bueno que llegas, mi amor. Es Diana otra vez... No sé qué hacer con ella, de verdad —gimió Victoria, asumiendo el papel de víctima—. Ha bajado de su taller como una fiera, gritando, insultando a Malena y acusándonos de cosas horribles. Tu hija no respeta la paz de este hogar después de que tú pasas doce horas rompiéndote la espalda para darnos el sustento.

​Arturo suspiró profundamente, un sonido que salió desde lo más hondo de su pecho. Miró a Diana, y sus ojos cansados se posaron en la tela verde que su hija sostenía entre las manos.

​—Papá, por favor, escúchame —suplicó Diana, dando un paso hacia él, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia amenazaban con nublarle la vista otra vez—. No es ninguna rabieta. Malena entró a mi taller sin permiso y destrozó con mis propias tijeras el vestido de la hija de la señora Constanza de la Vega. ¡Está completamente arruinado! Ese trabajo pagaba los materiales de tres meses y era mi oportunidad de crecer.

​Arturo miró el vestido y luego a Malena, quien de inmediato puso ojos de cordero degollado.

​—¡Es mentira, papá Arturo! —chilló Malena, fingiendo que se le quebraba la voz—. Ella me odia desde el día que llegué a esta casa. Solo porque ayer le dije que el vestido era hermoso, ahora inventa que entré a rompérselo. Yo he estado toda la tarde aquí con mi mamá revisando unas cuentas. Diana está loca, quiere hacernos quedar mal contigo para que nos eches.

​—¡Eso no es cierto! —exclamó Diana, sintiendo que las paredes de la sala se le venían encima—. Papá, tú sabes cuánto cuido mis cosas. Sabes lo que significaba este encargo. ¿Cómo puedes creerles a ellas? ¡Mira los cortes! Están hechos a propósito para hacerme daño.

​Arturo se pasó una mano cansada por el rostro, frotándose los ojos con evidente fastidio. Para él, las disputas domésticas eran un dolor de cabeza secundario frente a las deudas de la distribuidora y la presión de los proveedores que amenazaban con congelar sus créditos si Victoria seguía sobregirando las tarjetas de la empresa. Estaba tan enamorado de su esposa, tan aferrado a la ilusión de haber reconstruido una familia feliz tras la muerte de Helena, que su mente se negaba a procesar la crueldad que ocurría bajo su propio techo.

​—Diana, ya basta —dijo Arturo con tono severo, aunque apagado—. Estoy harto de llegar a la casa y encontrarme con este ambiente. Es solo un vestido, por Dios. Una tela se puede volver a comprar o se puede remendar. No puedes armar un escándalo de este tamaño y acusar a tus hermanos de vandalismo por un trozo de seda.

​Las palabras de su padre cayeron sobre Diana como un balde de agua helada. El dolor de la traición familiar no era nada comparado con el vacío de no ser escuchada por la única persona que se ponía de su lado en el pasado. Su padre estaba allí, de cuerpo presente, pero sus ojos y sus oídos pertenecían por completo a Victoria.




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