Entre Hilos Y Espinas 1

Capítulo 6: El filo de la defensa

El sol de la mañana se filtraba por la ventana guillotina del taller, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire y los restos de la seda esmeralda que Diana había intentado salvar durante toda la madrugada. No había dormido. Sus ojos, inyectados en sangre y pesados por el cansancio, ardían con cada parpadeo, pero sus manos no habían dejado de moverse. Había desarmado los jirones, rescatado los paneles de tela que aún servían y, con una técnica de bordado artesanal que su madre le enseñó para ocultar imperfecciones, estaba creando una composición de pliegues superpuestos que transformaría el desgarrón en un detalle de diseño orgánico. Sin embargo, la tarea era titánica y el tiempo corría en su contra.

​Cerca de las ocho de la mañana, escuchó el sonido del camión de su padre alejándose. Arturo se había ido sin despedirse, probablemente todavía molesto por la "escena" de la noche anterior, buscando refugio en el caos de la distribuidora para no enfrentar la realidad de su casa. Poco después, el silencio de la vivienda fue roto por los gritos de Malena y las órdenes de Victoria. A través de la delgada pared del pasillo, Diana escuchó que ambas saldrían a la ciudad a hacer compras con la tarjeta de crédito de su padre; una recompensa silenciosa de Arturo para calmar las aguas tras la pelea.

​Diana exhaló un suspiro de alivio. La soledad era su mejor aliada para terminar el vestido. Escuchó el portazo principal y el ruido del motor del coche de Victoria alejándose por la acera. La casa quedó sumergida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el rítmico tic-tac del reloj en el pasillo.

​Diana giró el pestillo de metal de su puerta por pura costumbre y regresó a su mesa de pino. Tomó sus tijeras de sastre de acero templado, esas que Malena había usado para herir su trabajo, y las colocó cerca de su mano derecha. Se concentró en la seda, hilvanando con puntadas invisibles. Pero, de repente, un ruido extraño la hizo congelarse: el sonido de un pomo girando con lentitud.

​No era la puerta de la calle. Era la puerta de su taller.

​—Sé que estás ahí dentro, primor —la voz de Sergio, baja y cargada de una confianza repugnante, se filtró por la madera—. No te molestes en fingir que no me oyes. Vi a mi mamá y a Malena irse. Estamos solos tú y yo.

​El corazón de Diana dio un vuelco violento contra sus costillas. Sus dedos se cerraron sobre la seda, arrugándola. Había dado por sentado que Sergio se había ido con ellas o que habría salido temprano, como solía hacer para perderse en los bares de la zona.

​—Vete, Sergio. Estoy trabajando —respondió Diana, intentando que su voz no delatara el temblor que empezaba a sacudirle las piernas.

​—Trabajas demasiado. Te lo dije ayer —escuchó un golpe seco contra la puerta; Sergio se había apoyado contra ella—. Mi mamá dice que eres una carga, pero yo creo que eres el único adorno que vale la pena en esta casa vieja. Abre la puerta, solo quiero hablar de lo que pasó anoche. Me dio mucha pena ver cómo tu papá te gritaba.

​—No tengo nada que hablar contigo. Déjame en paz o llamaré a mi padre —amenazó Diana, aunque sabía que Arturo no contestaría el teléfono en medio de un despacho de mercancía.

​Se escuchó una risa ronca del otro lado. De repente, el pestillo de metal emitió un crujido seco. Diana recordó con horror que la puerta era vieja y que el marco de madera estaba ligeramente cedido. Sergio no estaba empujando con fuerza bruta; estaba usando una palanca, probablemente un destornillador que había sacado de la caja de herramientas de la cocina.

​—No seas difícil, Diana. Sabes que tarde o temprano íbamos a tener este momento —dijo Sergio. Con un golpe seco y el sonido de madera astillándose, el pestillo saltó de su sitio.

​La puerta se abrió de par en par, golpeando la pared. Sergio entró al taller con una lentitud depredadora, cerrando la puerta tras de sí, aunque ya no tuviera cerrojo. Vestía una camiseta sudada y sus ojos oscuros recorrieron el cuerpo de Diana con una lascivia que la hizo sentir desnuda y sucia.

​Diana retrocedió hasta que sus lumbares chocaron contra la mesa de corte. Sus manos buscaron a tientas detrás de ella, palpando el pino rústico hasta que sus dedos encontraron el frío y pesado metal de sus tijeras de sastre.

​—Sal de aquí ahora mismo, Sergio —dijo Diana, esta vez con una voz más firme, aunque el miedo la quemaba por dentro—. No te lo voy a repetir.

​—¿Y qué vas a hacer? ¿Gritar? Nadie te va a oír. Las paredes de esta casa son gruesas y los vecinos están lejos —Sergio dio un paso al frente, acortando la distancia. El olor a tabaco rancio y a un perfume barato la mareó—. Vamos, Diana, deja de hacerte la difícil. Sé que te sientes sola desde que murió tu mamá. Yo puedo hacer que la vida en esta casa sea mucho más fácil para ti si dejas de pelear con mi mamá y te portas bien conmigo.

​Sergio extendió una mano, intentando acariciar el rostro de Diana. Ella esquivó el movimiento con un giro rápido del cuello, pero él fue más rápido y la tomó del brazo con una fuerza que le dejó las marcas de los dedos al instante. La atrajo hacia él, acorralándola entre su cuerpo y la mesa de pino.

​—Suéltame, ¡suéltame! —gritó Diana, forcejeando, pero la diferencia de peso y fuerza era evidente. Sergio hundió el rostro en el cuello de ella, inhalando con fuerza.

​—Hueles a jabón y a hilo... Me vuelves loco desde el primer día, costurera —susurró él, su mano libre bajando peligrosamente hacia la cintura de Diana.

​En ese momento, el instinto de supervivencia que Diana había heredado de los años de lucha de su madre se activó. No era una víctima; era una mujer que sabía usar las herramientas para crear, pero también para defender lo que era suyo. Con un movimiento seco y preciso, Diana levantó la mano que tenía oculta tras su espalda.

​El brillo del acero templado de las tijeras relució bajo la luz de la ventana. Sergio no lo vio venir hasta que sintió la punta fría y afilada presionando directamente contra el costado de su cuello, justo debajo de la mandíbula.




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